lunes, 9 de mayo de 2016

Senda de las Escaleretas del Vero, accediendo por el barranco de Basender.

Tramo superior de la Senda de las Escaleretas asegurado con sirga
La Senda de las Escaleretas la utilizaban antiguamente los vecinos de Lecina para acceder a los huertos situados a la orilla del río Vero, cuando las crecidas les impedían llegar a ellos por el camino normal a través del molino de Lecina. Se trata de un recorrido inverosímil desde la distancia pero que en la proximidad se muestra como el único paso factible en el acantilado rocoso que separa el cauce del río de la parte alta de la planicie. Unos trescientos metros de pared salvados de una forma ingeniosa, aprovechando al máximo los recursos de la naturaleza: vegetación, fajas y escalones rocosos junto con algún añadido humano en forma de tramos de escaleras (“escaleretas”), metálicas hoy día y de madera antaño, para superar las partes impracticables.

La verticalidad de su trazado, las aéreas y estrechas cornisas por las que se pasa y la exposición de algunos de sus pasos, requieren la ausencia de cualquier titubeo por parte de quien la recorre.

Ruta hace tiempo deseada que por fin podemos realizar a comienzo de mayo, contando en el grupo con el inestimable Rubén, uno de los grandes conocedores de Guara. Son las 11 de la mañana, según tañen las campanas de Lecina, cuando Segis, Rubén, Eduardo y yo comenzamos la marcha en el aparcamiento habitual de acceso al río Vero, junto a la carretera.

Barranco del río Vero desde el aparcamiento
Río Vero
Como tenemos el propósito de no mojarnos los pies durante el recorrido, optamos por acceder al comienzo de la Senda junto al río bajando por el barranco de Basender, ejemplo de los profundos encajonamientos que horadan la Sierra de Guara. Se trata de un descenso “en seco” que requiere del encadenamiento de sucesivos rápeles, el más largo de unos quince metros, todos ellos sencillos, cómodos y bien equipados.

Barranco del Vero desde el camino hacia el Basender
Conviene decir ahora que, tanto para el barranco como para la propia Senda, uno se coloca el casco y el arnés antes del primero de los rápeles, y no se los quita hasta haber salido de la misma por la parte de arriba.

Rapel tras rapel vamos recorriendo las sucesivas salas rocosas que conforman el Basender.


En el interior del barranco de Basender

Último rápel del Basender
Finalmente salimos a pleno sol, junto al cauce del río Vero. Nos encontramos en el fondo del cañón por el que las aguas todavía discurren plácidamente, rodeados de altos paredones calizos profusamente horadados por los abrigos y cuevas.

Continuamos unos metros aguas abajo, yendo muy atentos para no pasar de largo el mojón que, en el asilvestrado paraje denominado el Huerto del Raso, indica el arranque de la Senda de las Escaleretas.

Nos quedamos unos instantes contemplando el paredón que tenemos a nuestra derecha y por el que discurre el insólito trazado de la Senda por cornisas, abrigos, cuevas y vegetación abigarrada ¿Pero, es posible pasar por allí?

Por la canal central, entre la vegetación, está trazada la Senda de las Escaleretas
Iniciamos la marcha hasta acceder al pie de una faja que se dirige hacia una marcada canal, vestida de vegetación, que surca el cortado. La Senda recorre dicho canalizo de abajo arriba.

Alcanzado el pie de la canal la pendiente se empina mucho, con lo que asirse a los bojes y arbustos resulta de gran utilidad.

Más arriba se llega a un amplio balcón donde la vegetación da paso a la roca. Algo por encima está la continuación de la Senda, con un característico pilar de roca que “abrazaremos” después.

En primer plano, a la izq, el pilar que luego "abrazaremos"
En este punto, al que luego volveremos, nos desviamos hacia la izquierda para acceder al grupo de abrigos y pinturas rupestres que se encuentran cerca. Comienza la parte más aérea de la ruta de hoy.

Abrigos y cuevas
Son varios los abrigos que, convenientemente protegidos por rejas, contienen pinturas en muy buen estado. Se accede a ellos gracias a unas escaleras de gato debidamente ancladas, lo cual no quita para que vayamos con el máximo cuidado. El “patio” es de impresión y una de ellas se cimbrea más de lo que nos gustaría.

Contemplamos largamente las pinturas, asegurados a la reja, ensimismados por esta inmersión en el pasado prehistórico, al tiempo que paladeamos el áspero sabor de la adrenalina.


Llama la atención cómo el ciclo de la naturaleza (fruto / ave / semilla / palmo de tierra / fruto) es capaz de colonizar cualquier repisa, y como prueba, a los higos me remito.

Higos de altura
Para acceder al segundo grupo de abrigos, de vuelta al pie de la primera escalera, 

Al pie de esta primera escalera comienza el aéreo paso por la cornisa hacia la segunda.
Hay que atravesar una cornisa muy aérea y con un tramo de roca estrecho y extremadamente pulido que brilla bajo el sol. Aquí el cuidado es máximo.

El paisaje, contemplado desde este elevado abrigo, resulta magnífico. 

Tras descender el cimbreante tramo de escalera que nos deposita sobre la estrecha y pulida cornisa, optamos por instalar una cuerda pasamanos y asegurar el paso de retorno.

Paso por cornisa, asegurado, para la vuelta.
Con la atención y prudencia debidas completamos el vertiginoso paseo, habiendo visitado el lugar donde unos antepasados, en estas mismas cuevas y con el mismo paisaje bajo sus pies, mientras pasaban más penurias que nosotros, encontraron tiempo para dejar su impronta en forma de dibujos que hoy hemos observado respetuosamente. 

De vuelta al punto en el que habíamos abandonado la Senda procedemos con el “abrazo” pendiente, más espectacular que difícil, 

Y alcanzamos seguidamente la cornisa que precede a la “ventana”, quizá el paso más característico de la Senda.

Antes de atravesarla nos desviamos hacia la derecha para inspeccionar, previamente, una gran cueva que algo más arriba atrae nuestra atención.


El goteo pausado pero incesante del agua sobre la caliza ha dejado su marca en forma de tejidos calizos y gourgs (pocitos) que admiramos mientras recuperamos el resuello.


Gourgs o pocitos calizos

Vista del Vero desde la cueva.
De vuelta a la “ventana” sólo queda traspasarla y enganchar nuestra línea de vida a la sirga que al otro lado asegura el tramo que viene a continuación. 

Ventana, en sentido subida de la Senda, desde la canal.
Traspasada la ventana, una sirga asegura el aéreo paso.
El volado recorrido de la Senda de las Escaleretas está tocando a su fin pero, antes de salir a la parte alta del cortado, optamos por explorar una trocha que se desvía hacia la izquierda.

Explorando por las alturas
Las trazas por las que vamos mueren al pie de un abrigo en cuya repisa encontramos los restos de una antigua “arna” bastante bien conservada.

Colmena artesanalmente construida entrelazando cañas, sellando los laterales con estiércol de res y cerrando los extremos con tapas de madera o piedra. Para recolectar la miel se ahumaban las arnas (de ahí los ennegrecidos techos de los abrigos o cuevas orientadas al Sur, en las que se depositaban a resguardo de otros animales, y sin vientos que azotasen o dificultasen las incesantes idas y venidas de las abejas), después se vaciaba el interior dejando siempre la mitad para las propias abejas, en una perfecta simbiosis.

Y algo más allá, observamos un buitre que cuida de su polluelo en un nido inaccesible.

¿Distinguís la cabeza del polluelo, a la dcha,, tras las ramas del enebro?
En su sitio quedan arna y aves, y retornamos a la Senda para culminar la subida.

Salimos a la parte superior dejando atrás el farallón que, pleno de historia, belleza y restos de tiempos remotos, hemos surcado siguiendo el increíble trazado de un camino vertiginoso y aéreo como pocos, que los antiguos recorrían, cuando no tenían más remedio, acarreando verduras y hortalizas mientras otros, más antiguos todavía, usaron sus abrigos y cuevas para ponerse a resguardo de un entorno hostil, dibujando animales y congéneres según ellos los veían.

Para rematar una jornada espectacular y atípica (no estamos corriendo en ningún momento ¡Quién podría!) decidimos completar el circuito visitando los Abrigos de Barfaluy, ubicados algo a la izquierda, a los que se accede sin dificultad gracias a las amplias escaleras habilitadas.

Pinturas prehistóricas y reproducciones de arnas que vuelven a retrotraernos a épocas pretéritas.

Pinturas de Barfaluy


Arnas en los asoleados abrigos
El retorno al punto de partida lo realizamos ya tranquilamente por la parte alta de la garganta en cuyo fondo discurre el río Vero, observando el nevado Pirineo

La Peña Montañesa (izq) y el nevado Cotiella (dcha).
Completando así una circular que comenzó con un descenso a las profundidades a través del barranco de Basender, seguido por un zigzagueante ascenso por la Senda de las Escaleretas, aderezado con vertiginosas visitas a cuevas y abrigos, todo ello en el marco de una agreste naturaleza y bajo el influjo de la reverente contemplación de pinturas, artes y usos de un pasado con el que nos hemos sentido en comunión.

Un circuito que debe abordarse con la precaución, material y hábito que se precisan para moverse con seguridad por lo vertical e intrincado.

martes, 3 de mayo de 2016

A la Pedriza desde el Hueco de San Blas. Siempre quedan cosas por explorar.

El Hueco de San  Blas, al pie del tramo oriental de la Cuerda Larga
Tres son los collados que se abren en la rocosa barrera de moles y picachos que conforman la herradura granítica que contiene en su interior a la Pedriza: el del Miradero (1.878m), el más occidental y elevado, entre las Milaneras y las Torres; y los dos orientales: el de la Ventana (1.785m), entre las Torres y la Pared de Santillana; y el más bajo de todos, el de la Dehesilla (1.451m), entre la Pared de Santillana y el Yelmo. A todos ellos se accede, generalmente, desde dentro de la Pedriza.

Son pocos los que se aventuran a descubrir “sus vertientes exteriores”. Es como si una invisible barrera impidiese sobrepasar estos límites. Algo de razón no falta, ya que todo lo que de trillado tiene su acceso desde el interior de la Pedriza, lo tienen de intrincado, en mayor o menor medida, los itinerarios desde el Hueco de San Blas.

En esta ocasión me planteo un circuito “desde el exterior”, es decir, iniciar y terminar el recorrido en el Hueco de San Blas, vecino “oriental” de la Pedriza:

Canto del Berrueco - Collado de la Ventana - Collado de la Dehesilla - El Acebo - Pradera del Robledillo - Canto del Berrueco. Recorrido de 14km de longitud salvando un desnivel en ascenso de 1.075m.

Son las 9:30h cuando inicio el trote en el Canto del Berrueco, remontando el curso del Arroyo Mediano que baja muy crecido. 

Arroyo Mediano
Lluviosa primavera que deja su impronta de agua y verde.

Cuatro kilómetros por delante para calentar las piernas y ajustar las zapatillas, primero por una senda que discurre por zona pletórica de vegetación, 

Para internarme luego, después de acceder a una pista y traspasar una barrera metálica junto a una zona de aparcamiento, en un bosque de altos pinos que cubre la ladera que, a mi izquierda, delimita el Hueco de San Blas con la Pedriza.

Encuentro a dos personas, Sonia y Ángel, cuyo destino, la Laguna del Lomo, coincide con el primero de los míos. Seguimos la pista hasta la altitud de 1.250m, atentos a no pasar de largo el comienzo de la empinada traza que, a nuestra izquierda, se interna entre los árboles, ladera arriba. Por delante 250m de desnivel serio, hasta entroncar con otra pista superior que hay a los 1.500m de altitud.  Como digo, se trata de una traza, no sendero, que más bien se intuye, ya que verse, no se ve. En caso de duda, todo tieso y hacia arriba. La dura pendiente hace que cese la conversación y que ésta dé paso al sonido del crujir de las ramas caídas cuando las pisamos, alternando con algún que otro resoplido.

Llegados a la pista superior buscamos el emboque del siguiente tramo de traza que nos ha de conducir hasta la Lagunilla del Lomo. No es sencillo dar con el camino correcto a la primera, y la pendiente continúa siendo bastante fuerte, pero con perseverancia, sentido de la orientación y el track que Ángel lleva, llegamos a la Lagunilla del Lomo, bonito rincón entre pinos, al pie de los agrestes y enhiestos paredones Oeste de las Torres de los Buitres y de Santillana.

Laguna del Lomo
Al otro lado de la lagunilla encontramos fácilmente los mojones que indican el camino hacia el Collado de la Ventana. Unos metros más arriba nos separamos y continúo hacia el collado. 

Abajo queda el Hueco de San Blas
Collado de la Ventana, al fondo
Una vez en él me paro a tomar una barrita energética antes de seguir hacia el Collado de la Dehesilla.  Por delante un tramo que conozco a la perfección, gimnástico y entretenido, circunvalando la Pared de Santillana, atravesando el Jardín de Navajuelos, paraje fresco y rocoso por el que tantas veces he pasado y cuya belleza siempre recompensa, seguido de un pronunciado descenso hasta el Collado de la Dehesilla.

El Mogote de los Suicidas (centro) y la Pared de Santillana (fondo dcha.)
Bola de Navajuelos
En este punto, mientras contemplo la subida hacia el Norte por ladera cubierta de gayuba, pienso que en lugar de llegar al Yelmo y por la Senda Maeso ir a entroncar con la Gran Cañada, como era mi propósito inicial, bien podría aprovechar para explorar el territorio agreste y abigarrado que, tras el risco del Acebo, desciende hacia el Hueco de San Blas por la enrevesada parte oriental de la Pedriza Anterior. Sin más demora, y con el nuevo plan en la cabeza, emprendo rápida subida hacia la zona de Los Fantasmas.

Alcanzo la parte superior; dejo a mi izquierda la Cara y las Cuatro Damas, tan reconocibles, y continúo raudo hacia el Acebo.

Las Cuatro Damas (izq) y La Cara (dcha)
Sigo el camino habitual hacia el Yelmo mientras con la mirada voy escrutando la ladera Este, la que desciende hasta el Hueco de San Blas, y poco antes de llegar al risco de la Caperucita veo el primero de los mojones, pequeño, pero hito al fin y al cabo. También una mínima trocha se separa de la senda principal y enfila hacia abajo ¡Comienza la exploración!

Risco de La Caperucita (dcha)
Risco de El Acebo
La marcha resulta sencilla, las trazas se siguen suficientemente bien y los mojones, aunque escasos, los voy encontrando.

A medida que desciendo me interno cada vez más en la soledad; el entorno es adusto, los contornos y perfiles de riscos conocidos se presentan como nuevos desde este ángulo.

Otras siluetas me transmiten una ilusoria sensación de compañía. Varios solitarios compartiendo los mismos aislados parajes.


Con el chasquido de su pico parece preguntar "¿adónde vas?", y para mis adentros musito "al Hueco de San Blas"
He alcanzado la Pradera del Robledillo. Ya no veo mojón alguno. Las lluvias de la víspera hacen que el terreno esté a rebosar de agua, sobre la que voy chapoteando.  Recorro el entorno con la vista; todo es risco.

Pradera del Robledillo
Me decido a bajar hacia el inicio de un barranco por el que se canaliza el agua. No estoy seguro de que sea el lugar adecuado, pero voy hacia él.

Siempre he sido reacio a bajar por un barranco del que no sé nada, y menos acompañando a un exultante torrente primaveral, pero hoy no veo más alternativa. Así que con los cinco sentidos puestos en la tarea comienzo el descenso.

Con la adrenalina en nivel alto me veo a mí mismo destrepando de todas las formas posibles, buscando la máxima adherencia que las húmedas rocas de “junto a las cascadas” pueden proporcionar, enganchándome con y asiéndome a las punzantes ramas de los deshojados arces y zarzas que enmarañan el cauce,  mientras internamente agradezco ir encontrando continuidad tras cada tramo de destrepe.


En un momento determinado sorprendo a una cabrita que está bebiendo agua y que huye al verme.

Buscando abandonar la barranquera exploro el lugar por el que ha desaparecido el animal. El difícil y escabroso (¿vendrá de cabra?) panorama me confirma que la mejor alternativa que tengo es volver de nuevo al cauce.



Finalmente consigo llegar a la parte baja y salir de la hendidura. En la distancia,  contemplando la bonita cascada final, me parece increíble que haya podido descender por ahí. Ni lo recomendaría ni lo volvería a repetir.

Encuentro un sendero que nace a unas decenas de metros de la caída de agua y lo sigo con gran satisfacción ¡Qué diferencia y qué relajación!

Corro por los encharcados prados, reconozco ya el entorno en el que hace años igualmente me perdí, cuando buscaba y no encontré una senda transitable por este escarpado lugar. También lo atravesé “a las bravas”. 


¡Ya por territorio conocido!


Punto de destino: el Canto del Berrueco
Tras ambas experiencias, conozco los tramos inicial y final del recorrido, me falta por encontrar el tramo que los une de una forma menos arriesgada que la utilizada hasta el momento.

Plácido final de una "entretenida" jornada