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miércoles, 17 de mayo de 2017

De Obón a Peñarroyas siguiendo el Río Martín.


Río Martín a su paso por Obón
El río Martín es un afluente del río Ebro que, a lo largo de sus 98 kilómetros de recorrido, discurre por las provincias de Teruel y Zaragoza.

Nace al oeste de la Sierra de San Just (comarca de Cuencas Mineras), al confluir los ríos de la Rambla, de las Parras, Segura y Fuenferrada. En su primer tramo, el Martín baña la depresión de Montalbán, para atravesar después la sierra que se sitúa al norte de dicha villa, formando una profunda hoz a lo largo de más de veinte kilómetros. En este estrecho valle se asientan las localidades de Peñarroyas, Obón y Alcaine.

El valle desemboca en el embalse de Cueva Foradada, a partir del cual el curso del río discurre en dirección noreste hasta su confluencia con el Ebro en Escatrón.

Eduardo y yo ya tenemos recorridos un par de tramos de este río (la Rambla, etc. y Muela de Montalbán), y hoy optamos por descubrir el que une las poblaciones de Obón y Peñarroyas siguiendo el GR262, y cuyo trazado permite adentrarse en un entorno con profundos barrancos (hocinos) y abrigos con pinturas rupestres, a la par que acompañar a las aguas. Restos de presencia humana, remota y actual, junto con vegetación de soto en plena primavera, son los principales atractivos de este itinerario de ida y vuelta, con una longitud de 19km salvando un desnivel total en ascenso de unos 800m de D+.

Iniciamos la ruta en el pueblo de Obón encaminándonos hacia el río por una amplia y bien  balizada senda, que discurre junto a un murete de piedra seca que sustenta los bancales.

A nuestra izquierda los enhiestos paredones calizos al pie de los cuales discurre el río Martín. El día se presenta cubierto y con amenaza de fuertes vientos que, de momento, aún no se notan demasiado. 

Alcanzamos la base del amplio cañón y la vegetación de ribera se muestra radiante bajo la luz de la mañana.

Cruzamos el río por un elemental puente metálico e iniciamos la marcha aguas arriba.

Río Martín
Al poco llegamos al Hocino de Chornas y, al levantar la vista, nos percatamos de las numerosas cuevas y abrigos que horadan su calizo farallón.

Subimos hasta la base del mismo para ver las pinturas rupestres que hay en ellos. Pinturas, como suele ocurrir, difíciles de ver en un principio y que requieren de un rato hasta que, por fin, se distingue alguna. En este caso concreto el color blanco utilizado hace aún más difícil su localización.

Mientras encaramado en la escalera Eduardo se toma su tiempo con las pinturas, yo espero el turno recorriendo la base del acantilado fijándome en los abundantes numulites que dan fe del pasado oceánico de estos parajes.

Numulites: conchas fosilizadas
El sendero continúa ahora ascendiendo hacia la parte alta del cañón, y nos apartamos temporalmente del río que queda cada vez más abajo. Después tornaremos a él.

Nos acercamos a visitar el abrigo del Cerrado, en el que las pinturas se ven algo mejor.

Abrigo del Cerrado (a la dcha., en la foto)
Llama la atención cómo en estas cuevas, donde casi todo es piedra, una insignificante simiente de higuera, probablemente transportada y depositada por algún ave, es capaz de medrar sobre la pura roca aprovechando cualquier resquicio de suelo fértil inadvertido para el ojo. 

Siguiendo la senda alcanzamos el punto más alto del recorrido. Las ráfagas azotan con fuerza ahora. Descendemos apresuradamente hasta alcanzar el cauce del Martín esperando que abajo el viento se note menos.

El río Martín en su barranco
A partir de aquí el barranco se estrecha y las paredes, que llegan hasta el mismo cauce, están equipadas con sirgas y grapas o peldaños que, cómodamente, permiten seguir aguas arriba.
 
 
Nos toca vadear el Martín entrando en el agua porque, aunque modesto, baja crecido y no encontramos rocas suficientes como para hacerlo saltando sobre ellas ¡Y qué fría resulta el agua cuando, cubriéndote hasta por encima del tobillo, has de progresar lentamente para evitar una caída o un tropezón! Dos cruces fueron necesarios, que hicimos quitándonos pulcramente zapatillas y calcetines en cada ocasión.

El barranco vuelve a abrirse y el terreno se ensancha. El viento azota fuerte y avanzamos sorteando ramas rotas bajo el riesgo de que alguna de ellas nos caiga encima, entrando rápidamente en calor a costa de acelerar la marcha.

En terreno más abierto, caminando entre viejos olivos y chopos, observamos que las piedras se han tornado “royas”. Hacia ellas nos dirigimos.

Un puente para salvar un cauce por el que ya no pasa agua (que bien nos hubiera venido antes) y palomares abandonados son fieles testigos de humanización reciente.

De nuevo junto al río Martín salvamos un tramo y una poza pasando por unas sólidas pasarelas y nos adentramos en la zona de roca roja, arenisca de Rodeno, por la que vamos a transitar a partir de este punto.

 
El camino gana altura y se encarama sobre los rojizos acantilados a cuyo pie serpentea el río. Dejamos a nuestra izquierda el desvío que nos llevaría a “las icnitas de arcosaurio”, y que visitaremos a la vuelta, continuando ahora la marcha hasta alcanzar el Mirador del Portillo. Las fuertes ráfagas hacen que nos encaramemos a él con sumo cuidado.

Peñarroyas desde el Mirador del Portillo
A pesar del viento el paisaje nos retiene un rato en esta atalaya desde la que observamos que hay un sendero abajo que, al pie de los paredones, discurre junto al río Martín y empezamos a considerar que podríamos retornar por él y pasar por las icnitas de arcosaurio haciendo una pequeña circular.

Bajo los cortados, el río Martín
Teniendo a la vista las casas de Peñarroyas, y sin demorarlo más, descendemos hacia la población por una calzada bien enlosada mientras vamos dando forma a la circular, cuyo inconveniente será cuántas veces y cómo atravesaremos el río. Lo decidiremos una vez lleguemos al pueblo.

Curiosa calzada de descenso a Peñarroyas
Las afueras de Peñarroyas conservan los restos de antiguas construcciones, ahora en ruinas.

Junto a la fuente, mientras tomamos unos frutos secos, optamos finalmente por retornar en circular junto al río. Ahora que, eso sí, si hay que vadear lo haremos con las zapatillas puestas, aplicando la práctica del “trail runner”, que otra cosa lleva demasiado tiempo.

Encontramos y seguimos las marcas blancas y amarillas del PR que se encamina hacia el río, unas personas nos dicen que hay que atravesarlo en varias ocasiones, pero ya lo hemos decidido y, además, somos buscadores de lo intrincado.

Al poco de abandonar Peñarroyas nos detenemos unos instantes junto a los grabados rupestres de Pozos Boyetes.

Grabado rupestre de Pozos Boyetes
Continuamos, alcanzamos el cauce del Martín y, sin dudarlo, procedemos al primero de los cinco vadeos que este escondido y montaraz tramo comporta, en un marco de singular belleza.

 
 
 
Salimos de la encajonada barranquera y las marcas del PR nos llevan en fuerte ascenso hasta la atalaya donde se encuentran las “icnitas de arcosaurio” (réplica en molde de las originales que fueron extraídas y llevadas a un museo).
 
Sedimento arenoso fosilizado en la senda hacia las icnitas de arcosaurio
El panorama desde esta altura es digno de admiración.

 
Pero no podemos eternizarnos, y menos con las zapatillas empapadas; además aún deberemos vadear dos veces más el río en el camino de vuelta (la pulcritud y parsimonia que tuvimos hace unas horas no las vamos a repetir. En total serán siete los vadeos por dentro del agua), con lo que sin pausa iniciamos el retorno no sin antes lanzar una mirada a las peculiares formaciones rocosas que flanquean el camino por el que, en repetidos sube y baja, completamos el retorno a Obón al trote para mantener el calor del cuerpo que, si paramos, se nos escapa por las mojadas zapatillas.






viernes, 22 de abril de 2016

La Rambla, Las Parras y el Torrijos conforman el Martín. Ríos con especial encanto de Teruel.

Hocino de La Rambla
La estepa en la que se sitúa la cuenca minera de Teruel está surcada por unos cuantos ríos que, desde su nacimiento, cincelan el sustrato calizo y de turba por el que fluyen, formando atractivos barrancos y hoces en los que el agua se encajona y precipita en forma de sucesivas cascadas. Hocino, angostura o cañón son sinónimos de los estrechamientos por los que discurren.

Dentro del plan de recorrer los bellos rincones de Teruel que Eduardo y yo tenemos “in mente” la circular por los hocinos de los ríos La Rambla, Las Parras y Torrijos es una de las que dejábamos para cuando el abundante caudal estuviese garantizado. Esta primavera entrada en agua no se podía dejar pasar.

La considerable longitud de esta circular (30km), junto con el desnivel acumulado (1.000m de D+) y su discurrir por parajes muy solitarios, le confieren las características que valoramos los autodenominados buscadores de lo inédito y exploradores de lo intrincado.

 Tras llegar a la población de Martín del Río tomamos una pista de tierra que se dirige hacia el embalse de las Parras que está a unos cinco kilómetros al Sur, y la seguimos durante casi tres kilómetros hasta encontrar un cruce en el que dejamos el coche. Las señales rojas y blancas continúan hacia la visible presa (por ésta retornaremos); y las señales amarillas y blancas, hacia el Oeste, son las que seguimos en el inicio, acompañando las aguas del río La Rambla que, en este punto, se une al de Las Parras que luego, algo más abajo, conforma el río Martín un poco antes de llegar al pueblo del mismo nombre.

Aguas cristalinas del río La Rambla
Mañana luminosa pero con algunas nubes; apenas  han comenzando a brotar las primeras hojas de los viejos chopos.

Ambiente fresco y húmedo, aguas transparentes y numerosos regajos que vamos vadeando como podemos (“pescando” en más de uno) hasta alcanzar la salida natural del hocino de La Rambla.

Salida del hocino de La Rambla
Nos adentramos en este cañón, que como descubriríamos después es de “ida y vuelta”, encontrándonos con un paraje espectacular que recorremos embelesados.

Accediendo al hocino de La Rambla


Un paseo entre altas paredes que se van aproximando cada vez más, hasta no haber cabida para sendero alguno, tan sólo cauce y roca; tramos que se sortean entonces con la ayuda de cadenas pasamanos y unas pequeñas grapas para apoyar los pies.




Corto el primero y más largo el segundo y último, superado el cual una poza con su cascada al fondo cierra totalmente el paso.

Poza de llegada y marcha atrás del hocino de La Rambla
Tras sopesar la conveniencia/posibilidad de trepar por una de las paredes laterales, para alcanzar la parte superior de la cascada y comprobar si hay recorrido más arriba, y ante la falta de cualquier señal o indicio de continuidad, concluimos que una cosa es explorar lo intrincado y otra muy distinta acabar “embarcado”, de manera que optamos por salir del hocino por donde hemos venido, retomando a la salida la ruta prefijada que rodea, con amplio bucle, la montaña que esconde el cañón abierto por el río La Rambla.

Y así hacemos, marchando por una pista que en principio continua hacia el Oeste para luego tomar una derivación de la misma hacia el Sur.

A medida que ascendemos vamos contorneando en altura el barranco de La Rambla, comprobando lo acertado de nuestra decisión de haber dado la vuelta en la poza.

Hocino de La Rambla, desde las alturas
Al cabo del rato alcanzamos el pueblo semiabandonado de La Rambla de Martín, en plena estepa.

La Rambla de Martín
Desde él seguimos las marcas amarillas y blancas hacia la siguiente población, Las Parras de Martín, pero antes nos acercamos al lugar donde el río La Rambla inicia su encañonamiento camino del llano al que saldrá tras recorrer el hocino que visitamos al comienzo de la mañana.

Embocadura de La Rambla, punto de inicio del hocino
Los aproximadamente seis kilómetros de solitario caminar por la alta meseta, azotados por fuertes rachas de viento que van llenando el cielo de tormentosas nubes, hacen que recorrer lo plano resulte cuesta arriba.

Atrás va quedando el pueblo de la Rambla de Martín
Apartado páramo por el que se agradece transitar en compañía, pasando junto a ralos campos de cultivo y aislados ejemplares de carrascas, enebros y sabinas.

¡Qué satisfacción cuando, tras superar el último repecho, alcanzamos a ver, allí abajo, la estrecha vega en la que se asienta el pueblo de Las Parras de Martín!

Abajo está el pueblo de Las Parras de Martín
Durante el pronunciado descenso sobresaltamos a una pareja de buitres, que alzan el vuelo frente a nosotros, y a un puñado de huidizas cabras monteses que se alejan a saltos tan pronto nos perciben.

Alcanzamos la vega y cruzamos el río Las Parras, dejando para después visitar el pueblo.

Tomamos ahora la carretera asfaltada, marcas rojas y blancas, y la seguimos hacia el Sur durante un par de kilómetros. Queremos ir a un paraje llamado El Chorredero, lugar donde el río Torrijos (afluente de Las Parras) se precipita en forma de cascada sobre una bonita poza, al que se llega tras tomar una pista que abandona el asfalto, indicada por un cartel.

Apacible paraje con curso de aguas transparentes fluyendo entre todavía deshojados chopos, al que las cuevas y recovecos de sus montículos tobáceos confieren un aspecto agreste y primitivo.

Río Torrijos
Entre tobas serpentea el río
Primitivos cobijos excavados en las tobas
Contemplando la poza del Torrijos aprovechamos para tomar una barra energética antes de volver sobre nuestros pasos, hacia Las Parras de Martín ¡Hasta el momento con nadie nos hemos cruzado!

Tras atravesar la población nos dirigimos al visible barranco de Las Parras, último tramo de la circular de hoy que, atravesando los plegamientos de la sierra de San Just,  se extiende de Sur a Norte en su camino hacia el valle del Martín.

Campos de Las Parras de Martín. Al fondo comienzan los hocinos del río Las Parras
Plegamientos de San Just
Enmarañados y espectaculares parajes donde el agua serpentea a trompicones, entre acumulaciones de toba, salvando los obstáculos en forma de bellas cascadas.

Hocino de las Palomas
Recorremos la garganta por fuera, a pie seco, bordeamos el cuchillar de San Just por el Este siguiendo una pista descendente que lleva hasta el mismo cauce. Desde aquí, y remontándolo unos centenares de metros, nos acercamos hasta el hocino de Las Palomas, donde las aguas se desploman en forma de cascada en el interior de una cueva, delicatesen muy apreciada por los barranquistas de neopreno que optan por recorrerlo por dentro del cañón.

En el hocino de las Palomas

Cascada en la gruta
A partir de este punto, y tras retornar un tramo sobre nuestros pasos, el sendero sigue paralelo y a ras de agua,

Hasta la siguiente cascada, el hocino del Pajazo, último gran salto del río Las Parras antes de alcanzar mansamente el embalse del mismo nombre. Es aquí donde nos cruzamos con las pocas personas que encontramos en el día de hoy.


Cascada del hocino del Pajazo
Las primeras gotas de lluvia que descargan los negros nubarrones, que se han ido consolidando a lo largo del día, hacen que nuestro, hasta el momento, trote sostenido se transforme en franca carrera huyendo de la que empieza a caer, haciéndonos esprintar al final para acabar consiguiendo alcanzar el coche no demasiado remojados, tras haber completado una circular poco habitual, que nos ha llevado a adentrarnos por los entresijos calizos próximos a la cuenca minera de Teruel, donde los ríos buscan su salida al valle del Martín a saltos y retorciéndose a escondidas entre las tobas y calizas.


Embalse de las Parras