lunes, 1 de mayo de 2017

En la Sierra de Belarra: circular entre Lúsera e Ibirque. Sorprendentes cursos de agua fluyen por sus barrancos tobáceos.


Difusa luminosidad del comienzo del día en el embalse de Belsué
Quién iba a suponer que las laderas de grises margas sobre las que se asientan Belsué y los pueblos abandonados de Lúsera e Ibirque, al pie de la modesta Sierra de Belarra (1.400m), escondieran tal cantidad de barrancos en los que el agua salta de poza a poza, alternando altas cascadas con suaves gradas, donde las recoletas badinas invitan a la contemplación, y al baño cuando accesibles, todo ello en medio de un primitivo y abigarrado bosque en el que pinos y robles coexisten con el boj, que se encarga de aromatizar el ambiente con su característico y agradable olor.

Tomando la antigua, y ya casi en desuso, carretera N330 nos vamos elevando sobre el pantano de Árguis (960m), que está a rebosar, pasamos junto al Mesón Nuevo y alcanzamos la boca del túnel de la Manzanera (1.265m). Hacia el Este se abre el aislado valle de Nocito, siendo Belsué (1.000m) el primer pueblo que se encuentra cuando se desciende por una estrecha carretera, y el único habitado junto con Nocito.  

El embalse de Belsué recoge todas las aguas de este valle confluyendo estas con las del casi recién nacido Flumen para, seguidamente y a través del agreste barranco de Cienfuens, conducirlas bajo el nombre de río Flumen hasta la Hoya de Huesca, atravesando el Salto de Roldan, entre las Peñas de Amán y de San Miguel.

A esta temprana hora de la mañana la cola del pantano de Belsué asemeja una verdadera “acuarela natural”.

Al fondo del mismo se entrevé la angosta garganta de Cienfuens por la que se encajona el Flumen a partir del pantano.

Son pasadas las 9am cuando Eduardo y yo iniciamos la marcha en el pueblo abandonado de Lúsera (1.049m). Callejeamos silenciosamente entre sus abandonadas casas, la mayoría semiderruidas.

 
 
Finalmente dejamos atrás Lúsera y emprendemos el ascenso por la senda que, hacia el Norte, se interna en el barranco de Alaña por una grisácea ladera de marga.

Sin apenas apercibirnos nos encontramos caminando entre altos y olorosos bojes por un sendero alfombrado de hojas de roble. Nos internamos en el asilvestrado bosque que cubre estas laderas, en dirección a las Planas (1.300m). El gris ha dado paso al verde.

El agua se precipita en forma de altas cascadas que pueden verse desde los diferentes miradores. El barranco es agreste y sombreado. El permanente rumor del agua se torna en fuerte ruido cuando nos aproximamos a los saltos.

 
 
Los bordes en voladizo, las cuevas y cárcavas, atestiguan el carácter tobáceo de la zona, roca formada a base de la combinación y consolidación del detritus vegetal y del alto contenido en bicarbonatos que contiene el agua surgida en esta sierra calcárea.

Rincones recoletos que atraen a cada paso.

 
Salimos del barranco y alcanzamos las Planas, que hacen honor al nombre. Pinos aislados, bojes y erizones como vegetación de esta zona por la que caminamos durante algo más de dos kilómetros teniendo a la derecha los altos picos “del otro lado”: Gabardiella, Fragineto y el coloso de la zona, el Tozal de Guara.

Cara Norte del Tozal de Guara
En lontananza se divisan los restos del pueblo abandonado de Ibirque (1.037m), al que nos dirigimos.

Se accede al lugar por una vereda luminosa, flanqueada por los brotes florales de la primavera.

 
 
Mientras de la mayoría de las casas apenas las paredes se mantienen en pie, la antigua iglesia se conserva bastante bien.

Su fachada Este, totalmente tapizada y vestida de hiedra, resulta muy atractiva.

A partir de aquí iniciamos el retorno descendiendo por el GR16 hacia el Sur en busca del barranco de Orlato, que si bien es más amplio y menos cerrado que el de Laña, resulta igualmente atractivo.

Aguas claras de color verde esmeralda, badinas, cascadas y la omnipresente toba ofrecen unos paisajes que captan constantemente la atención.

 
 
 
A la altura de 1.150m se encuentra el entronque del GR16 (que continúa en sentido SE) con el GR1 (que se encamina bruscamente hacia el O, en dirección a Lúsera). Antes de tomar el GR1 dedicamos casi una hora a tratar de encontrar la fuente del Palomar y el Dolmen que indica el mapa. Según éste ambos se encuentran en un radio de unos 100m, pero tras casi una hora de idas y venidas entre erizones y espesos bojes, tan sólo pudimos dar con las huellas dejadas por alguna vaca en el lecho lodoso de una trocha que se acababa abruptamente (inferimos que por allí debía de encontrarse la fuente del Palomar), mientras que el Dolmen fuimos incapaces de hallarlo por más que extendimos nuestro radio de búsqueda bastante más allá de los 100m. Considerando que los dólmenes suelen encontrarse en claros del bosque, y por los alrededores ni una zona despejada había, supusimos que estaba mal ubicado en el mapa.

Con lo que desistimos algo frustrados y bien arañados y retornamos al entronque de los GR 1 y 16, reanudando la marcha de retorno hacia Lúsera, dejando atrás río y bosque.

 
Son dos las colladas que se deben traspasar hasta llegar al abandonado pueblo, la primera la collada Barbero, la segunda la de Santa Coloma; ambas en la cota 1.238m. La senda discurre en un moderado sube y baja, a la sombra de pinos y altos bojes.

Hacia la collada de Santa Coloma, en el centro, al fondo.
Traspasada la collada de Santa Coloma ya se ve el pueblo de Lúsera. La circular está a punto de completarse.

Lúsera a la vista
Si bien antes hay que descender fuertemente y vadear, sin problema, el barranco de la Tosca para, seguidamente, remontar hasta Lúsera por una luminosa senda que acaba en la zona de aparcamiento donde dejamos el coche por la mañana.

Llegando a Lúsera
En resumen, una circular de 16km de longitud, salvando un desnivel acumulado en ascenso de 800m de D+, por unos lugares agrestes y montaraces donde el agua abunda, y que, aun estando todavía sin hojas los robles, se encuentra sombra durante la mayor parte del recorrido, suponiendo una gratísima sorpresa que contrasta con el escaso atractivo que, desde la distancia, ofrecen las grises margas.

miércoles, 26 de abril de 2017

Cazorla y sus alrededores, río Cerezuelo.


Cazorla: Peña Halcones y Castillo de la Yedra
El río Cerezuelo, también llamado Cazorla, tiene una longitud de poco más de 24km; Nace en la Sierra de Cazorla (en el paraje de Nacelrío, a 1.060m de altitud), cruza la ciudad de Cazorla por un tramo abovedado que hay bajo la iglesia y plaza de Santa María, sale a superficie de nuevo y desemboca luego en el Guadalquivir (a 399m de altitud).

Río habitualmente de aguas pausadas que de vez en cuando se pone bravo, o muy bravo, como durante el verano de 1694 cuando, tras un gran diluvio, inundó y destrozó gravemente la Iglesia de Santa María, bajo la cual pasa. Sigue sin repararse completamente desde entonces, y el paso de dos guerras (1808 y 1936, respectivamente) no contribuyó tampoco a terminar la reconstrucción.

Río olvidado y vertedero pertinaz hasta que no hace tanto la ciudad lo reconoció como valor propio y optó por recuperarlo e integrarlo, pasando de vivir de espaldas a él a incorporarlo plenamente. Tal y como ha pasado en tantas y tantas ciudades que, finalmente, se supieron dar cuenta de la suerte que conlleva ser "bañadas" por el agua.

Porque la ciudad de Cazorla, además de sus empinadas y estrechas callejuelas, tan pintorescas, ahora también tiene en cuenta a su río.

Recorrerlo aguas arriba partiendo de la plaza de Santa María supone pasear entre una vegetación de ribera luminosa, por una vereda sombreada que protege del ardiente sol.

Es casi mediodía cuando partimos de la Plaza de Santa María de la ciudad de Cazorla. Pasamos junto a la ruinas de la iglesia de Santa María por la calle Hoz y enseguida encontramos el inicio de la ruta. Atrás queda el bullicio de la ciudad, por delante todo es sosiego y rumor de agua.

Iglesia de Santa María
Inicio del recorrido junto al río Cerezuelo
La roca caliza por la que discurre la senda está pulida por el paso, así que hay que andar con cuidado a los resbalones, especialmente en los tramos húmedos y mojados. Una baranda de madera delimita el sendero.

Caminamos aguas arriba por la margen izquierda orográfica por una senda cada vez más emboscada, cruzando sus cinco  puentes, contemplando las pozas y las pequeñas cascadas, llenando los sentidos con el espectáculo de la variada vegetación.

 
 
 
 
 
Así, sin apenas darnos cuenta, llegamos al punto en el que la ruta que llevamos in mente nos lleva a tomar una estrecha y empinada senda que nos aleja del cauce, abandonando con pena el río Cerezuelo y su frondoso soto. Atrás queda la ciudad de Cazorla.

Al descubierto sí hace calor. En una zona vallada, pequeña y plana que por casualidad hay en esta empinada ladera, un par de borricos que están dentro se acercan a la alambrera que los retiene para alcanzar los trozos de manzana que les ofrecemos.

Cualquier lugar es propicio para que las arañas mantengan sus redes tendidas al sol ¡Algo atraparán!

El camino nos va aproximando a los cortados (cantiles, por estas tierras) donde el barranco de la Hoz los corta y se precipita formando la cascada de la Magdalena cuya poca agua atestigua el seco invierno pasado.

Cortados de la Magdalena
Por detrás la peña de los Halcones va quedando cada vez más alejada.

Poco después cruzamos el arroyo de la Hoz por un puente, y unos metros más adelante nos detenemos un instante en la fuente de la Hoz.

La primavera aporta unas bellas notas de color en estos lugares.

 
Tras realizar una parada en el Mirador de Riogazas empezamos a cerrar la circular dirigiéndonos hacia el Castillo de Salvatierra. La alta sierra de fondo atrae constantemente las miradas.

 
Abandonamos temporalmente el camino que venimos siguiendo para realizar una visita de ida y vuelta al castillo.

Castillo de Salvatierra
Tras haber visitado el castillo, y de regreso a la pista que dejamos antes, la seguimos hacia la derecha, para llegar al Monasterio de Montesión donde, aparte de un grupo de cabras que nos recibe con curiosidad, no se ve a nadie más por los alrededores.

Monasterio de Montesión
A partir de aquí seguimos en franco descenso el amplio camino que, bordeando el montículo del Castillo, comunica el  Monasterio con Cazorla. Ahora sí sentimos el calor que supone caminar a pleno sol pasadas las 2 de la tarde.

Zonas cultivadas, alguna huerta, la Peña de los Halcones, Cazorla y su Castillo de la Yedra cada vez más próximos.

 
Llaman la atención algunos detalles particulares antes de retornar a la Iglesia de Santa María, punto de inicio y fin de esta variada y bella circular, tras haber recorrido algo más de 12km de longitud, habiendo salvado un desnivel total en ascenso de unos 600m de D+, que hemos realizado siguiendo las indicaciones recogidas en el blog de Álex: “Por los Cerros de Úbeda”.