Mientras las cumbres de la Sierra
de Guadarrama desaparecen en la borrasca y sufren los últimos coletazos del
invierno, la primavera se anuncia a hurtadillas en el Monte del Pardo.
El Monte del Pardo, situado a
16km de Madrid, se extiende alrededor del curso medio del río Manzanares, a lo
largo de 16.000 hectáreas, y está
integrado en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares. La
mayor parte se encuentra rodeado de una valla
que recorre su perímetro a lo
largo de 66 kilómetros, pero hay zonas
que están abiertas al público con sendas y caminos en los que es posible
oxigenarse en plena naturaleza.
Está formado por lomas pequeñas y
onduladas que bajan en suave pendiente hacia el valle del Manzanares, que lo
atraviesa de norte a sur, con un desnivel de unos doscientos metros entre la
zona del río y la parte más alta. Terreno ideal para trotar en medio de una
vegetación, en ocasiones densa y compacta, propia de la dehesa.
Los primeros metros de desnivel,
junto a la zona poblada, están ocupados por el pinar.
Se corre bien, la
respiración se acompasa y enseguida se alcanza un ritmo ascendente que facilita
ir observando el entorno que, paulatinamente, se puebla de encinas.
Sin bien gran parte del arbolado
de las cotas medias y altas del Pardo corresponde al encinar, la encina no es
el único árbol. De hecho bastantes alcornoques magníficos ostentan su gran
porte. Resulta inevitable contemplarlos con admiración.
| Alcornoques catalogados como "árboles singulares" |
La temperatura es agradable; nada
que ver con lo que debe de estar pasando por las cumbres de la Sierra. El acompasado
sonido producido por las zapatillas sobre la granítica arena que cubre la senda
forma parte del rumor del bosque. Un trino vivo hace que dirija la mirada hacia
lo alto mientras continúo pendiente arriba.
Llego a la parte más elevada, a
partir de aquí, entre jaras y encinas, en sucesivo sube y baja junto a la
alambrera, la senda recorre en altura el Monte. Ventanas ocasionales en la
vegetación permiten ver a lo lejos.
Los discretos brotes florales de
las encinas anticipan una primavera próxima.
En el cielo, sobre las copas de
los árboles, las nubes continúan amenazadoras. En los tramos más descubiertos
se dejan sentir algunas gotas.
En un recodo un flash de mimosa y
almendro llama la atención.
En esta zona alternan claros y
árboles.
Se espesa el bosque y los
líquenes sobre las ramas confieren un aspecto vetusto al entorno.
Absortos en el paisaje no
conviene dejar de prestar atención al terreno sobre el que se pisa. El suelo,
constituido por elementos arenosos y detríticos originados por la disgregación
de los materiales graníticos de la Sierra, es muy vulnerable a la erosión, por
lo que se encuentran numerosos barrancos
y torrenteras que hay que sortear con sumo cuidado.
Mirando hacia atrás, en la
lejanía, las Cuatro Torres. La urbe, tan próxima y sin embargo tan lejana de
estos parajes.
Abajo la urbanización de
Mingorrubio. Hoy no llegaré a ella.
Las palomas posadas sobre las
copas de los pinos levantan el vuelo todas a una.
La senda en la ladera parece indicar
el camino de retorno. Otro día extenderé el “paseo” más allá.
De nuevo el sendero se interna en
el primigenio encinar cubierto de liquen.
Los tiernos brotes de las jaras
también aportan su discreta primavera impregnando de aroma el ambiente y la ropa.
De vuelta, junto al coche, no
queda más que realizar los ejercicios de estiramiento en la tenue claridad de
un atardecer nublado, tras haber realizado un gratificante recorrido por el
Monte del Pardo, tan cercano y tan poco concurrido.