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domingo, 7 de abril de 2019

Mondinero, Fragineto, Corcurezo y Tozal de Guara. Una circular de envergadura.



Tres cimas consecutivas conforman el cordal que, en sentido Sur – Norte, enlaza el Alto de la Carrasca, próximo al embalse de Vadiello, con el Puerto de Petreñales, paso de comunicación de la vertiente Norte de Guara (Nocito) con la Sur (Fabana).

El Pico de Mondinero (1.467m) es el de más al Sur, luego, tras descender al collado de Fragineto (1.294m) viene la subida hasta el Pico de las Canales de Fragineto (1.750m) para, a continuación, seguir el cordal de la Ronera que lo une al Corcurezo (1.666m), dando vista, desde las alturas, tanto al flanco Oeste (Vadiello, Borón y mallos de Ligüerri), como al Este (cara Sur del Tozal de Guara), con la línea del Pirineo permanentemente visible.


En la N-240, Huesca-Lérida, en el Km 193, se toma el desvío hacia Liesa-Ibieca y se sigue en dirección al embalse de Guara o Calcón. Antes de llegar al mismo, en una rotonda junto a una zona recreativa, se toma dirección San Cosme y San Damián. Por esta pista se llega hasta la Tejería, donde se deja el coche en una zona de parking junto a un cruce de caminos.

Son poco más de las 9h cuando, desde la Tejería, Eduardo y yo iniciamos la marcha hacia el Alto de la Carrasca con la idea de realizar la integral del cordal y retornar por las Gargantas del Calcón. El Tozal no entrará en nuestra consideración hasta unas horas más tarde.

El cómodo sendero por el que vamos permite tener una visión completa de los mallos y paredones que contornean el embalse de Vadiello, mientras nos vamos aproximando al Alto de la Carrasca de cara a la primera de las grandes cuestas que subiremos hoy y que culmina en el Pico de Mondinero.

Mallos de Ligüerri (izq), Huevo de San Cosme (ctro) y Pico Borón (dcha)

La subida es evidente y está marcada con mojones. La parte de pedrera está asentada. El calor se deja notar.

Alto de la Carrasca y canal de subida al Pico de Mondinero, cuya cima se ve en el centro

Vista atrás durante la subida al Mondinero; la zona plana es el Alto de la Carrasca
Alcanzamos la cima del Mondinero, excelente mirador desde donde observamos el conjunto que forman el Fragineto, el Puerto de Petreñales y el Tozal de Guara. La idea de incluir al Tozal en la circular empieza a tomar forma; pero no nos precipitemos, que todo dependerá de cómo vayan las fuerzas.

Pico Fragineto (izq), Puerto de Petreñales (ctro) y Tozal de Guara (dcha) desde la cumbre del Mondinero
Ahora toca bajar por la Norte del Mondinero hasta el collado de Fragineto. Sin ser difícil sí requiere ir atentos porque la trocha es estrecha y bastante empinada (con nieve o barro puede complicarse este tramo), incluyendo un corto destrepe (I+) de unos seis metros asegurado con una cuerda.

El cuello de Fragineto (1.294m), entre el pico de Mondinero, al Sur y el de Fragineto, al Norte, es un parche verde y relativamente plano que agradecemos tras la bajada.

Cara Norte del Pico Mondinero
Buscamos la senda que, flanqueando por el Este el cordal, va remontando hacia el pico de Fragineto. Hay mojones, no muchos, y alguna marca de pintura azul, bastante desvaída, que conviene no perder hasta que se desemboca sobre la misma cresta. La cuerda no es difícil y tiene amplitud bastante como para permitir la contemplación del hermoso paisaje que se ofrece a la vista.

Vista atrás desde la cuerda del Fragineto, con el Mondinero al fondo.
Atrás va quedando el embalse de Vadiello,

Embalse de Vadiello
Por delante el Pico de Fragineto cada vez más próximo, y en el horizonte la línea nevada de las cumbres del Pirineo.

Cima del Pico Fragineto
Una vez alcanzada la cima, muy concurrida con un grupo de exultantes excursionistas (en torno a 15), y mientras tomamos algo de alimento, el Tozal de Guara reclama insistentemente mi atención sin que Eduardo participe de las ganas. 

El Tozal de Guara desde la cumbre del Fragineto
Enseguida llegamos al acuerdo de que yo atienda a la llamada mientras él se ciñe al plan original de descender por las Gargantas del Calcón, y nos separamos diciéndonos “hasta luego, vayamos con cuidado y nos vemos en el coche”.

Acelero la marcha por el cómodo cordal hasta llegar al Corcurezo, continuando el rápido descenso hacia el Puerto de Petreñales. Por delante la gran mole del Tozal que, como ya la conozco, sé que si en la distancia ya impone, después resulta más dura de lo que parecía.

El Tozal de Guara (cara Norte) desde el Puerto de Petreñales
Tras alcanzar el Puerto continúo al trote por el suave “descenso” que marca el inicio del “ascenso” al Tozal desde Petreñales. Hay que bajar unos 80m antes de iniciar la subida, ahora ya sí continua, hasta la cima.

Voy pensando que si no puedo reponer agua en la fuente del Chinebro no continuaré. Llevo dos botellas de medio litro cada una. La fuente no mana pero sí mantiene una pequeña poza con agua clara de la que rezuma. Lleno ambas botellas y decido continuar: medio litro para la subida y otro medio para la bajada, que realizaré por la pedrera y el barranco del Abadejo.

Una mirada hacia atrás, sobre el cordal recorrido junto con Eduardo, y comienzo el ascenso.

Cordal: Mondinero (izq), collado de Fragineto (a continuación), P. Fragineto (punta más alta del ctro) y Corcurezo (dcha)
En la señal indicadora rechazo inmediatamente la opción de subir “por la pedrera” y opto por la del “Abadejo”, entre erizones punzantes pero terreno firme.  Cuatrocientos metros de desnivel que llevan hasta la cima del Tozal.

Por el Abadejo hacia la visible cima del Tozal de Guara
La deshidratación es intensa y comienzo el racionamiento del agua a la par que voy tomando pequeñas dosis de sal. Con todo, los últimos cien metros de desnivel se me atragantan un poco. Llego a la cima a las 4pm, media hora más tarde de lo previsto ¡Me va a tocar bajar rápido!

Una breve parada en la cumbre, la suficiente como para recuperar fuerzas tomando un plátano y acabando el medio litro de agua destinada al ascenso, antes de emprender la bajada, porque todavía queda un trecho hasta el coche y la tarde va entrando.

Cumbre del Tozal de Guara. Al fondo, la línea del Pirineo
La pedrera es un “todo tieso muy pendiente” que se hace rápido, ya que la piedra permite grandes zancadas deslizantes. Con todo hay que extremar el cuidado, y más yendo sólo. Cuatrocientos metros de desnivel descendidos en un santiamén.

Inicio de la pedrera "lunar" 
Las marcas llevan hacia la derecha, adentrándose en el barranco seco del Abadejo, también muy pendiente y vestido de bojes y erizones. Es fácil de seguir porque discurre por el estrecho y escalonado cauce mientras todo alrededor es vegetación abigarrada.

Voy preso de la sed (cada cien metros de desnivel descendidos tomo un sorbo) y del reloj, pues la tarde se está echando encima y las horas de luz están contadas.

Abigarrada vegetación en el barranco del Abadejo

La cumbre y la pedrera quedan lejanas
Afortunadamente en la cota 1250 aflora el agua del arroyo del Abadejo. Bebo, me hidrato, relleno ambas botellas, tomo una manzana, me pongo de nuevo a tono, y ya corriendo por buena senda conecto con el barranco del Calcón. Continúo la carrera contra el reloj hasta finalmente entroncar con el buen camino que viene de las Gargantas del Calcón.

Arroyo del Abadejo

Por emboscada y corredera senda
Aún hay luz cuando paso por la ermita de la Fabana, poco después me encuentro con Eduardo, que ha venido en mi búsqueda tras haberme esperado durante largo rato en el coche y llegamos juntos a La Tejería con las últimas luces del día tras haber realizado una gran circular de unos 19km de longitud, habiendo superado un desnivel positivo total en torno a los 1.800m de D+, enlazando varias de las cumbres señeras de Guara en unos parajes agrestes y gratificantes a partes iguales.

Ermita de la Fabana


jueves, 3 de enero de 2019

Vuelta al Picón. Por las soledades salvajes de Guara.

El Picón o Peña del Mediodía, en el centro.

Sendas recién abiertas en terrenos colonizados por el boj, gracias a las cuales podemos acercarnos y contornear este pico “mazacote”, de ahí el nombre de Picón, al que de otro modo resulta difícil acercarse. No parece que sea un pico muy visitado, y eso que ahora la senda ha sido limpiada y marcada convenientemente, cosa que agradece la piel y la ropa de quien se aventura por ella, ofreciendo  esta circular la oportunidad de adentrarse en lo más solitario de la Sierra de Guara.


Desde la distancia el Picón, o Peña del Mediodía, presenta un aspecto retador, irguiéndose sobre unos contrafuertes rocosos en apariencia difícilmente franqueables.

La ruta va de barrancos, cruce del Flumen en un par de ocasiones y continuo deambular por parajes intrincados que, de no ser por haber sido desbrozadas las sendas de acceso, serían difícilmente visitables / visitados.

Después de dejar atrás una Hoya de Huesca sumergida en la densa niebla, por encima, el día resulta radiante ¡Hasta el Moncayo se divisa! Vamos a tener suerte.

Hoya de Huesca. El Moncayo a la dcha.
Acompañados por un can perdido que se nos une al pie del mallo de San Miguel, Eduardo y yo iniciamos la marcha hacia la “parte de detrás” del Salto de Roldán. Queremos acercarnos y rodear el Picón desde el Norte, ascendiendo por el Barranco de Valleclusa.


Los arbustos de la parte alta y soleada, mientras buscamos el descenso hacia al río, muestran al sol de la mañana los frutos de los que están bien provistos. 

Coscoja con sus bellotas

Enebro con sus bayas
En general todos los matorrales que tapizan las laderas de Guara son bajos y punzantes, formando intransitables mantos que sólo se atraviesan si se encuentra una trocha o una senda, de lo contrario el padecimiento es grande. “Jabalinear” es el término acuñado para marchar por estas zonas alejadas de los circuitos habituales.

Dejando de lado el camino que lleva al Dolmen de Belsué emprendemos la bajada hacia el río. La senda es buena y la humedad abundante. Entre la vegetación, empezamos a ver el Picón.


Encontramos detalles cuya contemplación nos detiene.


Finalmente damos vista completa al Picón, irguiéndose inconfundible y altivo en la parte alta del Barranco de las Gorgas, con las Crestas de Valleclusa a la izquierda y el Monte Espiellos a la derecha. Por allí arriba andaremos dentro de un rato, ya que al pie mismo del farallón del Picón pasaremos.


Tenemos también un momento para mirar en dirección contraria, hacia Belsué, y contemplar los Acantilados de Cienfuens, pero eso no es lo que nos trae hoy por aquí, así que continuamos nuestro descenso hacia el Flumen.

Acantilados de Cienfuens
Hay un puentecillo de dos tramos, estrecha pasarela, que permite cruzar el cauce sin problema alguno. No será lo mismo al final de la ruta, pero de eso nos ocuparemos luego.

Éste se cruza fácilmente
Al otro lado del río hay unas rocas dispuestas en forma de dolmen.


Ahora emprendemos la subida por el Barranco de Valleclusa. Quinientos metros de desnivel en ascensión tendida y cómoda a través de una senda recién abierta entre altos bojes, con alguna que otra carrasca y roble, rodeados de humedad y silencio, caminando por alfombrada trocha ¡Una delicia para los sentidos!



Y así, casi sin darnos cuenta, llegamos a la parte final, donde la pendiente se acentúa de buena manera y salimos al sol. La boca de una gran cueva se abre ante nosotros. Un lugar idóneo para hacer un alto y beber un poco de agua.


Tras el descanso reanudamos la marcha. Remontamos un poco más y volvemos a ver la mole del Picón, que hemos tenido oculto durante la subida por el barranco de Valleclusa. Su cara Norte es imponente.

Cara Norte del Picón
A su izquierda, la Peña Lenases, aún menos visitada que el Picon, por lo intrincado de su acceso.

La Peña Lenases

Hemos de descender unos cien metros hacia el Barranco de las Gorgas para luego remontar hasta el pie del espolón.

Nos sorprende muy agradablemente encontrar una franja de hayedo que, a resguardo de las miradas desde otros puntos, “se recoge” al pie de la cara Norte del Picón. Volveremos en otoño, nos decimos Eduardo y yo. No contábamos con este hallazgo.

Franja del hayedo del Picón, con las hojas caídas alfombrando el suelo


Sobre el espolón del Picón, al pie del cual estamos pasando, unos cuantos buitres toman el sol.


Frente a nosotros se alza la Cresta de la Cobeta.

Cresta de la Cobeta, al frente y a la dcha.
Iniciamos la bajada hacia el fondo del barranco Reguero del Águila. El trayecto ya nos resulta familiar, pues ambos lo hemos realizado ya cuando, tiempo atrás, ascendimos al Picón por su cara Sur.

En lontananza y alineadas vemos las caras Norte de los montes que nos esperan: el Sopilata, la Peña de Amán, la “pequeña” Peña del Fraile y el mallo de San Miguel. Aún nos queda un buen trecho para completar la ruta.


Una última mirada hacia la gran proa del Picón o Peña del Mediodía, y nos lanzamos en pos del collado de Buesa, pero antes hemos de bajar desde lo alto del Sopilata, o Supialla, hasta la senda que hay doscientos metros de desnivel más abajo. Para acceder a ella, de nuevo encontramos la ladera cubierta de tupida coscoja ¡Qué engañosa resulta la vegetación de Guara, tan atractiva y uniforme en la distancia, y tan punzante y prieta en la proximidad!

Cara Sur del Picón
Una vez en la senda de uso común para llegar a la Peña de Amán el camino se nos hace fácil y placentero. A partir de ahora se acabó el jabalinear.

Peña de Amán y collado de Buesa a su dcha.
Desde el collado de Buesa emprendemos un trote descendente por la amplia y sombreada senda que se deja correr. Cunde mucho la marcha mientras vamos contemplando la espectacular cara Norte de las Peñas que componen el Salto de Roldán.

Peña de Amán (iza) y Peña del Fraile (dcha)
Al poco, y casi sin darnos cuenta nos encontramos junto al Flumen, cuyo cauce seguimos aguas abajo durante un centenar de metros hasta llegar al punto donde se vadea, a la vista del Salto de Roldán, donde  sí o sí uno se moja.

El criterio que siguiera quien decidiera habilitar el cruce del cauce, se me escapa: consta de un tronco aplanado (tipo traviesa de ferrocarril), con una anchura de aproximadamente 20 centímetros que salva el primero de los dos brazos del río. Salvo en verano, dicho tronco está indefectiblemente, o húmedo o cubierto de escarcha. El segundo tramo y siguiente, separado del anterior por una gran roca (habitualmente mojada), queda a criterio del excursionista y sus recursos, que no suelen ser otros que meterse dentro del agua o, si el caudal no es muy abundante, intentar un gran salto con aterrizaje bastante dudoso. En suma, un paso conflictivo.

¿Quién decidiría que con un sólo tronco se cruzaba todo el río?
Una vez “al otro lado” emprendemos la última subida del día, que sienta bien ya que nos ayuda a entrar en calor, que el agua estaba muy, pero que muy, fría.


El trazado del camino nos permite ir observando la imponente fachada Norte del Salto de Roldán.


En resumen, una circular de unos 15,5km de longitud, salvando un desnivel total en ascenso de algo más de 1.100m de D+, por parajes agrestes y montaraces ideal para los que buscan las soledades de la montaña “de antes”. Recomendable realizarla en el sentido de las agujas del reloj, ya que así el vadeo del Flumen al pie del Salto de Roldán queda para el final.

domingo, 4 de noviembre de 2018

Dolmen de Belsué, Cuevas de la Artica y del Toro desde Belsué; Sinclinal y Acantilados de Cienfuens.

Dolmen de Belsué

En contadas ocasiones se encuentran tal variedad de atractivos concentrados en un solo recorrido. 

El Sinclinal de Belsué, verde y amplio frontal que se observa desde la población del mismo nombre, siempre me había atraído, pero hasta hoy nunca le había dedicado al paraje la atención debida.

Fachada Norte del Sinclinal de Belsué. Al fondo, el Picón
La uniformidad de su fachada Norte enmascara un lado Este espectacular al pie del cual el río Flumen se encajona bajo los imponentes Acantilados de Cienfuens, represado en un par de fallidos embalses, habitualmente vacíos, que constituyen el testimonio de las precarias obras hidráulicas de comienzos del siglo XX, pudiendo también encontrar un par de cuevas fósiles accesibles en la margen derecha del río, la de la Artica y la del Toro.

Recorrer y visitar todo esto, a la par que continuar sendero adelante hasta llegar al collado de la Piatra, lugar donde se ubica el Dolmen neolítico de Belsué, son razones suficientes como para diseñar una circular que aúne todos ellos y cuyo reflejo recoge el croquis que sigue.

En síntesis, el recorrido de hoy consta de los siguientes hitos principales:

Origen en la Caseta del Ciprés (próxima a Belsué) – Recorrer por su base la cara Norte del Sinclinal – Ascender al Refugio de Guara – Cueva de la Artica – Bordear los embalses de Sta. María de Belsué y de Cienfuens, al pie del acantilado de Cienfuens, por el camino y túneles hechos durante la construcción de las presas – Visitar el Dolmen en el collado de la Piatra – Retornar hacia el Sinclinal por su cara Suroeste – Una vez en su parte alta descender por pista hasta el barranco de Senar -  Terminar de nuevo en la Caseta del Ciprés. En suma, una circular de unos 17km de longitud, salvando un desnivel total en ascenso de 600m de D+.



Son las 9:30h de la mañana de un día que amanece con las nubes y la humedad propias de una víspera muy lluviosa. Tras el Sinclinal de Belsué la vista alcanza hasta la lejana Peña del Mediodía o Picón.

Cuando comienzo lo que será un trote continuado a lo largo del recorrido, las amenazadoras nubes cubren el cielo sobre la Caseta del Ciprés.

Caseta del Ciprés
La vegetación está cubierta de agua y humedad. Las zapatillas pronto se mojan por el contacto con la hierba del camino que me aproxima hacia el río.


Tras atravesar los márgenes embarrados de unos campos de cultivo alcanzo las ruinas de la Casa del Romeral.

Casa del Romeral
Cerca y enseguida vadeo el estrecho cauce del arroyo de Senar, que aquí discurre encajonado en la caliza.

En el otro lado la carrera me lleva a recorrer el valle de Belsué hacia el Este. Cada vez se ve más próxima la zona empantanada del embalse de Santa María de Belsué.

Cuando la senda que voy siguiendo alcanza la punta Este del Sinclinal la dejo y tomo una pista a la derecha que, zigzagueando, asciende hacia el Refugio de Belsué, visible más arriba. Enseguida llego a él.

Refugio de Belsué
Solitario y cerrado a cal y canto constituye un bonito mirador sobre el Embalse de Santa María.

No me resulta difícil localizar el comienzo de la escalinata de piedra que desciende vertiginosamente hacia el embalse. Un par de acacias en plena otoñada la señalan.


La humedad que lo impregna todo hace que vaya pisando los peldaños con gran cuidado, para evitar resbalones, porque “el patio” es como para tenerlo en cuenta.


Presa de Santa María de Belsué
Hacia mitad de la bajada la escalinata ofrece dos alternativas; tomo la de la izquierda y al poco de ello doy con la entrada de la Cueva de la Artica.

Acceso a la entrada de la Cueva de la Artica
La Cueva de la Artica, que se abre en la margen derecha del río Flumen, a 80 metros de altura sobre el cauce, fue utilizada en la prehistoria como cueva sepulcral, siendo descubierta en 1979 por espeleólogos.

Para acceder al interior de la misma hay que atravesar una estrecha boca que obliga a sentarse previamente y reptar un poco, accediendo a una cámara amplia, seguida de otra más angosta tras la cual ya habría que hacer uso de recursos espeleológicos para seguir progresando. 



Murciélago durmiente
Después de recorrer cuidadosamente cada rincón, respetando las formaciones rocosas presentes en su interior y sin molestar al murciélago, salgo de la misma y continúo el descenso hacia la presa.

Una vez abajo tomo el camino que, atravesando diversos túneles, sigue en altura y contorneando el perímetro de los embalses de Santa María, primero, y de Cienfuéns, después.


Las obras hidráulicas de Belsué (breve nota histórica)

En 1906 se inició la construcción del embalse de Santa María de Belsué proyectado por un ingeniero que cedió el testigo a otro diferente en 1912. Desde el principio se apreciaron filtraciones. En 1925 un nuevo ingeniero tomó el relevo quien, además de diversas medidas para el sellado de simas y grietas, propuso la construcción del contra embalse de Cienfuens para minimizar las fugas. Las obras se dieron por finalizadas en 1931 (sic), sin los resultados esperados.


Siguiendo el camino, al pie de los acantilados de Cienfuens se localiza la Cueva, con dos bocas de acceso, una muy grande, visible desde el sendero, y otra más pequeña, que yo no vi. Se accede a la boca principal ascendiendo una incómoda pedrera de unos cien metros de longitud.

La negrura de los techos da fe de que se ha utilizado profusamente como abrigo de pastores.

Tras visitarla, y de vuelta en la senda, me encamino hacia la presa que cierra el embalse de Cienfuéns, que contiene de todo menos agua.


Hasta los restos de un coche (parte inferior, central) hay en el seco embalse
Dejada atrás la última presa la senda se transforma en trocha y el entorno es ya cien por cien naturaleza de Guara.

A la izquierda del muro de la presa, la influencia del hombre; a su derecha, la de la Naturaleza
Acompañando en altura al curso del río Flumen el sendero recorre / circunvala la parte Este y Sureste del sinclinal adentrándose en los barrancos de la Toba y del Gargantal.

La belleza del paraje y la suave pendiente ascendente contribuyen a que la marcha resulte rápida y muy amena. La otoñada de algunas plantas salpica el entorno de fogonazos luminosos.

Pistacia terebinthus (Cornicabra)
Tras doblar un recodo se hace visible la bella silueta del Salto de Roldán que forman las Peñas de Amán y de San Miguel, a través del cual el Flumen busca su camino hacia la Hoya de Huesca.

El Salto de Roldán, al fondo
¡De pronto detengo en seco el trote ante la presencia de la víbora o serpiente que viene en sentido contrario!


Ambos nos paramos a prudente distancia uno del otro. Le miro atentamente la cabeza y ya más relajado compruebo que se trata de una serpiente. Aun así espero a que ella se desvíe hacia la vegetación del lateral, dejando libre el paso, para continuar la marcha hacia el Dolmen.


El Dolmen de Belsué

Monumento funerario del Neolítico (período que comprende desde el año 6.000 A.C hasta el año 3.000 A.C.) cuya contemplación provoca en mí un sentimiento de respeto y reverencia. Siempre tengo esta impresión cuando me encuentro ante unas reliquias del pasado del tipo árboles milenarios, abrigos naturales, pinturas rupestres, etc...


Su ubicación en un lugar recoleto, su abertura orientada hacia el Este y en línea con una bella secuencia de cimas agrestes y la quietud del paraje, me inducen a la abstracción.


De la cual me sacan unos sonidos próximos. Una persona (Francisco) y sus dos perros (Kika, 11años,  y Borón, apenas 6 meses) aparecen. Nos saludamos animadamente los cuatro. Comentamos (sólo Francisco y yo) la buena impresión que estos rincones tan atractivos de Guara nos produce a ambos, tan cerca de Huesca y tan apartados de los itinerarios habituales.


Finalmente nos despedimos y cada uno toma su camino, ellos de vuelta hacia la Peña de San Miguel, que es de donde vienen, y yo hacia la cara Sur y Oeste del Sinclinal de Belsué.

Fachada Sur del Sinclinal de Belsué. A la dcha, los Acantilados de Cienfuens, y a la iza. la senda hacia lo alto del Sinclinal.
Un camino ancho y bastante pendiente (200m de desnivel en 1km de longitud), bajo el sol que ahora sí luce sin ambages en el cielo del mediodía, me permite acceder a la parte alta del Sinclinal.

Ahora sólo queda acertar con los ramales de pista que, al pie de las laderas del Pico del Águila, permiten ir cerrando el círculo aproximándome al punto de partida.

Dos kilómetros de pista que, si bien en principio podrían parecer tediosos, no lo son, ya que los diferentes detalles que voy encontrando animan el rápido descenso:

Aseo y abluciones de pajarico.


Rincón escondido de margas (“terreros” les dicen algunos).


Alcorce (atajo) entre lazadas por alfombra de erizones (¡Qué característico de Guara!).


Hasta llegar finalmente a embocar la sombreada senda del último kilómetro con roble centenario incluido.



En resumen, una circular plena de variados atractivos que discurre por un paisaje puramente guareño que siempre sabe a poco, a lo largo de la cual tan sólo me encontré con una persona, dos perros, un murciélago durmiente, una serpiente, un pajarico y algún que otro buitre posado en los acantilados, amén de las muchas moscas que, simpáticas ellas y súbitamente alborotadas por el tibio sol, me acompañaron durante el ascenso desde el Dolmén hasta la parte alta del Sinclinal.