domingo, 15 de abril de 2012

A escondidas.

A escondidas, de puntillas, tratando de pasar desapercibido, oteo el horizonte.
No hay revuelo, me decido y abandono la seguridad del refugio en busca de otros parajes.
Los observo con atención, suspendiendo momentáneamente la respiración antes de acercarme. Sopeso, me decido y entro.
Advierto lo próximo, grabo la imagen en la mente: fruto, tiernos brotes, llovizna, prometedor.
Todo parece tranquilo más allá. Consolido la confianza, continúo. Mientras oigo mis pisadas voy atento a cualquier otro sonido, chasquido o rumor.   
He de encontrar el paso a través de la verja, debo alcanzar el otro lado. Ligero aturdimiento.
Si por arriba no lo consigo, lo intentaré por debajo, aquí todavía puedo permanecer un rato, pero no demasiado. La fatiga del querer y no poder hace que mi frente se perle de humedad.
Huele bien este sitio desconocido. El color y la frescura saturan mis sentidos. Contraigo las pupilas, respiro hondo. La turbación se desvanece. Cobra cuerpo la determinación.
Examino más lejos, no percibo riesgo ni peligro. Prosigo el camino sobre terreno impregnado de humedad.  
Paleta de tonalidades que tan acogedora se muestra. No puedo relajarme ahora, queda mucho todavía. Sacudo la distracción.
Solitario y acogedor cobijo cuya ubicación guardo en la mente por si acaso lo necesito después.
Sigo caminando a ras, sin hacer ruido, sorteando los charcos. Guarecido tras un tronco contemplo las raíces a través de las que se nutre.
Nada oigo, todo está en silencio; saboreo la calma que transmiten los lugares sencillos, poco transitados. Fascina poder estar donde otros seres ni tan siquiera reparan.
Agradezco el privilegio de sentirlos, de buscarlos y encontrarlos. En realidad están ahí, al doblar de la esquina.
Pero ya es momento de volver, la tregua llega a su fin. Me dejo arrastrar por el humilde cauce, suavemente balanceado por el curso del agua que me lleva de vuelta a la seguridad de mi entorno.
Sencillo rincón donde acaba este periplo, que me permite sentir la tierra, la humedad, el sol, el aroma de las flores, el regusto de la tensión, la promesa de otros recorridos, peregrinajes quizá, pero viajes al fin y al cabo.
Si he dejado huella no lo sé, pero si es así, seguro que se extinguirá con quien la vio por última vez. De esta forma el paraje parecerá siempre nuevo y distinto para quien por él se adentre.

lunes, 9 de abril de 2012

Integral de la Sierra del Hoyo. Puerta y mirador de la Cuenca Alta de Manzanares.

La Cuerda Larga vista desde la Sierra del Hoyo
La sierra del Hoyo, con una una altitud en torno a los 1.300m – 1.400m, está situada entre el monte del Pardo y  la Sierra de Guadarrama, alzándose por encima de la localidad de Hoyo de Manzanares, protegiéndolo de los relentes de las cumbres más altas de la Sierra vecina.  Aúna lo más característico de ambos lugares, y se presenta a primera vista como un secarral de granito y jaras pringosas, pero ¿No es así el aspecto que ofrece la Pedriza desde lejos?

Constituye la “pre” de la Sierra de Guadarrama, y  a medida que se trepa por sus barrancos y peñas nos adentramos en un entorno natural dominado por encinas y enebros, algunos alcornoques y robles, y abundantes matas aromáticas de cantueso, tomillo y romero.
En lo tocante a los nombres de los puntos más característicos, yo aquí enumero algunos, y cada cual que saque sus propias conclusiones: Peña el Picazo (1.290m), El Estepar (punto culminante con 1.403m), Peña del Diablo (1.353m), Canto Hastial (1.370m), Barranco de la Peñaliendre: lugar por donde baja abundante agua que se oye pero que no se ve, tal es la maraña de zarzas que lo cubren en toda su longitud.
Tenía que nevar; tenía que nevar y por fin nevó, solo que en abril. Y la Sierra se cubrió con un manto blanco que no ha tenido en todo el invierno, y que ahora para poco aprovecha. De manera que decidimos cambiar el destino de la salida previsto: el Hoyo Cerrado, por otro sin nieve: la Sierra del Hoyo. Que no son lo mismo, pero algo sí tienen en común, al menos en el nombre.
No es preciso madrugar demasiado (son las 10:30h cuando comenzamos en la Berzosa), pero sí contar con que deambularemos por un entorno “particular” en varios sentidos: el lugar está dentro de una zona  virgen y poco frecuentada,  en la que hay bastantes propiedades privadas, por lo que no siempre “cualquier senda es válida”. Yendo con este cuidado es posible explorar y descubrir estos parajes.
Pistas de arena de granito al comienzo, que se van convirtiendo en trochas a medida que subimos, mientras vamos dejando abajo el bien ordenado y humanizado bosque de Hoyo de Manzanares.
Las nieves de la parte alta de la Sierra, vertidas aquí en forma de lluvia, han dado la señal para que entre los bloques de granito comiencen a aparecer los primeros signos de la primavera en forma de narcisos.
No faltan rincones donde la humedad se ha concentrado y el frescor de la sombra y de la verde hierba invita a hacer un alto. Todavía el bosque cubre estas laderas iniciales de la Sierra.
Así, poco a poco, vamos subiendo, buscando y usando las sendas “permitidas”, encontrando unas “huellas de moto” que preferiríamos que no hubiesen estado.
El Picazo, desde las proximidades del cerro del Estepar
Por estos andurriales mayormente inhóspitos la naturaleza sigue ofreciendo detalles, humildes y a ras de suelo algunos, como estos hongos que medran en un tronco medio seco que aflora por encima de la hojarasca de encina; hay que fijarse bien e ir con atención para  no perdérselos.
Y así, entretenidos en estas y otras observaciones, llegamos al pie del punto culminante de esta Sierra, la punta del Estepar (1.403m), con pilón  geodésico y cruz.
Fácil trepada hasta la cumbre, mirada hacia la Pedriza, al Norte; al Sureste Hoyo de Manzanares, tranquilo, 400m más abajo, y en marcha a por el resto del cordal que ahora apunta directamente hacia el Noroeste. Dejamos atrás el abrigo del bosque y encaramos la amplitud de la loma, abierta al sol.
El camino discurre por la vertiente Noreste, dando continua vista a la Cuerda Larga y Pedriza; allí la nieve, aquí seco. A partir del Estepar hay una valla de aproximadamente 1m de alto, hecha a base de piedras y losas de granito, que se sigue durante el resto del recorrido hacia el Canto Hastial, por su derecha hasta llegar al pie de la Peña Covacha, lugar en el que se cruza a la izquierda, por donde se continúa hasta el final. En total unos 3km de murete ¿Quién lo construiría? ¿Quiénes se encargarían de acarrear y colocar las piedras? Se encuentra en muy buen estado.
Encinas al principio, brezos, jaras y enebros conforme nos acercamos a la Peña del Diablo (1.353m), cima a la que nos encaramamos, haciendo un zig-zag en nuestro camino, observando los musgos que almohadillan las rocas que dan al Norte.
Algo más adelante, a nuestra izquierda,  las últimas estribaciones rocosas de la Peña del Diablo: granito, carrasca, enebro y musgo, encaran con su “fresco Norte” la solana por donde transitamos.
De nuevo en el sendero reanudamos la marcha para completar lo que nos queda hasta el último promontorio de la Sierra, el Canto Hastial. Renacidos piornos junto con seca hierba flanquean nuestro camino.
El Canto Hastial con su redondeada cima
El Canto Hastial (1.370m) se alcanza sin dificultad, pero con calor. Altas jaras por encima de las cabezas proporcionan transitorios pasillos umbríos que se acaban pronto, dando paso al terreno raso. En la cima hay una antena bien anclada y una placa solar unos metros más abajo, dentro de un recinto vallado. Un grupo de 4 cabras domésticas se acercan a beber en una poza del granito, ahora llena de agua, y a curiosear sobre este ser que, para su chasco, no lleva ni chucherías, ni sal, ni cámara de fotos (en este punto el chasco es para mí, que la he dejado en la mochila algo más abajo antes de subir a la cima corriendo). La más atrevida se acerca lo bastante como para que, mientras lame un dedo de mi mano (algo salado encontrará), yo le pueda acariciar levemente la testuz.
Finalizado el encanto, desciendo rápidamente y retornamos por donde hemos venido, hasta llegar de nuevo al pie del lomo de la Peña del Diablo, desde donde comenzamos nuestro descenso hacia el calor de la cara Suroeste.
Peña del Diablo, desde el collado de la Peña Covacha
Bordeamos la Peña por la línea de 1.200m, pasamos junto a una edificación semiderruida (cierta importancia debió tener “en sus tiempos”, porque contaba con dos chimeneas, y hay un mirador a pocos metros con murete y peldaños de acceso),  hasta llegar poco después a la embocadura del barranco de la Peñaliendre, lugar por donde descendemos ya derechos hasta la cota de los 1.000m. La trocha discurre por dentro de una verdadera torrentera, muy estrecha a tramos y tan profunda que las jaras de los laterales sobrepasan sobradamente la altura de las personas. Nuestro transitar va acompañado por el rumor del agua que no se ve. En los ocasionales momentos en los que se puede atisbar por entre las jaras se observa que el cauce está totalmente cubierto por una maraña de zarzas que desaniman cualquier intento de aproximación. Vamos que ¡Si no se lleva agua se pasa sed!
Finalmente alcanzamos la pista que une la cascada del Covacho (a nuestra derecha) con la Berzosa (a nuestra izquierda), camino por donde retornamos al punto de partida, ahora sí por terreno descubierto, donde los árboles aislados, en plena época de brote y cuajados de semillas, proporcionan alimento a los pájaros.
Tras alguna corrección de rumbo para seleccionar la senda correcta de entre las posibles, llegamos a las 15:30h al lugar donde dejamos el coche esta mañana (en el límite de la urbanización de la Berzosa).
Recorrido de unos 15km, salvando un desnivel acumulado de unos 570m de D+, por una zona bastante virgen y bien conservada, cuyos senderos e indicaciones hay que respetar, poco recomendable en época de calor por su baja altitud y su gran exposición al sol, ya que se encuentran pocas zonas de arbolado a lo largo de la mayor parte del recorrido. 
 

domingo, 1 de abril de 2012

Pedriza Posterior. Por parajes poco transitados.

La cadena rocosa que cierra la Pedriza por el Norte, entre los collados del Miradero y de la Ventana, aloja en su falda Sur una masa de bosque, pinar en su mayor parte, con ocasionales robles y encinas, muy agreste y salvaje, surcada por trochas bastante difusas, tan sólo transitadas por los que buscan aventurarse por fuera de las vías habituales que discurren al pie de las espectaculares formaciones rocosas que componen la Pedriza Posterior. La Senda Termes, y sus variantes, no son los únicos caminos para recorrerla, si bien sí son los más habituales.
De manera independiente mi subconsciente acostumbra a combinar experiencias, deseos, necesidades, sensaciones, y de vez en cuando aflora y me presenta un circuito a realizar. Suele tratarse de un itinerario en general variado, abrupto a tramos, entretenido, novedoso en la mayor parte, con su pizca, a veces algo más, de exploración y descubrimiento, en el que se salva un desnivel considerable y donde hay oportunidad de encontrar “cosas curiosas”. Yo, claro está, no hago más que aceptarlo encantado, y llevarlo a la práctica con el mayor entusiasmo.
Con semejante plan, comienzo la marcha en Canto Cochino a las 8:45h; poca gente ha madrugado hoy; voy trotando por la Autopista en dirección al Collado del Miradero. Antes de llegar al Prado Peluca, ya tengo por delante el bosque para mí sólo. Solamente mis pisadas y mi resuello rompen el silencio.
La mañana es fresca, pero cuando llego al vado del Arroyo de la Ventana, que no cruzo, porque sigo la marcha hacia los Llanillos y Cuatro Caminos, ya he entrado en calor. Hasta este punto he mantenido un trote alegre, pero ahora enfrente tengo una cuesta de las de verdad, y sé que así será hasta el mismísimo collado.
 Aprovecho los descansillos de las zonas abiertas para dar vista a las Milaneras. Casi me toca el sol, pero no todavía.
El bosque, no demasiado cerrado, huele a pino y a frescor. Me detengo ante uno de ellos y observo atentamente el  tronco, más concretamente lo que sale cerca de la base del tronco. Me acerco, lo toco (está duro), lo huelo (no huele a nada en particular), me alejo dos o tres palmos, pienso que quizás es un tipo de hongo, y cuando mi subconsciente empieza a sugerirme que aquello se parece a la cabeza de un rape saliendo del pino, me pongo presto en pie y continúo el trote bosque arriba. Una manera como otra cualquiera de “poner tierra por medio”.
Paso junto a una roca de la que salen dos hermosos troncos de encina, que a su vez sostienen otra piedra encima. El bosque está vivo, oigo a un pájaro carpintero afanado con un árbol. Lo busco pero no alcanzo a verlo.
Zona de trepada por granito al que ya va dando el sol. Enebros, pinos y brezos aportan su verdor.
Busco el paso para aproximarme a La Bota, un risco curioso y poco visitado. No hay traza fácil para llegar. Veo un zorro que se escapa por una trocha disimulada. Lo pierdo de vista enseguida, pero voy tras él, y de pronto, frente a mí, aparece el peñasco.
Retorno al camino “reglamentario” y enseguida, de pronto, salgo del bosque, al terreno del sol, con el collado del Miradero apenas 50 metros por encima.
Llego a él, no hay nadie. Todavía es muy temprano. Un plátano y hacia las Torres. Ahora toca caminar de nuevo a la sombra. Hay zonas con nieve, levanto la mirada hacia lo alto y observo el resplandor que hay tras las Torres.
Veo una brecha en la cadena de granito y unas huellas de cabra sobre la nieve que me inducen a ir hacia la luminosidad que hay tras las rocas. Dejo el tramo de sendero que seguía y me dirijo hacia allí. Voy seguro y decidido.
Traspaso la brecha, giro la cabeza hacia mi derecha, y quedo unos instantes absorto observando “el Dedo de Dios”.
Me pongo de nuevo en marcha, retorno al camino principal y en pocas zancadas alcanzo el Comedor de Termes.
Sigo la Senda Termes durante unos trescientos metros, paso junto a una especie de ¿Llama de vela?, buscando algún mojón que me indique cuándo he de abandonarla para adentrarme en lo profundo del bosque, y continuar con la exploración de hoy.
Voy atento y por fin lo encuentro. No es demasiado grande, pero marca el inicio. A partir de ahora me va a tocar ir con sumo cuidado. Echo un vistazo en lontananza. Tras la barrera de las Milaneras veo la Maliciosa, la Bola del Mundo y las Cabezas del Hierro. Tomo un trago de agua y me interno bosque abajo.
Los hitos escasean, no hay continuidad de trocha. Sigo trazas, escudriño en busca de  pisadas, voy encontrando mojones. La vegetación es espesa, hay que ir con cuidado para no herirse con alguna rama de pino.  Cuando llevo un tramo que considero suficiente sin encontrar mojón, retorno hasta el último que dejé. Todo antes que “embarcarme”. Sé que esta zona de la Pedriza puede ser “perdedora”. Bajo, subo, y llego a un balcón de granito con un patio de cuidado. Lo dicho, vuelta hacia atrás y a seguir “derivando hacia la izquierda”.
Por fin consigo llegar a la fuente de los Hermanitos y en pocos metros alcanzo el pie de la Aguja del Sultán.
Ya estoy en terreno conocido. He cruzado los callejones que se desprenden de la barrera rocosa de la Pedriza Posterior y ahora estoy en el Callejón de la Abeja. Justo enfrente de los riscos del Cocodrilo y de las Nieves.
Desciendo por el  Callejón. Las zapatillas de running se agarran muy bien sobre estas empinadas lajas de granito.
Me detengo unos instantes para dejar que cruce un grupo de cabras, que no me han olido todavía porque el aire viene de ellas hacia mí. El macho es poderoso.
Reanudo la marcha, y pronto me incorporo al cómodo sendero que viene desde el Collado de la Ventana, al pie de las Buitreras, y lo tomo en bajada, siguiendo el Arroyo de la Ventana, en dirección al vado que vi esta mañana. El trote cunde, en pocos minutos cruzo el arroyo, y me encamino de vuelta hacia el Prado Peluca.
Son las 2 de la tarde cuando llego de nuevo al coche. Recorrido de unos 13km, salvando un desnivel acumulado de unos 1.000m de D+, durante el cual tan sólo me crucé con seres humanos en el tramo de la Autopista, el resto fue de soledad y sintonía perfecta con un entorno natural, silvestre, escarpado, perdedor a tramos, donde la serenidad es precisa, y tan atractivo que ya me está llamando de nuevo.