lunes, 4 de abril de 2016

Pinares de Rodeno y Pinturas Rupestres de Albarracín.

En los días claros, desde Zaragoza se suele mirar primero hacia el Norte, oteando las cimas del Pirineo y de Guara; después, y sobre todo al atardecer, se mira hacia el Oeste, lugar donde el Moncayo se tiñe del rojo sol poniente; y pocas, muy pocas veces, se mira hacia el Sur ¿Para qué, si sólo hay yesos y apenas algunos montículos o sierras menores se recortan contra el horizonte? Y así nos quedamos sin ver más allá, hacia Teruel que, situado tras “las sierras menores” de Algairén y Vicor, esconde en sus esteparias mesetas atractivos y poco conocidos parajes.

Dentro del plan de recorrer los bellos rincones de Teruel, que Eduardo y yo tenemos “in mente”, la circular de los Pinares de Rodeno y Pinturas Rupestres de Albarracín nos pareció como el más adecuado complemento de los “Castillos” de Armantes, realizada un par de días antes, para seguir  así impregnando nuestras retinas con el rojo de la arenisca.

Dejamos el coche en Albarracín (Ibn-Racin), justo antes de cruzar el río Guadalaviar, y comenzamos la marcha siguiendo la carretera en dirección a Bezas, para dejarla a los pocos metros y tomar una pista señalizada como “GR10. Pinares de Rodeno” que, tras pasar junto al recinto temático de “Dinópolis”, enseguida se transforma en un sendero que asciende por el Barranco del Cabrerizo hasta el Área Recreativa del Navazo.

Comienzo del Barranco del Cabrerizo
La suave pendiente propicia un trote sostenido que nos va llevando por los sucesivos rincones del paraje.

En un momento determinado las rocas y la senda se tornan ocres, estamos en el terreno de la piedra rodena, la característica arenisca de color rojizo propia de esta zona de Albarracín.



La arenisca, cual modelable “plastilina”, muestra los resultados de la persistente acción del agua y la lluvia en forma de oquedades, estrías y abrigos o cuevas, ocupados algunos de estos por los hombres del Neolítico, hace unos 7.000 años.





Al poco alcanzamos el primero de los abrigos prehistóricos que visitaremos hoy, en éste las pinturas rupestres están muy desdibujadas y apenas somos capaces de distinguir unas raspaduras sobre la piedra. La vista ha de habituarse para “alcanzar a ver” lo apenas visible.

En un zigzag abandonamos temporalmente el fondo de la hondonada y ascendemos al mirador del Cabrerizo, desde donde contemplamos el extenso pinar de pino de rodeno o resinero.

Ascenso hacia el Mirador del Cabrerizo
Vista desde el Mirador del Cabrerizo. Al fondo queda Albarracín
La muralla de Albarracín desde el Mirador del Cabrerizo
Retornamos al barranco y al poco llegamos a un rellano con campos de labor.Tomamos una pista que sale hacia la derecha y alcanzamos un área recreativa que, al estar junto a la carretera, se va “colmando” a pasos agigantados. Llama la atención los numerosos grupos de escaladores “bouldering” que se desplazan con sus colchonetas a la espalda, en busca de los tolmos y techos abrigados en los que ejercitarse y practicar. 

A partir de este punto nos dedicamos a visitar y contemplar las múltiples cuevas entre los pinares, con importantes muestras de arte rupestre levantino, muy bien indicadas y protegidas con rejas. 

Las figuras representadas son humanos cazando y escenas de animales. Da qué pensar el constatar cuán poblada debió de estar esta zona.

Caballo y toro
Venado
Caballos
No puedo dejar de mencionar aquí la perplejidad que nos produjo el siguiente hecho:

Estando Eduardo y yo aferrados a los barrotes de las rejas protectoras de una de las cuevas, tratando en vano de “ver” la figura del caballo que el cartel indicador decía que allí había, se acercó una persona que a su vez se puso a mirar justo a nuestro lado. Como tampoco conseguía encontrar al equino, separándose algo de la reja, nos dijo con total convencimiento:

-          <<La verdad es que alguien del ayuntamiento tendría que venir con un pincelito y repasar estas pinturas, porque si no, no hay forma de ver nada en absoluto>>.

Nos quedamos momentáneamente boquiabiertos, torpemente balbuceamos que eso no podía ser, que si había oído hablar del caso del Ecce Homo de Borja, y luego, constatando el desconcierto de su rostro, pusimos pies en polvorosa pensando que ni aún con los barrotes estaban suficientemente protegidas las representaciones prehistóricas.

Arquero
Entre observar pinturas (que una vez habituados se ven muy bien), recorrer callejones rocosos, acceder al mirador y trepar a las rocas para otear los extensos pinares, el tiempo parece que se detiene y la mente se traslada hasta la época en que aquellos moradores de antaño por allí / aquí anduvieron.




De vuelta al campo de labor junto al área recreativa tomamos un sendero que lo bordea y que se dirige hacia las pinturas del Tío Campano y de Lázaro.


Toros
Caballo y toro
Arqueros
Tras visitarlas, seguimos a la carrera una pista forestal y luego un sendero que sale hacia la izquierda que, abandonando el pinar, nos conduce de vuelta a Albarracín, 

Albarracín al alcance

habiendo realizado una circular de 15km, salvando un desnivel total en ascenso de 550m de D+, por el Paisaje Protegido de los Pinares de Rodeno, a cuya espectacularidad (areniscas y conglomerados en combinación con la masa de pino rodeno) se une la existencia en este espacio de un conjunto muy numeroso de manifestaciones de arte rupestre levantino.

Aventadora y carro
Emprendemos el retorno tras atenuar el fugaz pensamiento que cruza nuestra mente al contemplar en un campo próximo un par de útiles de antaño, devenidos en trastos viejos e inservibles, abandonados a la acción de la intemperie, mudo homenaje y testimonio de la fortaleza y laboriosidad de quienes no ha tanto tiempo nos precedieron ¿resistirán acaso tanto como si abrigados estuviesen en el rodeno pinar?

lunes, 28 de marzo de 2016

Los “Castillos” de Armantes.

En Aragón, muy cerca de Calatayud, se encuentra un paisaje peculiar y difícil de adivinar desde la distancia, es la Sierra de Armantes.

Formando parte del Sistema Ibérico zaragozano está salpicada de numerosos barrancos y colinas, compuesta por yesos en sus zonas más bajas y por arcillas y margas en sus zonas más elevadas. El manto blanco del yeso, sujetado por el pinar, da paso al rojo de las arcillas que, desprovistas de cualquier parapeto vegetal, son erosionadas y cinceladas insistentemente por los elementos, dando lugar a los denominados “Castillos”, formaciones geológicas que resaltan en esta sierra.

Constituye un entorno de gran belleza, cuyo recorrido permite adentrarse en un paisaje duro y desértico que vale más visitar cuando el calor todavía no aprieta demasiado.

Eduardo y yo optamos por una ruta circular que, partiendo de las afueras de Calatayud, se extiende hacia el Noroeste. La subida la realizamos por el barranco de la Bartolina (marcas verdes y blancas), y el regreso lo hacemos por el barranco del Salto (marcas amarillas y blancas), con una distancia recorrida de 23km, salvando un desnivel total en ascenso de 650m de D+.

Los primeros tres kilómetros discurren por pista que enfila directamente hacia un pinar que se ve en la distancia. La moderada pendiente permite mantener un trote sostenido.

En la linde de “lo verde” la polvorienta y desnuda pista se transforma en senda. Dejamos atrás lo plano y nos adentramos en el barranco de la Bartolina, encaminándonos hacia los llanos de Maño Maño, agradeciendo la sombra.

Barranco de la Bartolina
Al poco, casi al final de la barranquera, alcanzamos la fuente de Maño Maño, de la que apenas mana agua. El entorno resulta algo más fresco que el resto.


A continuación salimos del barranco y accedemos a una pista que va ganando altura entre esclarecidos pinos colonizados por líquenes.

A nuestra izquierda empieza a verse el ocre de la arenisca.

Continuamos el ascenso. Un cartel indica que la Cruz de Armantes está cerca. La pendiente se empina en este tramo, pero apenas son 150m de desnivel hasta alcanzar la parte superior de una amplia meseta que se corta abruptamente por el Norte y por el Oeste.

Ascendiendo hacia la Cruz de Armantes
Una cruz metálica marca la cima; desde esta atalaya de 973m se domina el paisaje que hemos venido a buscar.

La Cruz de Armantes
La ausencia de viento y la temperatura moderada invitan a contemplar tanto el horizonte como el erosionado entramado de las partes bajas.

Desde la cima, hacia el Norte, se divisa el Moncayo nevado 
Entresijos del arcilloso roquedo
Hacia el Este las siluetas de los “Castillos” y el collado al que nos dirigiremos a continuación.

Los "Castillos" de Armantes, el Menor y el Principal (detrás), a la dcha. el collado de los Castillos
A lo lejos la Sierra de Vicor.

El tiempo pasa y hemos de continuar. Al trote alcanzamos el collado de los Castillos (852m); desde él nos aproximamos al menos elevado de ellos y que queda enfrente. Terreno de garbancillo por el que andamos con cuidado. 

Castillo Menor de Armantes

Las Lámparas de Aladino
Otro día, con más tiempo, bajaremos y nos adentraremos en el llamativo desierto de su base, pero hoy no toca.

Seguidamente ascendemos por una trocha corta pero muy pendiente al Castillo Principal (929m).

Ascendiendo al Castillo Principal
La gran plana de la Cruz de Armantes
Lámparas de Aladino y Castillo Menor
Tras un rato de observación emprendemos el pronunciado descenso hacia la embocadura del barranco del Salto, con cuidado para no resbalar por los menudos guijarros, y cuyo inicio arranca del mismo collado.

Desde la cumbre del Castillo Principal, en primer plano, abajo a la izq., el collado de los Castillos
De vuelta al pinar y al yeso.

Atrás queda el Castillo Principal.

Cunde la carrera por la senda trazada sobre las sucesivas viseras de la barranquera. Corremos muy atentos para no dar un tropezón.

Alcanzamos el fondo en un lugar donde volvemos a encontrar arizónicas.

La figura del castillo de Calatayud indica que ya queda menos.


Se hacen algo monótonos los últimos tres kilómetros de pista hasta llegar al lugar donde dejamos el coche por la mañana, completando así un circuito que nos ha permitido descubrir un lugar insólito, al que posiblemente volveremos con el propósito de recorrer los vericuetos de rocas que se encuentran en la base de los “Castillos”, y que en esta ocasión tan sólo hemos contemplado desde las alturas.