| Santa Orosia, desde Javierre |
¡Que hay días así, eh! Aquellos en los que uno se levanta y, sin razón aparente, se encuentra laxo, como apático, a un paso de caer en la melancolía. Piensas y no encuentras la razón: salud no falta, comer no es que se coma mucho, pero hambre tampoco se pasa, han salido horas de dormir a pesar de que todavía es temprano, así que, no parece haber motivo. Y como no lo hay, has de sublimar la sensación y pasar a la acción.
La palabra mueve, pero el ejemplo arrastra, de manera que me fijo un circuito atractivo y de mediano porte, porque una cosa es arrastrar y otra muy distinta es arrastrarse por esos montes cuando la desgana aflora. Así que la Peña Oturia (1.921m), desde Javierre del Obispo (865m), con retorno por Satué (812m) es una buena opción, más estando en Sabiñánigo.
¡Dicho y hecho!, a las 9:30h llego todo decidido a Javierre, procurando que en el ánimo vaya calando un día soleado que promete calor. La proa de Santa Orosia (1.657m), planicie al pie de Oturia, luce prometedora. La energía quiere despertar.
Dejo el coche, salgo, miro alrededor, y veo que el brío de los que me contemplan está por los suelos.
Golpe bajo en la línea de flotación, del que me rehago dando un par de brincos y emprendiendo resueltamente la carrera monte arriba.
La atención al pedregoso sendero, junto con las miradas hacia los farallones de Sta. Orosia, van acompañando al trote sostenido. El sudor surca la frente, el cuerpo rechina de vez en cuando, pero se va adaptando.
Durante la marcha la mente se distrae contemplando el pinar por el que voy pasando. La senda está tan bien marcada que se sigue sin requerir demasiada atención.
Voy subiendo más y más, hasta salir del bosque. Ahora ya es visible la cima de Oturia ¡Queda lo suyo todavía!, pero no me desaliento, desde arriba el paisaje es amplio.
El sendero discurre ahora escondido entre bojes y serbales, se corre cómodo, al menos hasta el pie de la pendiente final, que esa sí que es engañosa, porque parece suave pero se suele atragantar.
Veo ya el mojón de la cumbre, está al alcance de mano. Alguna florecilla tiene fuerza para sobresalir; llego arriba.
Son las 11:15h cuando sentado junto al gran hito de la cima me tomo un plátano y el medio litro de agua que llevo. El amplio paisaje distiende, pero en días como el de hoy no conviene excederse en la relajación, porque el soterrado abandono pugna por aflorar.
Además tengo bastante sed, así que en pie y hacia la fuente de San Cocová, donde en cualquier época mana abundante agua.
Me cuesta obligar a las piernas a trotar cuesta abajo, pero se amoldan. Alcanzo la pista y el refugio de San Cocová. La fuente queda al doblar el recodo, tras el cual topo con un grupo de vacas en medio del camino en actitud de total abulia ¡Lo que le faltaba a mi ánimo!
Pero la voluntad se impone, y la sed también, así que las rodeo y llego a la fresca fuente que nunca defrauda ¡Quédense atrás las indolentes vacas y sacie yo mi sed! Cosa que hago con dedicación antes de reemprender la carrera bordeando la base de la Peña por entre erizones que, al no ser demasiado densos, permiten el paso a costa de algún que otro quiebro y rasponazo.
| Fuente de San Cocová |
Última mirada a Oturia antes de adentrarme en el bosque en dirección a Satué ¡Cómo aprieta el calor!
Quedan atrás el pasto y los arbustos bajos; el sendero serpentea entre formas retorcidas y frondosos árboles.
A pesar de que la sombra cubre la estrecha trocha por la que transito ahora, la calorina me hace fantasear con la cabeza del Minotauro sobresaliendo de la vegetación, pudiéndola esquivar en el último momento con un quiebro brusco hacia el conglomerado, que afortunadamente tiene las piedras redondeadas, porque si no, algún jirón habría sacado.
Un alto en la penumbra para acabar el agua y mirar por entre la espesura hacia el cielo abierto.
Otro respiro antes de llegar a Satué, para despedir a Sta. Orosia que se queda allí arriba recibiendo el sol de pleno, mientras a mí todavía me quedan un par de kilómetros de asfalto para llegar de nuevo a Javierre a las 13h, montar en el coche, y de vuelta a Sabiñánigo con la canícula apretando de lo lindo.
Nada mejor que un buen recorrido por la montaña para ahuyentar los fantasmas del desaliento.