martes, 18 de abril de 2017

Sierra de Cazorla y Segura recóndita: Cintos de los Frailes y de las Higueras, circular por los farallones de las Banderillas.


Cintos de los Frailes (izq) y de las Higueras (dcha)
Muy bien aconsejados por el gran conocedor de estas Sierras, Álex Conejero, que considera ésta una de las mejores y más completas rutas que se puede realizar en ellas, y cuyo track se puede encontrar en su blog “Por los Cerros de Úbeda”, iniciamos la marcha junto a la Piscifactoría del río Borosa en una mañana en la que el termómetro marca 2.5ºC.

El caudal es bajo, señal de que ha llovido poco este invierno; el agua clara y transparente alegra el silencioso entorno con su murmullo a esta hora temprana.

Al poco de caminar por la pista que acompaña al río (por la que retornaremos al final de la ruta) tomamos un claro y empinado sendero que, hacia la izquierda (sentido marcha; marcas blancas  amarillas de PR), se adentra en la boscosa ladera. Hasta llegar a topar con los cortados de la cordillera de las Banderillas el sentido de la marcha es de Oeste a Este.

Son fuertes las primeras rampas y ello ayuda a entrar en calor. El buen sendero discurre entre altos pinos y muy abundantes matas de romero en flor que perfuman el trayecto. Estamos en la llamada cuesta del Topaero.

La pendiente se suaviza tras los primeros 250m de subida y la vegetación permite ir viendo, a la par que las soleadas laderas, los cintos por los que marcharemos después. Su aspecto impresiona ya desde la distancia. Mientras seguimos caminando no dejamos de preguntarnos por dónde y cómo se transitarán.

El sol está a punto de asomar por encima del Calarejo de los Villares; a sus pies el camino que lo contornea permanece a la sombra.

Tras un recodo salimos al sol y damos vista a la Tiná de los Villares. Cuatro personas caminan por unos campos de más abajo. Nos quedamos algo sorprendidos de verlos allí tan temprano, pero pronto sabremos que han subido caminando desde la Cerrada de Elías en el río Borosa, por el sendero que comunica los Villares con la Cerrada, a la que han accedido en 4X4.

Tiná de los Villares
Vamos a su encuentro y, al hablar con ellos, nos llevamos una grata sorpresa:

Se trata de tres hermanos (Emilio, Eduardo y Francisco Sánchez), acompañados por Lourdes (hija de Eduardo), que han subido para almorzar junto a la fuente de lo que fue el lugar donde pasaron la niñez y parte de su juventud, porque los hermanos Sánchez nacieron en los cortijos "Los Villares".

Emilio (el de la izquierda) nació en 1943, Eduardo (el de la derecha, padre de Lourdes) nació en 1945 y Francisco (en el centro) en 1947.

Hermanos Sánchez junto a lo que fue su casa y Lourdes
Síntesis sobre la vida de los hermanos Sánchez en Los Villares, según los testimonios recogidos por Lourdes:
Cuando eran niños jugaban con piedras, palos, se subían a las higueras,... con lo poco que había en aquellos tiempos.
Emilio empezó a trabajar con 8 años como pinche, dándole agua a una cuadrilla de hombres que plantaban pinos. Su sueldo era de 18 pesetas.
Eduardo, comenzó a trabajar de pastor con 10 años, y a los 12 años en un vivero de pinos quitando hierba.
Después se iban con su padre a hacer carbón y alquitrán. También plantaban pinos.
Luego los tres hermanos empezaron a trabajar limpiando cunetas y haciendo el camino con pico y pala desde la piscifactoría.
Subían y bajaban todos los días andando para ir a trabajar. Salían a las 4 o las 5 de la mañana, para llegar de día, y volvían de noche alumbrándose con teas encendidas.
Vivían de lo que cultivaban en los huertos (patatas, trigo, garbanzos, higos, tomates...)
Llegaron a  formar un grupo musical en el que Francisco tocaba la guitarra, Emilio bailaba y Eduardo cantaba. Hacían bodas, comuniones, bautizos, serenatas...por los cortijos.
También quieren mencionar a su hermano mayor, Ramón, el cual murió a los 18 años por una pulmonía, ya que en esos tiempos no tenían mantas, ni ducha, ni camas...dormían en colchonetas de paja. Tampoco tenían medios para curar ni para poder desplazarse rápidamente.
Mientras vivían en Los Villares se construyó la central donde su padre trabajaba. Durante 6 años Eduardo y Ramón vivieron en una covacha, donde cuidaban unas cuantas cabras.
Emilio (dentro) y Eduardo (fuera) de la covacha.
Aproximadamente se fueron de los Villares en el año 1963.
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Conocen al dedillo la sierra; nos explican por dónde iban de jóvenes hasta Cazorla, nos dan todo tipo de indicaciones para llegar al Tranco del Perro y nos confirman también que transitar por los Cintos era la forma habitual de moverse antaño por estas tierras. Que el paso más complicado es el bordeo por su base del Picón del Haza, cuya mole se puede salvar también, y sin problema, por encima, a través del collado del Haza. Nos advierten de que se nos hará de noche en la ruta y sonríen incrédulamente cuando les decimos que pensamos estar de vuelta en la Piscifactoría bastante antes de que anochezca. La verdad es que desde aquí el recorrido que queda se nos antoja bastante largo.

Tras el agradable encuentro seguimos nuestra marcha, acelerando para asegurar que no pasamos la noche al raso.

Descendemos unos metros y cruzamos el arroyo de los Villares. El camino es claro pero parece poco frecuentado.

Atrás quedan los campos y la casa de los Hermanos Sánchez; seguimos sin demora la marcha hacia el Collado de Roblehondo.

Los Villares, desde la distancia
Desde las Asomaicas podemos ver más de cerca el Cinto de las Higueras y el Picón del Haza.

Al fondo, Cinto de las Higueras y el Picón del Haza
La vista del conjunto completo de los Cintos resulta impresionante. Nadie diría desde la distancia que se pueden recorrer a pie.

A medida que nos acercamos al collado de Roblehondo el entorno se vuelve más montaraz. Antiguos bancales abandonados recuerdan los esfuerzos de quien aquí vivió hasta mediados del siglo pasado.


Una vez en el collado, los farallones calizos de la Cuerda de las Banderillas quedan enfrente mismo y bien cerca ya.

Llegando al collado de Roblehondo
A la izquierda, los cortados bajo la meseta cimera de las Banderillas y el valle del río Aguamulas.

Vertiente del Aguamulas
A la derecha, los Cintos de los Frailes y de las Higueras, que hemos venido a recorrer, y el valle del río Borosa.

Vertiente del Borosa
Enfrente, el Tranco del Perro, punto de acceso a la parte superior de los paredones.

El Tranco del Perro
En la soledad del entorno nos sentimos observados.

El camino hacia el Tranco supera la pared a base de unas zetas de mampostería que permitían el paso de personas y caballerías, aunque en algunas zonas, aparte de llevar a los animales bien sujetos por el ramal, también habría que azuzarlos.

Ascendiendo por el Tranco
¿Serán figuraciones o realmente se adivina una cabeza de perro petrificada?

En primer plano ¿Cabeza de galgo petrificada?
Tras cruzar el Tranco de Perro nos encontramos en el Cinto de los Frailes, entre el Fraile de las Banderillas, el Fraile y el Puntal del Águila.

A partir de aquí, y en dirección al Sur, marcharemos por los impresionantes Cintos, siguiendo las trazas de senderos que no ofrecen duda. Como muchas veces en la montaña, lo que desde la distancia parece inexpugnable en la proximidad ofrece alternativas de paso. Y este es el caso de los Cintos.

Inicio de la marcha por los Cintos
Por delante varios kilómetros de caminar por las alturas en la más absoluta soledad. Subiendo y bajando con la atención que el agreste entorno merece. Las pendientes son fuertes pero no hay sensación de vacío.

Junto al Puntal de las Cabras (1.580m) hacemos un alto para tomar algo de alimento, que lo ya recorrido es bastante y lo que queda también.

Descendemos por fuerte pendiente a la Hoyica del Jorro, y bordeamos las paredes del Castellón del Haza de Arriba.

Descendiendo a la Hoyica del Jorro. Enfrente el Castellón del Haza de Arriba
Vista atrás hacia el fuerte descenso tras pasar bajo el Castellón del Haza de Arriba
Tras una nueva subida damos vista al Cinto de las Higueras, último de la serie y el más plano y verde de todos; amplia terraza con una caída impresionante hacia el río Borosa, que se cierra por el Sur con el imponente Picón del Haza.
 
El Cinto de las Higueras con el Picón del Haza al fondo
 
El resto del recorrido es evidente: bien por el collado del Picón (al Este), bien por su base (al Oeste).

El Cinto de las Higueras nos retiene y lo recorremos pausadamente, sorprendiéndonos con sus vistas, deleitándonos, aunque a prudente distancia, con el olor a miel que desprende una multitud de abejas en su trajín sobre el árbol florido, observando los restos de un antiguo cortijo testigo de épocas pasadas, sabiendo que ya estamos llegando al final de esta marcha por las alturas, próximos al entronque con los túneles que perforan el Picón donde confluiremos con la gran cantidad de personas que se acercan a ver el nacimiento del río Borosa, lugar por el que pasaríamos si fuésemos por el collado.

Atrás queda el Castellón del Haza de Arriba
Vista atrás hacia el Cinto de las Higueras y los restos del cortijo
Pero decidimos continuar por la base del Picón y por la colgada trocha que lo bordea. No es difícil, pero su exposición en algún corto tramo aconsejaría abstenerse en caso de hielo o nieve, optando entonces por el collado.

Bordeando la base del Picón del Haza
Por fin alcanzamos el cómodo camino normal que recorre los túneles y, para mutua sorpresa, volvemos a encontrarnos con los Hermanos Sánchez y Lourdes quienes, junto con Paquita, se han acercado al nacimiento del Borosa. Ahora sí acaban de creerse que no nos atrapará la noche en estas montañas.

Juntos atravesamos el túnel, al tiempo que nos cuentan que su padre hizo las escaleras de madera (cuyos restos aún se ven) por las que, desde fuera y por la escarpada ladera de la montaña, accedían al túnel en construcción para proseguir sus trabajos. Duras faenas realizadas por los duros serranos de aquella época.

Chimenea de acceso al túnel con los restos de escalera de madera visibles en la parte superior
Tras salir del túnel nos despedimos de la familia Sánchez, porque a nosotros aún nos queda un buen puñado de kilómetros a pie (ellos retornarán desde la Central hasta la Piscifactoría en 4X4) y corremos pendiente abajo.

La escasez de lluvia del invierno es patente en el Salto de los Órganos, bastante poco caudaloso.

Salto de los Órganos
Las formaciones tobáceas flanquean el camino. Cunde la carrera por esta senda tan bien acondicionada.

La contemplación de las cristalinas aguas de las pozas y el magnífico paisaje que rodea este tramo superior del Borosa, junto con la espectacularidad de la gran cascada que cae desde el Cinto de las Higueras, justifican por sí solos la gran afluencia de visitantes que recibe.

 
 
Cuenca alta del Borosa
Nada más queda que retornar siguiendo el cauce del Borosa, contemplando la vegetación de ribera, pasando por las pasarelas de la Cerrada de Elías, viendo cuan mansamente llegan las aguas a la Piscifactoría, tan distinto de cuando el río baja bravo en época de crecida.

 
Cerrada de Elías
El Borosa a su llegada a la piscifactoría
Completamos así una circular que, durante 24km largos y superando un desnivel total en ascenso de 1.260m de D+, nos ha permitido recorrer lo intrincado de esta parte de la Sierra y de los Cintos de las Banderillas, quedando la puerta abierta para futuras andanzas por lugares en los que:
El tiempo que dejó a los caminos solitarios convirtió los hechos en recuerdos, a la caza en narraciones y a los nombres en leyendas (A. Benavente – “La Torre del Vinagre”).

martes, 11 de abril de 2017

De Camorritos al Puerto de Navacerrada por Navalmedio. Recorrido circular por un bosque poco frecuentado.


Bosque de Navalmedio
Al puerto de Navacerrada se puede ascender de varias maneras: en tren, por carretera, o a pie por alguna de las muchas sendas que surcan los extensos pinares que cubren sus vertientes Norte y Sur, respectivamente. La circular de hoy discurre por la vertiente Sur y en concreto  por el valle de Navalmedio, con origen y llegada en el apeadero de Camorritos.

La ascensión sigue en su inicio el trazado de la vía del tren hasta llegar al Apeadero de Siete Picos para luego ir ganando altura por la margen derecha orográfica del Valle de Navalmedio en franca dirección hacia el Puerto de Navacerrada.

El descenso se hace por la Senda Whistler que va paralela al Regajo del Puerto (izquierda orográfica del valle), cuyo cauce se vadea en varias ocasiones.

En conjunto un recorrido de 20km de longitud salvando un desnivel total en ascenso de 900m de D+.

Son poco más de las 8h 30m cuando iniciamos el recorrido en la parte alta del Camino de las Encinillas en el apeadero de Camorritos. El día es muy frío y la luminosidad del ambiente resalta la belleza los árboles a esta primera hora de la mañana.

Sin atravesar la barrera tomamos una bien definida senda que sale en dirección NE. Este camino mantiene la altitud de los 1.400m y contornea por la base el Cóncavo de Siete Picos hasta llegar al apeadero de Siete Picos.

Al comienzo la pista va paralela a las vías del tren hasta que, en un momento dado, se separa de las mismas internándose pinar arriba.

Al poco cruzamos el arroyo del Polvillo aprovechando un precario puente de maderas y troncos. Los trinos de los pájaros se escuchan continuamente.

Aunque hace frío, en el bosque al menos vamos resguardados del viento que sopla en las zonas descubiertas.

Oímos al tren bastante antes de que llegue al apeadero de Siete Picos. Produce una sensación algo extraña el esperar su paso, emboscados.

El último vagón desaparece de nuestra vista dejando tras de sí el silencio de una edificación semiderruida y desmantelada, vestigio de épocas de mayor bonanza, lo que nos impulsa a emprender la marcha sin más demora e internarnos en una naturaleza intemporal y acogedora.

 
Tras una fuerte subida, a la altitud de los 1.600m alcanzamos el Collado Albo, bello lugar donde el Cóncavo de Siete Picos da paso al valle de Navalmedio. Las vistas son amplias desde este mirador.

Vistas desde el Collado Albo
Continuamos ganando altura hacia el N a caballo de la loma que separa el Cóncavo del Valle, por sendero cómodo, a tramos algo perdido, que se sigue bien ¡Qué poco frecuentado parece estar este itinerario!

 
 
Las graníticas formas que conforman los Siete Picos muestran sus característicos rasgos: ¿caras, inscripciones, o simplemente rasgos de naturaleza pétrea?

En un momento dado el sendero se estrecha y se orienta francamente hacia el E, en sentido del Puerto. Dejamos definitivamente el Cóncavo a la altura de los 1.650m.

La claridad aumenta, y se empieza a oír el rumor que indica la proximidad del Puerto de Navacerrada, lugar frecuentado y bullicioso donde los haya.

La senda acaba junto a la parte trasera de la Fonda Arias, en pleno Puerto. En unos pocos metros pasamos del sosiego del bosque al aturdimiento que produce el gentío yendo y viniendo.

En el Puerto de Navacerrada
Antes de iniciar el descenso a Camorritos decidimos aproximarnos al Mirador de los Cogorros para, desde él, observar la vertiente norte segoviana, donde la nieve cubre las laderas a partir de los 1.800m, mientras dedicamos unos instantes a tomar algún fruto seco en la quietud del lugar.

Cara Norte de los Siete Picos
En la soledad del Mirador de los Cogorros
Tras esta mínima incursión volvemos a la multitud del Puerto para, rápidamente, dirigirnos hacia la estación del tren, cruzar las vías e internarnos en la Senda Arias y luego en la Senda Whistler.

A partir de este momento, y en continuado descenso, seguimos el Regajo del Puerto, que debemos vadear en varias ocasiones, con mayor o menor dificultad.

Altos pinos de variadas formas, acompañados por brillantes acebos ocasionales, conforman un conjunto fresco y atractivo donde el rumor del agua se superpone al de las pisadas.

Pinos y Acebos
 
La senda que seguimos se transforma en pista justo al llegar al entronque  con el arroyo de la Fraguilla, que en este punto vierte sus aguas en el Regajo del Puerto conformando el Río de Navalmedio.

Antes de continuar descendiendo junto al recién formado río nos desviamos por una pista forestal  que asciende hacia la izquierda y que permite visitar el Pino de la Cadena. Árbol singular de la Comunidad de Madrid. Ejemplar de unos 190 años de edad con unos 24m de altura cuya peculiaridad estriba en la cadena que lo rodea por su base, recordando el gesto de Ricardo Urgoitiz, que compró este pino y lo salvó del corte en 1924, para dedicarlo a la memoria de su padre, de cuyo fallecimiento fue informado mientras leía un libro bajo la sombra de sus ramas ¿Seguirán dándose este tipo de actuaciones en estos días?

En el centro, a la dcha. de la pista, el Pino de la Cadena
Tras la contemplación del ejemplar desandamos el tramo de pista hasta el río y seguimos su curso hasta llegar a la Majadilla Verde, donde unos caballos se dedican a comer hierba cuidadosa y concienzudamente.

A medida que salimos a la descubierta sí sentimos el calor mientras, a través de la vegetación, se hace visible el embalse de Navalmedio.

Embalse de Navalmedio
Dejamos atrás la vista del embalse y descendemos directamente hacia Camorritos a través de una empinada dehesa con pinos y encinas en la que sin el menor aviso somos rebasados por un rebaño de vacas que nos adelanta a la carrera, desapareciendo rápidamente de nuestra vista, en pos de no sabemos qué o dónde, aunque imaginamos que se deberá a “la hora del pienso o de la sal”. Quedamos algo atónitos por la rapidez y sorpresa de lo acontecido, al tiempo que nos sentimos reconfortados por habernos podido quitar del paso de las reses guareciéndonos tras el tronco de una oportuna encina que teníamos a mano.


La dehesa de "la suerte"
Entramos luego en un robledal, todavía sin hojas, surcado por el río Pradillo, último que vadeamos en la jornada bajo el atento reojo de una rezagada vaca bien armada que sigue bebiendo sin inmutarse por nuestra presencia.

Finalmente alcanzamos y cruzamos de nuevo las vías en Camorritos, llegando a continuación al lugar donde dejamos el coche por la mañana, completando un circuito muy poco frecuentado, realizado mayoritariamente a la sombra de los altos pinos, en el bello entorno del bosque que cubre la vertiente Sur de los Siete Picos.

sábado, 1 de abril de 2017

Las Lagunas de Ruidera. Un Parque Natural de origen mitológico.


"Solamente faltan Ruidera y sus hijas y sobrinas, las cuales llorando, por compasión que debió de tener Merlín dellas, las convirtió en otras tantas lagunas, que ahora en el mundo de los vivos y en la provincia de la Mancha las llaman las lagunas de Ruidera.

Guadiana, vuestro escudero, plañendo asimesmo vuestra desgracia, fue convertido en un río llamado de su mesmo nombre, el cual cuando llegó a la superficie de la tierra y vio el sol del otro cielo, fue tanto el pesar que sintió de ver que os dejaba, que se sumergió en las entrañas de la tierra..." (M. de Cervantes)

Según la leyenda, el caballero Montesinos se casó con Rosaflorida, señora del castillo de Rochafrida. Pero el mago Merlín los tenía encantados en la cercana cueva de Montesinos (lugar donde tiene lugar la escena del Quijote arriba descrita) y sólo se salvaron, y de extraña manera, un escudero llamado Guadiana, que se convirtió en río, y la dueña Ruidera, sus hijas y sobrinas, que se transformaron en lagunas.

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Las Lagunas de Ruidera son una sucesión de 15 lagunas situadas a lo largo del curso superior del alto Guadiana. Su formación es consecuencia de la represa de las aguas por parte de las barreras naturales de toba que existen en el río.  

La toba es una mezcla de restos vegetales y carbonatos blandos y frágiles. Esta mezcla se acumula, por precipitación natural, alrededor de hojas, tallos y frutos hasta llegar a formar auténticos edificios pétreos. 

 
Frontales de toba en distintos estados de formación
Más que de verdaderas "lagunas" se trata de una serie de "remansos" originados a consecuencia de los colapsos del cauce fluvial, por fenómenos kársticos de una sucesión de dolinas conectadas, separadas y relacionadas entre sí por barreras de formación tobácea, que forman cascadas y arroyuelos que enlazan cada una de estas lagunas con la siguiente inferior, salvando un desnivel de más de 140 metros en unos 18 km (Laguna Blanca: cota 870 m; Embalse Peñarroya: cota 730 m).

Lagunas a distinto nivel
Subiendo el curso de las aguas, las lagunas reciben los nombres de: Embalse de Peñarroya, Cenagosa, Cueva Morenilla, Del Rey, Colgada, Batana, Santos Morcillo, Salvadora, Lengua, Redondilla, San Pedro, Tinaja, Tomilla, Conceja y Blanca.

Bajo un cielo ocasionalmente nuboso, en un territorio mesetario y árido poblado fundamentalmente de encinas y sabinas, el humedal de las lagunas de Ruidera constituye un contraste “inesperado” de luz y de color.

 
Allí donde las aguas son profundas aparecen bellas tonalidades de un azul-verdoso que ni en días nublados deja de manifestarse.

Bajo la superficie de sus aguas claras se pueden ver las plantas acuáticas que crecen en los lechos.

En los laterales, gracias a la proximidad del agua, pueden medrar distintos tipos de árboles aparte de los puramente esteparios, reflejando en mayor o menor medida la influencia de una incipiente primavera.

 
 
Los bordes en voladizo de las lagunas atestiguan el carácter tobáceo de la zona.
 
La escasa y resistente vegetación mesetaria los coloniza y se manifiesta de espaldas al permanente fondo azulado del agua que no le alcanza, como caras diferentes de una misma moneda.

 
 
 
 
No obstante, junto a este espectáculo natural, pleno de rincones con encanto, hay abundancia también de zonas degradadas por el hombre en forma de edificaciones y asentamientos “a ras” de laguna, testigos de una época no tan lejana durante la que cada cual construía donde quería y podía.

Quedando así abruptamente truncada, sobrepasada y reemplazada, la sencilla, tradicional y natural coincidencia que venía dándose entre personas y animales, a la hora del baño compartido durante las calurosas jornadas estivales ¡Qué grande le parecía la mula de al lado al niño de 6 años que, con el agua por los tobillos, la contemplaba entre fascinado y temeroso!

Apenas un cañaveral se interpone a la última mirada que lanzamos hacia la laguna cuando, ya de retirada, nos viene a la cabeza la música interna de los recuerdos.