lunes, 11 de mayo de 2015

El Soto de Cantalobos en Zaragoza. El encanto del bosque de ribera.

Cuando el río Ebro dejó de ser la cloaca de la ciudad y ésta, en lugar de darle la espalda, lo recuperó, ya no fue más una línea divisoria, sino el nexo de vida en común. Se acabó la separación en función de la ribera desde la que se arrojaban las basuras. El retorno a la naturaleza puso las cosas en su sitio.

¡Y qué naturaleza la de los sotos! Un tipo de vegetación que sobrevive fundamentalmente por la humedad del suelo, y que crece en las orillas del río constituyendo el lugar ideal para que fauna y flora medren, a muy corta distancia de los grandes núcleos urbanos que tan poco naturales resultan habitualmente.

Al pie mismo del arqueado puente de Giménez Abad, en la margen derecha del Ebro, justo al final del Paseo Echegaray y Caballero, donde el urbano asfalto termina, gira y entronca con el tercer cinturón de la ciudad de Zaragoza, un nutrido grupo de enormes “plataneros” (platanus hispanica) marcan el inicio de un recorrido pleno de vegetación. Por delante la longitud de itinerario que cada cual quiera, hasta enlazar con la Alfranca, situada a 15 kilómetros aguas abajo. El familiar “olor” de ribera impregna el ambiente, mientras me interno en el Soto de Cantalobos.

Comienzo el trote temprano, la neblina mañanera todavía no se ha disipado y los “lanudos” álamos se extienden cual tapices.



Bajo los árboles la temperatura resulta agradable, incluso fresca. La senda discurre adaptándose a la sinuosidad del cauce.

Al poco rato, al otro lado, el río Gállego desemboca en el Ebro. Lugar de unión de las aguas que vienen del Norte (de las tribus galas que allí habitaban “Gallicum” --> Gállego) con las hispánicas de la tierra baja.

El río Gállego desembocando en el Ebro
Los fresnos, tan lustrosos en esta época, alargan sobre el sendero sus ramas cargadas de frutos. Los evito con un mínimo gesto del hombro y mantengo la carrera.

Entre la exuberante vegetación de ribera se observan restos de avenidas y troncos desgajados. Lo renacido junto con lo dejado.

En las zonas con menos arbolado, las plantas más humildes salen de la espesura.


De nuevo frondosos árboles apantallando la fuerza del sol, que ahora ya está alto. Fuera de la sombra hace calor.



El sendero se estrecha o ensancha, se aproxima o se aleja del río, según las zonas. Fugaces vistas de las aguas, desde el borde mismo, entre juncos, hinojos y pequeñas ramas de chopo, captan la atención de tal manera que la parada contemplativa es obligada.


Abandono la arboleda y salgo a terreno abierto, las plantas de bajo porte han tomado el relevo de los altos ejemplares de hace un rato. El efímero cromatismo sustituye al fresco verdor. Similar encanto pero con distintos protagonistas.


Sigo un poco más adelante, hasta que el calor y la proximidad de la Cartuja Baja hacen que dé la vuelta, la llamada de lo vegetal que he dejado atrás puede sobre el atractivo de lo urbano.


Recorrido muy bonito que, si en primavera muestra su eclosión, en otoño puede resultar igualmente espectacular. 

martes, 5 de mayo de 2015

Las Peñas de Herrera desde Talamantes. Un paraje a merced del Moncayo.

Las cuatro Peñas de Herrera. Se numeran de izq. a dcha.
En las estribaciones del Parque Natural del Moncayo se alza, de Noreste a Suroeste, un espinazo calizo que a duras penas protege a Talamantes de los airados humores que el tirano de la comarca le envía desde el Oeste. Son cuatro peñas de aspecto fiero numeradas del I al IV en función de la altura. Las dos más bajas: la IV o de la Gotera y la III o del Medio llaman menos la atención, que tiende a concentrarse en la I o Picarrón y la II o del Camino, siendo esta la más espectacular.

Espacio para correr, aire para respirar y unos cuantos riscos a los que trepar, es lo que llevo en la cabeza cuando inicio la marcha en Talamantes a las 9:30h de una mañana en la que, de momento, ha dejado de llover. Los restos de su castillo templario se alzan sobre las casas.

Bonito pueblo Talamantes, con estrechas calles y características perspectivas, que constituye la entrada al Parque Natural. El ambiente huele a lluvia y la vegetación se muestra exuberante.


Sin problemas para seguir las indicaciones y las marcas rojas y blancas, el camino se dirige hacia la embocadura del barranco de Fuendeherrera. Las Peñas II y III se yerguen en el horizonte.

La senda se adentra en el verdor de la barranquera, discurriendo muy próxima al arroyo. La carrera es rápida, los sentidos van captando el primaveral espectáculo de cada rincón y el tramo se hace sumamente corto.



Blanco del guillomo

Salgo a terreno despejado, atrás queda lo frondoso, por delante, las Peñas y lo ralo.

El sendero cruza el arroyo, gira a la derecha y asciende hacia el collado de Valdelinares, lugar desde donde, a media ladera, se dirige claramente hacia el amplio paso que se abre entre las Peñas II y III.

Las cuatro Peñas de Herrera se numeran de izq., a dcha.
Abandonar el abrigo del barranco y empezar a ser sacudido por el fortísimo viento, es todo uno. No se anda hoy con contemplaciones el Moncayo. No son ráfagas sino un azote permanente que me aturde y desestabiliza en cada cambio de sentido. Tan sólo las bajas matas de aliagas y tomillos aguantan los embates que barren la zona, poniendo un punto de color en la aspereza del terreno.

Aportando belleza al áspero entorno: amarillas aliagas y sonrosados tomillos

Mientras asciendo voy pensando en que, si estando “protegido” en la ladera Este el aire se siente así, cómo va a ser en cuanto llegue al collado.

Finalmente la marcada senda pasa a la otra vertiente y continúa bordeando por el Oeste la Peña II, o del Camino. A merced de la ventolera ya tengo asumido que hoy no será el día de realizar la integral de las Peñas (cuestión de equilibrio;). Esto quedará para otra ocasión, así que opto por ascender a la II, la única que comporta un tramo de escalada de unos 20 metros (II+ / III-) en forma de encajonada fisura.

Con la vista voy buscando la cueva desde la que arranca la vía. La localizo y observo que hay personas ascendiéndola.

Peña número II o del Camino. A la vista la chimenea de subida; en su comienzo, algo a la izq., la cueva
A pesar de que el tiempo vuelve a amenazar lluvia, enfilo hacia la visible gruta, que resulta ser bastante grande.

Cueva, desde fuera (arriba) y desde dentro (debajo) 
En ella dejo la mochila para, seguidamente,encaramarme sin impedimentos al comienzo de la chimenea. Son ocho los que la están superando (senderistas de la huecha). Como voy solo y rápido, amablemente me dejan pasar.

Chimenea de acceso a la cima de la Peña del Camino
El tramo de escalada resulta entretenido. Hacia la mitad se salta por encima de un agujero que es el respiradero de la gruta inferior. Seguidamente, por medio de cómoda oposición, se supera un resalte vertical de unos 4 metros, con un bloque empotrado final, tras el que sigue un corto tramo menos pendiente que desemboca prácticamente en la cima.

Desde la cima de la Peña II se observa, en la proximidad, la Peña I
El ventarrón se canaliza por la abertura y fustiga de tal forma que hasta articular palabra resulta complicado, tan sólo balbuceos y monosílabos salen.

En la cima, apenas unos minutos para ver el paisaje, constatar que ya caen gotas, que los nubarrones lo cubren todo, y que toca  bajar a toda prisa.

De vuelta en la cueva recupero la mochila, me despido de mis ocasionales compañeros, y a descender a la carrera por donde he venido para que “la remojada” sea lo menor posible.

Tal es la fuerza del viento que “llueve de lado”, y las gotas que se estrellan contra las mejillas y el cogote las siento cual perdigonadas. Voy lanzado cuesta abajo en busca del amparo del barranco.

De vuelta en él torno a la placidez, hasta amaina la lluvia, lo que me impulsa a desviarme unos metros para visitar la Fuente del Despeño, enmarañado entorno donde medran los acebos.

Poste indicador hacia la Fuente del Despeño
En resumen, un circuito de unos 10 kilómetros, salvando un desnivel total de unos 700m de D+, cuya repetición en forma de integral de las Peñas de Herrera queda pendiente para una futura ocasión, con buena climatología preferentemente.

Allí queda el muérdago medrando sobre los almendros,

Muérdago sobre almendros; al fondo el Moncayo
Mientras, en la distancia, el Moncayo "emboinado por la boira", bufa y resopla como un malhumorado dios que ya no ampara.


El Moncayo


viernes, 24 de abril de 2015

El Collado del Río Peces desde Revenga. Lugar plácido con nombre “curioso”.

Collado del Río Peces
No resulta habitual bautizar un collado con el nombre del arroyo que fluye por una de sus laderas, lo mismo que la denominación de algunos de los lugares de la zona, y valga como ejemplo el resumen del circuito realizado:

Embalse de Puente Alta (1.130m) – Sendero del Azud del Acueducto de Segovia – Pinar de la Acebeda – Collado del Río Peces (1.758m) – Barranco del Río Peces – Embalse de Puente Alta. Un recorrido de unos 18km de longitud salvando un desnivel total de 750m de D+.

El Embalse de Puente Alta (¿Masculino o femenino?) está situado en la vertiente segoviana de la Sierra de Guadarrama, en el cauce del Río Frío o Río de la Acebeda. La niebla apenas permite ver sus laderas pobladas de pinos y algunos robles. Hace frío cuando inicio la marcha con la esperanza de que el cielo vaya aclarándose a medida que avance el día.

Recorro la margen derecha del embalse hasta llegar a la cola del mismo, lugar donde tomo el sendero que se dirige hacia el Azud del Acueducto. 

A partir de este momento el camino discurre aguas arriba del Río Frío adentrándose en un bosque de pinos donde el musgo y el liquen campan por sus fueros.


Atravieso la cacera que canaliza agua hacia lo que fue la toma del acueducto de Segovia y continúo la marcha entre árboles cada vez más altos, manteniéndome en la derecha orográfica del arroyo.

Alcanzo el Azud del Acueducto y las balsas de decantación del agua captada. Enclave solitario que retrotrae a épocas pretéritas donde los recursos se aprovechaban sabiamente.

La bruma hurta de la vista lo que hay por encima de las copas de los árboles. Se ve en la proximidad pero la neblina desvanece lo que en la distancia aguarda.


El sendero entronca con una pista asfaltada; tras recorrerla una decena de metros hacia la derecha en sentido subida retomo la senda al otro lado de la misma, y continúo remontando el Río Frío.

Algo más arriba, en un lugar con puente recio de madera cruzo el arroyo y, cambiando de dirección, me interno en el Pinar de la Acebeda (¿Pinos o acebos?)

El bosque se espesa, el camino asciende fuertemente mientras la presencia de acebos entre los pinos aumenta de manera notoria. Me siento cómodo en el vaho que todo lo envuelve.



Desde la frondosidad me llegan rebudios de jabalíes. Asumo que me han sentido. Me pongo en guardia para seguidamente calmarme pensando que “el animal pequeño rehúye al grande”; así que, como creo que mi tamaño es mayor, continúo aliviado.

La pendiente se acentúa mucho en este tramo, la senda es amplia y el final de la cuesta lo tengo a la vista, apenas unos veinte metros más, doy una zancada, alzo los ojos y me quedo clavado, inmóvil, fija la mirada; arriba, donde la pista se aplana, un jabalí la empieza a cruzar; se detiene un instante, me mira de reojo, y ………, continúa, seguido por tres pequeños jabatos, más otro ejemplar adulto cerrando la marcha, y todos desaparecen entre los árboles.Tan sólo he tenido tiempo para, de soslayo, elegir el pino más próximo al que me habría lanzado para encaramarme en caso de que alguno de los  jabalíes hubiera enfilado a por mí.

Con un suspiro de satisfacción, me recompongo y acabo de subir el tramo que me faltaba, mirando a derecha e izquierda con cierta inquietud.

A partir de aquí la pendiente disminuye, acelero la marcha y al poco la senda desemboca en un pequeño claro en el que hay una muga de piedra. Entre la niebla, el bosque, la falta de referencias conocidas y los jabalíes, ando desorientado, así que echo mano de la brújula y, tras consultarla, me ubico y elijo seguir por unas trazas que van hacia el Sur.

Muga en el bosque
Asciendo paralelo a una alambrera espinosa que queda a la derecha mientras voy encontrando algunas mugas más. Hay restos de nieve.

Desde un punto algo más elevado consigo divisar, entre la bruma que sigue sin disiparse del todo, el rocoso Cerro de la Muela, antecima de la Pinareja. No va a ser hoy el día de ir más allá del collado, que ya estimo próximo.

Cerro de la Muela entre la bruma
Una nube pasajera descarga un chaparrón de granizo que me deja calado. El frío que siento es intenso cuando llego al claro del collado. 

Collado del Río Peces
Me abrigo bien y mientras tomo unos frutos secos contemplo cómo el vapor de agua va abandonando el suelo.

Placidez y recogimiento que se esfuma cuando me doy cuenta de que he comenzado a tiritar. Es el momento de emprender la bajada.

Cojo una evidente pista que se adentra en el pinar en dirección hacia el Noroeste para abandonarla cuando vira claramente hacia el Noreste, tomando en su lugar unas trazas que bajan rectas hacia el Noroeste por medio del bosque. Se siguen bien y pierdo altura rápidamente.

Finalmente alcanzo un terreno más despejado; atrás quedan los altos y abigarrados pinos mientras que por delante comienza una agradable zona de pasto muy lozano, 

Por el que me desplazo manteniendo a mi derecha la línea de árboles que delimita el bosque.

En una hondonada doy con un osario. Me quedo mirando los restos mientras las preguntas acuden a mi cabeza: ¿Por qué tantas calaveras juntas? ¿Por qué sólo los cráneos? ¿Qué ha sido del resto? ¿Quién los puso aquí?

Sin aventurar las respuestas me alejo del lugar y continúo descendiendo hacia la ya próxima cola del embalse, zigzagueando por un sector muy poblado de alambreras, encontrando el modo de no traspasarlas. Me detengo a contemplar las minúsculas flores que alegran los cursos de agua que fluyen hacia el pantano.


Acabo la jornada bordeando el Embalse de Puente Alta para llegar de nuevo al coche, que dejé junto a la carretera esta mañana, al pie de una señal que prohíbe el paso a los vehículos no autorizados. Para otra ocasión, en la que el tiempo lo permita, queda ampliar el recorrido con la ascensión a la Pinareja; de momento, el realizado hoy tiene entidad propia, no tanto por la dureza, que no es demasiada, sino por la belleza del mismo, discurriendo por una zona boscosa en la que merece la pena “perderse” aún a riesgo de “encontrarse” con algunos de sus moradores.

Desde el embalse de Puente Alta, el collado del Río Peces; a su dcha. la Pinareja, dando comienzo al cordal de la Mujer Muerta
Glosario:

·         Azud ("as sad"), palabra de origen árabe que significa 'barrera', es una construcción habitualmente realizada para elevar el nivel de un caudal o río con el fin de derivar parte de dicho caudal a las acequias.

·         Cacera, zanja o canal por donde se conduce el agua, habitualmente para regar.