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martes, 4 de diciembre de 2012

La Najarra desde Miraflores. Refugio de la Najarra y vuelta por el Hueco de San Blas.


La Najarra tiene una altura de 2.108 metros (vértice geodésico) y de 2.119 metros el pico propiamente dicho. Es la última cima del extremo Este de la Cuerda Larga y con ella finalizan en esa zona las cumbres superiores a los 2.000 metros de la Sierra de Guadarrama.
A Manuel y a mí nos agradan los “circuitos”, y cuanto más silvestres e inusuales resulten, mejor. Un atractivo para visitar esta cumbre radica en que, saliendo desde la Fuente del Cura, en Miraflores, hay por delante un recorrido que, si se consigue encontrar y seguir la senda Santé, permite superar los 1.000m de desnivel en tan sólo 4km de distancia, ¡Menuda pendiente!, por medio de una zona agreste, de pinar y roble, con piornos en la zona superior, muy diferente del resto de trillados itinerarios que parten de otros puntos.
En suma, los accesos más interesantes a las cimas que componen la Cuerda Larga en el tramo desde Asómate de Hoyos a la Najarra son, en nuestra opinión, los que recorren la vertiente Sur que da vista al Hueco de San Blas, huyendo de la transitada y clásica travesía de puerto a puerto (Morcuera – Navacerrada).
La mañana es fría, el cielo está raso, ni una nube. El entorno en el aparcamiento de la Fuente del Cura resulta helador mientras esperamos a que salga el sol. Con los primeros rayos hasta el pelado robledal comienza a cobrar vida. Empezamos la marcha siguiendo la pista hacia el Sur, marcas verdes y blancas.

A unos 400m hay una barrera metálica a la derecha que permite abandonar el asfalto, internándonos ahora en el bosque.
La senda se sigue bien. Atraviesa varias veces las lazadas de una pista. Al segundo o tercer cruce de pista, cuando al otro lado de la misma no se ven los hitos que dan continuidad a la senda que vamos llevando, es entonces cuando hay que proseguir hacia la derecha por la pista durante unos veinte metros, hasta encontrar de nuevo los mojones que vuelven a internarse en el bosque. Este es el comienzo de la verdadera subida por la senda Santé.
La pendiente es muy exigente, los bastones son de gran ayuda y hay que ir con cuidado para no despistarse. El camino ya está cubierto de nieve. En algunos tramos los mojones son difíciles de localizar, pero con intuición y ojeada en derredor, se vuelven a encontrar.
Ganamos altura muy rápidamente. Mirada hacia atrás para constatar lo abajo que queda ya Miraflores.

El frío es intenso. El ritmo que marca Manuel es muy vivo. Concentración para respirar sólo por la nariz y no por la boca.

Estamos ya tocando las rocas que anuncian el final de la subida. Los últimos pinos parecen adornados con algodones. Se oye silbar al viento.

La pared granítica de la Najarra (2.122m) la tenemos ante nosotros. Subir a la cumbre no supone dificultad alguna.

Alcanzar la Cuerda Larga y sentir en toda su virulencia las fuertes ráfagas de aire, todo es uno. El termómetro marca -5ºC, la sensación térmica es de mucho más frío. Nos ajustamos bien la ropa y seguimos hacia el Oeste, en busca del Refugio de la Najarra.
Al fondo aparece Peñalara, ya blanqueada por la nieve
Nos sorprende no encontrar gente, pero  claro, aún es temprano.
Avanzamos un tramo más y allí, unos metros más abajo, encaramado en unas rocas, se alza el Refugio (2.078m), en medio del inhóspito entorno de la Cuerda Larga. Prometedor abrigo  al que nos dirigimos rápidamente.

Se trata de un lugar limpio, capaz para unas 6 personas (de pie), con la puerta orientada al agradable y calentito Sur, donde nos resguardamos durante unos minutos para tomar un plátano y unas avellanas, antes de continuar. Cuando comienza a aparecer “la procesión que transita por la Cuerda Larga” decidimos dejar el cómodo sitio para los recién llegados.  
Nuestro siguiente objetivo es el Hoyo Cerrado.

¿Seremos capaces de localizar el Hoyo Cerrado?
Seguimos la Cuerda descendiendo hasta la depresión que hay antes de iniciar la subida a los Bailanderos, y una vez en ella, ladera abajo, hacia la vertiente del Hueco de San Blas. No hay senda evidente, pero se baja con relativa facilidad, cuidando de asentar bien los pies sobre la nieve que apenas cubre las rocas. Sorprendemos a unas cabras que ya lucen el grueso ropaje de invierno.

Vamos bajando, bajando, hasta llegar a una senda que seguimos en sentido descendente, con el propósito de encontrar la trocha que, saliendo de ella, conduce hacia el Hoyo Cerrado. Como somos impacientes, y nos parece que estamos perdiendo demasiada altura siguiendo la senda, decidimos salirnos de ella en un punto determinado para “marchando en dirección al Hoyo, ir a encontrar el camino, que seguramente nos hemos debido de pasar de largo”. Y de esta decisión se derivarán dos cosas: la primera, que no llegaremos hoy al Hoyo Cerrado;  la segunda, que tendremos la oportunidad de descubrir y transitar por un bosque salvaje y agreste, al más puro estilo del trampero montañés, que de otra forma se nos hubiera escapado.

Así que tras una hora larga de pura naturaleza recorriendo emboscados el arco de la Cuerda Larga en dirección al Hoyo, en una salida que hacemos a las rocas para orientarnos, constatamos que por este itinerario queda un rato largo y un par de barrancos más para cruzar (¡Y vaya la de agua que baja por ellos!), con lo que optamos por iniciar el retorno a Miraflores.
No nos sentimos defraudados en absoluto, la próxima vez buscaremos la senda correcta para llegar, y mientras tanto tenemos la oportunidad de seguir viviendo y saboreando el hermoso entorno por el que, bosque a través, y topando con más de un brillante acebo “a pleno fruto”, vamos al encuentro de la gran pista que recorre a media altura el Hueco de San Blas.
El agua por doquier hace que el paisaje esté tan verde como en primavera. Aunque hace rato que el aire ha dejado de azotarnos, el frío sigue siendo intenso. Tomamos alguna barra energética, otro plátano, y nos damos el lujo de saborear una cata de queso zamorano con membrillo concluyendo el ágape. Como el relente ya va calando, recogemos rápido, dejo olvidada la navaja que tantos años me ha acompañado (hasta llegar a casa no me di cuenta) y emprendemos la marcha hacia Miraflores.
El Hueco de San Blas con el contorno de la Pedriza cerrando el horizonte
Por delante unos 6 kilómetros de pista muy poco transitada (algún ciclista ocasional como principal usuario de la misma), por medio de un pinar bien conservado por el que vuelan los pájaros y corremos nosotros a zancadas bien ligeras.
Luces y sombras del atardecer en el bosque
Finalmente nos ha salido un circuito de los que nos gustan, salvando un desnivel total de 1.200m de D+, habiendo recorrido unos 18km, quedando abierta la puerta para, en alguna otra ocasión, llegar sí al Hoyo Cerrado, bien desde abajo, por el sendero que no hemos encontrado hoy, bien por arriba, desde Peña Linderas o el Collado de Pedro de los Lobos, si es que preferimos hacer de jabalíes por entre los piornos y rocas que enmarañan esas laderas, pero esto será otro día.

La Najarra se prepara para una noche más de frío intenso


lunes, 12 de noviembre de 2012

El Tozal de Guara desde Nocito. Encantado de conocerlo

Se trata del punto culminante de la Sierra de Guara. Sus 2.077m de altura garantizan que alcanzar su cima sea algo más que un paseo. Dependiendo del punto de partida supone salvar un desnivel entre 1.100m y 1.300m.
Las vías de ascenso no ofrecen dificultades técnicas, y discurren bien por la cara Sur (desde Sta. Cilia o desde la Tejería), bien por la cara Norte (desde Nocito o desde Used).
En esta ocasión decidí ir a conocer la montaña por su parte más boscosa, esto es, por el Norte, partiendo de Nocito, con el propósito de imbuirme de bosque otoñal. Un itinerario variado, hermoso, húmedo y colorido en esta época de otoño, con sostenidas e importantes cuestas a través de las cuales uno se adentra por los entresijos de estos bosques y barrancos, donde los fogonazos de color resaltan por doquier, con los buitres avizorando desde los afilados peñascos.
 Lo que estaba previsto ser una excursión en compañía de mi hermano Manuel (Manumar) se convirtió en una salida en solitario a causa de un imprevisto de última hora que le impidió venir. Él se acordó de mí y yo de él, a lo largo del día.
Con la credulidad propia del entusiasta, salí de Zaragoza en plena niebla, con el dicho de “Niebla en el valle, montañero a la calle” repicando en mi cabeza.  Conduje hasta Huesca y hube de alcanzar Nueno para abandonar finalmente la gris y húmeda nube que todo lo envolvía. En Árguis ya se veían claros y la niebla se rompía a retazos.
Árguis ya no estaba bajo la niebla
La vista de la vertiente Norte de la Sierra de Guara desde la boca del túnel de la Manzanera anuncia bien a las claras la belleza de este ambiente, que en otoño alcanza su punto culminante. Las nubes y las cimas se reparten el horizonte.

La inmersión en el entorno y sus colores comienza aquí. Los sentidos atentos, la naturaleza entrando a raudales por ellos. La abundancia de la lluvia en los días anteriores hace que el agua rezume por todas partes.
Es época de caza y Nocito un punto de reunión de partidas de cazadores. Está muy concurrido el lugar, si bien todavía no se han puesto en movimiento.
Son las 9:30h cuando comienzo la marcha. Hay un cartel mostrando el camino hacia el Tozal de Guara justo antes de cruzar el riachuelo que hay a la entrada del pueblo. Todo el itinerario está jalonado por postes indicadores en los puntos necesarios.
Sigo la pista en sentido Norte – Sur, hasta la siguiente señal que marca el inicio del barranco del la Pillera, que se remonta aguas arriba, en dirección Oeste - Este, siguiendo el cauce del torrente que lo surca, por un sendero bien definido que va alternando la orilla derecha con la izquierda, de tal manera que obliga a atravesar el cauce con mucha frecuencia. El primer cruce está justo en el inicio, al momento de abandonar la pista que seguía. Manuel, que ya ha disputado en un par de ocasiones la carrera por montaña que se organiza aquí, me había comentado: “Seguramente nos mojaremos los pies”. Pero aún así consigo cruzar el crecido riachuelo sin mojarme, saltando sobre las pocas piedras que afloran.
El camino está muy bien marcado y sube ligeramente. Llego al siguiente ¿cruce? del agua. No sobresale piedra alguna, así que me lanzo a “vadearlo”. Para algo llevo zapatillas de “trial running”. No sólo me mojo los pies, sino las pantorrillas también, porque el agua llegaba hasta por encima del tobillo.

La “gracia” del camino no está en que gane demasiado desnivel, en este sentido es suave, sino en que cambia de orilla hasta ¡siete veces! así que, aparte de la primera que puede tacharse técnicamente de cruce, las otras seis fueron de vadeo con el agua hasta casi por la rodilla. Bien es verdad que la primera titubeé algo, pero las siguientes fueron de chapoteo decidido y rápido.
En un punto determinado un cartel indicador señala hacia la derecha para el Tozal de Guara, abandono la pista que continúa por el barranco, junto al torrente, y emprendo una  fuerte subida, internándome en un bosque pletórico de colores.

La elevada humedad del ambiente así como que voy empapado de agua desde la punta de los pies hasta por encima de las rodillas (y ascendiendo progresivamente por las piernas), hace que afronte la pronunciada pendiente del camino con una alegría y brío inusitados. Me ayuda a combatir el frío. 
La senda zigzaguea por entre hayas, abedules, pinos y bojes. La pendiente no cede, pero se sube bien. Abajo van quedando los grises pináculos calizos del barranco, arriba, ya se divisa el contorno del Tozal de Guara.

La vegetación es exuberante, resultando en un impresionismo impresionante que atrae la vista allá por donde paso.

Alcanzo un primer collado, el de Chemelosas (1.386m), en un claro del bosque. Desde aquí se da vista a un barranco al otro lado, a la derecha un paredón calizo se recorta contra el cielo.

Un buitre observa desde lo alto.

Enfrente se ve el collado de Petreñales, a su izquierda el Tozal de Guara. El camino desciende unos cuantos metros para seguidamente mantener su traza en subida por el bosque.
Un tejo centenario hace que me detenga un momento a contemplarlo, pero reanudo sin demora la marcha. Estoy deseando llegar al poco de sol que he visto sobre el collado, a ver si consigo frenar la marcha ascendente del agua por las piernas, secarme y entrar en calor.

Un tapiz de hojas cubre el sendero, la pendiente no cede, el bosque resulta acogedor.
Por fin alcanzo el collado de Petreñales (1.558m). Se trata de un calvero en la vegetación. Desde aquí, al tibio calor de un sol que no puede del todo con las nubes, contemplo el resto del itinerario, que bordea por la base el monte que precede al Tozal, hasta alcanzar un claro que se divisa justo al pie de la pala somital en la vertiente Sur.
Al fondo el Tozal, en primer plano el monte que hay que rodear por la base, en dirección hacia el claro que se ve.
Por entre bojes y tejos paso por la fuente de Chinepro y llego al principio de la última subida. Un cartel indica las dos opciones para acceder a la cima: por el Abadejo o por la Pedrera. Me decido por la primera que, haciendo una diagonal, supera los 400m que separan este punto de la cumbre.

El sendero por el Abadejo trepa por entre los erizones.
El camino entre los erizones está muy bien marcado con mojones, pero la fuerte pendiente ya se va haciendo notar en las piernas. Las nubes alternan con los ratos de sol; finalmente alcanzo el gran punto geodésico que hay en la cima (2.078m).

La vista sobre Nocito, allí abajo, dura poco, porque la niebla se echa encima, la temperatura se pone rápidamente en 0ºC, el aire no cesa y la sensación térmica es “de mucho frío”, así que preso de la tiritona que me sacude consigo difícilmente recoger las cosas, envolver de nuevo el bocadillo (¡que esta vez sí que llevaba!), al que apenas le he dado dos bocados, y ponerme en marcha tratando de mantener el equilibrio y de localizar los mojones para orientarme en el descenso.
Unos 150m más abajo las rachas de aire vuelven a disipar la niebla y el día se va asentando. Durante la bajada por el Abadejo me cruzo con dos grupos bastante numerosos que, no habiendo madrugado tanto, van a poder aprovechar el buen tiempo.
Último vistazo hacia la cumbre desde el collado antes de iniciar la carrera por el bosque. La sostenida pendiente y el alfombrado de hojas se confabulan a favor de la marcha. Los escopetazos de los cazadores se oyen intermitentemente.
El ritmo es rápido y cunden las zancadas. El ambiente está más seco y los colores resultan más brillantes que durante la subida.

Llego a la pista que recorre el barranco de la Pillera. Sé que ahora me vuelve a tocar el vadeo y baño de pies / piernas en agua fría. Me detengo ante restos de sangre en el camino, señal evidente de que los cazadores han cobrado pieza. Unos metros más y adelanto a un grupo de ellos que va arrastrando un jabalí abatido. De él era la sangre. Los paso y algo más abajo encuentro sus armas y a otro del mismo grupo, que las está custodiando.

Sigo la carrera y los vadeos hasta que por fin entronco con la pista que lleva hacia Nocito ¡Las zapatillas van bien lavadas! Voy cansado pero no bajo el ritmo, para mantener el calor con el que sobreponerme al remojón que llevo. El sol de la tarde “ha podido” con las nubes. La cara Norte del Tozal y su falda boscosa forman una composición de gran belleza. No paro de lanzar la mirada hacia el conjunto, para fijarlo en la retina.

Los sonidos de cuerno y corneta de los cazadores llamando a reagruparse a los perros hacen que vuelva a mi mente la visión de la pieza cobrada. Me disturba pero la aparto y continúo hasta alcanzar el coche. Son las 15:30h cuando llego a Nocito.
Me cambio la ropa mojada por otra seca ¡Qué agradable y confortable sensación! Mientras acabo de comer el bocadillo que empecé en la cumbre, sigo lanzando frecuentes miradas hacia la montaña que tan bonita me ha parecido, y me digo a mí mismo que he de volver a ella, por cualquiera de sus vertientes, para seguir descubriendo los agrestes itinerarios que la surcan hasta la cima.

Sin más demora me pongo en marcha, de vuelta a Zaragoza, que aún me quedan un par de horas de coche.
En resumen, unos 19km, salvando un desnivel total acumulado de 1.200m de D+, a lo largo del cual he vivido todo el recorrido, siendo la cima otro punto más del mismo, prestando atención a cada rincón desde el momento en que salí de la niebla esta mañana.

martes, 9 de octubre de 2012

Peñas de Amán y San Miguel = Salto de Roldán ¡Menudo el salto y menudas las peñas!

El llamado «Salto de Roldán» es una formación rocosa en el extremo izquierdo del Parque Nacional de la Sierra y Cañones de Guara. Está formado por dos inmensas moles pétreas que avanzan como proas sobre la Hoya de Huesca. Se trata de la peña San Miguel (izquierda), de 1.123 m, y la peña Amán, de 1.124 m, entre las que discurre encajonado el río Flumen.
Y va de leyendas la cosa: ......cuando el portentoso Roldán, al mando de la retaguardia del ejército carolingio, se retiraba hacia Francia, hostigado desde el sur, fue rodeado en la peña Amán. Roldán, para liberarse de sus perseguidores, espoleó a su caballo que, de un salto, alcanzó la peña de enfrente, sorteando el abismo, dejando marcadas sus huellas en la propia roca.
Posteriormente, y parece que el súper hombre además del hostigamiento también llevaba una potente y afilada espada, para escapar del todo y ponerse a salvo, hubo de dar un tajo en la cordillera pirenaica pasando "a casa" por la recién abierta Brecha de Rolando.
La atracción meramente natural que estos mallos me produjeron la primera vez que los vi de lejos, junto con las espectaculares perspectivas que ofrecen, me han inducido a conocerlos de cerca y a recorrerlos (correrlos más bien) en el día de hoy.
Para abrir boca, los 500m de desnivel de la Peña de Amán, reproduciendo el itinerario seguido por Roldán y sus perseguidores, solo que  a pie y sin caballos.
El punto de partida es San Julián de Banzo, a donde se accede pasando por Loporzano, tomando un desvío, algo más adelante en la carretera, hacia Barluenga y S. Julián de Banzo, y dejando luego a un lado el camino hacia San Martin de la Bal d´Onsera, tomando la siguiente pista de tierra, también hacia la derecha, hasta una pequeña zona de parquing a 725m de altura. (¡Buena sarta de nombres para ir familiarizándose con la terminología de la zona!)
Como me confundo ya para llegar con el coche, son las 9:30h de éste domingo en calma cuando inicio la carrera, que fluye rápida aprovechando que el camino es descendente hasta alcanzar el barranco de la Bal d’Onsera, cuyo cauce seco atravieso para comenzar el suave ascenso en la otra orilla.
Aprisco poco antes de llegar al cruce del barranco de la Bal d'Onsera
El sendero discurre “en descubierta” por entre vegetación baja de aliagas, erizones y carrascas. Suerte que todavía es temprano y  que no estamos en pleno verano.  A medida que voy subiendo derecho hacia los farallones calizos que hay hacia el Norte, y que aparte de los mojones no veo marca alguna blanca y roja, se me va aposentando la percepción de que he errado el camino, que en buena ley debería ir derivando hacia el Oeste. Me detengo, miro y lo veo serpentear entre las carrascas unos 150 metros más abajo. Cómo me lo pasé, es una incógnita.
Los farallones y los buitres que planean a su alrededor me atraen, así que, con el entusiasmo propio de la mañana y del entorno, sigo hacia ellos pensando que malo será que no encuentre una senda que, más arriba, derive hacia la izquierda, en sentido hacia la Peña de Amán.  En cualquier caso, si no fuera así, siempre podría desandar el camino.
De izq a dcha, Peña de San Miguel, Peña de Amán y Punta Sopilata.
En un momento determinado, a la altura de los 950 metros, por fin encuentro un ramal que sale hacia la izquierda, cruzando el barranco en su parte más alta. Ahora ya voy encaminado en la dirección correcta. Todo hacia el Oeste.
Las Peñas de Amán, en primer término, y de San Miguel, detrás, funden y mezclan sus contornos.
El sendero discurre por encima de los farallones, debajo de ellos, entre los arbustos, serpentea el camino “oficial”. Por detrás, el sol está a punto de asomar.

Al frente, ¡Distante y más abajo! Diviso la mole de la Peña de Amán. Definitivamente el rodeo va a  ser importante pero de nuevo: more kilometers, more fun, así que adelante sigo hasta que me encaramo con cierto trabajo en la punta que tengo más próxima: la Punta Sopilata (1.143m).
Punta Sopilata
Escarpado promontorio desde donde veo, delante mismo, y separada por un profundo collado, la Peña de Amán; abajo, a unos 250m de desnivel, el sendero que debería haber tomado. Así que destrepo de las rocas, y procedo con un descenso incómodo y áspero, por entre punzantes carrascas y aliagas, hasta entroncar con el “camino adecuado”, que ya me lleva sin inconvenientes hasta un collado donde hay un cartel indicador del mallo de Amán y, en sentido opuesto, San Julián de Banzo.
A partir de aquí la senda es más difusa y  la vegetación  más tupida;  las pantorrillas rozan a menudo con los arbustos y se sigue agradeciendo el no llevar pantalones cortos.
La trocha ascendente toca a su fin. La mole de conglomerado de Amán se alza en vertical. A su derecha se recorta la Peña de San Miguel.
Para subir hasta arriba hay que flanquear primero por unas viras aéreas hacia el lado Oeste de la peña y después trepar por unas clavijas hasta la misma cima (¿Cómo se lo haría Roldán con caballo y todo?).

La Peña de Amán (1.124m) es un otero de primer orden. La sierra de Guara, la Hoya de Huesca, y “al otro lado”, la Peña de San Miguel. Entre ambas el cortado en cuyo fondo, varios centenares de metros más abajo, discurre el río Flumen. Los buitres sobrevuelan el vacío. Los paredones son formidables. Me siento para contemplarlos desde el borde mismo, y así me quedo durante un rato.
Como una cosa es la realidad y otra las leyendas, y todavía he de hollar la vecina San Miguel, me pongo en marcha, comenzando por bajar de donde estoy destrepando las clavijas, retornando hasta el coche, ahora sí por el cómodo camino con marcas blancas y rojas que no vi por la mañana, para volver a Huesca y acercarme a su base para después encaramarme en ella.
El castillo de Quicena permanece  ajeno a mi gymkana personal en el camino hacia Huesca.
Esto parece una gymkana a pleno sol del mediodía. Yo corriendo de abajo para arriba, haciendo equilibrios sobre clavijas, después de arriba para abajo, luego un rodeo en coche hasta Huesca, para cruzar cómoda y rápidamente el río, camino de Apiés, dejándolo al final de la pista que sale de Santa Eulalia de la Peña (¡Por falta de santos no va a quedar hoy!) y vuelta a correr por un estrecho sendero que, entre abundantes romeros y tomillos, me conduce hasta la base de la pared rocosa de la Peña San Miguel, donde unas grapas de hierro, colocadas a modo de escalera, permiten el acceso a la cumbre por una “vía ferrata” transitable por cualquiera con un mínimo de agilidad, aún con escasa preparación física.
Farallón calcáreo que se debe superar para alcanzar la cima de la Peña de San Miguel
Decisión,  atención a las espinillas, y ¡Hacia la cima!
Alcanzo la cima (1.123m) y en ella puedo apreciar los restos de un torreón románico, una ermita y un aljibe (Cuesta imaginar cómo los construyeron en este lugar tan inaccesible que por otro lado, es una perfecta atalaya defensiva), a la par que contemplar la hermosa vista de las laderas ondulantes y cubiertas de vegetación al pie de la peña de Amán, lugar en donde estaba hace un par de horas, enorme mole anaranjada que cae verticalmente hasta el río Flumen.
De nuevo me quedo un rato contemplando el vuelo de los buitres y de las chovas, sentado junto al vacío, fijando las imágenes. Pero como no quiero que se me haga demasiado tarde, completo la última parte del itinerario de hoy, descendiendo rápido por las clavijas y retornando al coche, adonde llego a las 14:30h, tras no sé cuántos kilómetros de idas y venidas, habiendo superado un desnivel total de 800m de D+, trepando a ratos por las paredes, contemplando los planeos de los numerosos buitres que anidan en la zona, en un entorno que no deja indiferente y que conviene no realizar en verano, por aquello de la solanera. Pulmones saneados, imágenes bien impresas, piernas calentitas y de vuelta a Zaragoza a tiempo para comer, aunque sea algo tarde.

lunes, 1 de octubre de 2012

Circuito y ascensión al Moncayo. "Autocrático" tricéfalo, referente de Zaragoza.

El macizo del Moncayo consta de tres cumbres que superan los 2.000 m de altitud; el Moncayo de Castilla o peña Negra de 2.118 m, el propio Moncayo de 2.316 m y el Lobera de 2.226 m.
Zaragoza mira hacia este macizo, con ceño fruncido y los párpados entornados, en rendija, cuando azota el cierzo, y con ojos abiertos de par en par cuando está calmo, esperando en silencio a que “sople”, tanto cuando la humedad del Ebro sofoca la ciudad en verano, como cuando tirita bajo el manto de las nieblas invernales. Vive y está a merced de este déspota que le ampara o somete a su antojo.
Montaña extremadamente fría durante gran parte del invierno, donde nieve, hielo y viento llevan la sensación térmica muy por debajo de cero grados, y todo lo contrario en pleno verano, cuando el sol aprieta a tope en las zonas pedregosas de las lomas cimeras y de las hoyas o circos que encierra el sistema.
Está ahí, al Oeste, y cuando se tiene la suerte de encontrar un buen día, no se puede desaprovechar. Hacía mucho tiempo que mi hermano Manuel y yo no lo habíamos vuelto a subir juntos (siete lustros son unos cuantos), y yo siempre lo había hecho en invierno, así que desde hace unas fechas nos hemos mantenido al acecho hasta dar con el fin de semana oportuno.
Disponemos de la mañana del domingo; el día está raso y el viento en calma, de manera que a  madrugar tocan para llegar temprano a la Fuente de los Frailes (1.310m), en donde dejamos el coche y comenzamos la marcha poco antes de las 9h. Por delante, 1.000m de desnivel para alcanzar la cima principal, el Moncayo o pico de San Miguel (2.316m), y después retornar por el collado de Castilla.
Bosque y sombra hasta los 1.800m de altura, arbusto bajo, piedra y raso a partir de ahí.
La senda, claramente indicada, se interna por bosque de pinos con algún que otro acebo, y cruza en un par de ocasiones la pista de tierra por la que los vehículos pueden llegar hasta la ermita de la Virgen, a los 1.625m de altitud. La pendiente moderada permite un avance rápido.
Desde la ermita, un cartel indicador en el sendero ofrece dos alternativas: o por el collado Bellido, que nos derivaría demasiado hacia el Sur (izq en el sentido de la ascensión), o directamente hacia el Pico del Moncayo (dcha en sentido de la marcha). Tomamos ésta segunda y seguimos subiendo por trocha que se empina cada vez más.
Afloran ya los primeros riscos por encima del cortado a cuyo pie se resguarda la ermita.
El fin del verano se deja notar en el aspecto ya reseco de los arbustos, ocasionalmente “adornados” por telarañas orientadas en el sentido del fuerte viento tan presente en esta zona.
Y de este modo alcanzamos el límite de los árboles con la pedrera y los piornos. Estamos a 1.900m de altitud. El aire sigue en calma. El día promete calor. Al fondo se entrevé el farallón del Cucharón.
Unos pasos más y salimos a terreno descubierto, a una ladera colonizada por los piornos, cuyo aroma nos acompañará en adelante. Abajo, entre el denso bosque de pinos y robles, el agua de los embalses, más allá la planicie de Borja.
Hacia arriba los paredones del Cucharón se yerguen sustentando a la derecha la cima del Moncayo o Pico de San Miguel. En éste circo, a diferencia de lo que suele ocurrir en la mayoría de las montañas, a medida que te aproximas a sus paredes, más verticales se van mostrando. De hecho, las partes altas, con sus 45º o 50º de inclinación, junto con las cornisas de hielo que se forman en invierno en la salida a la loma, constituyen todo un reto para los montañeros, y cuentan en su haber con más de un accidente mortal por caídas.
La senda discurre por la ladera izquierda (en sentido de la marcha) del Cucharón, y salva los 400m largos de desnivel con una pendiente bastante acusada, alcanzando la loma que conforma el circo y que se ha de recorrer en su totalidad, ahora ya llaneando más bien, hasta la cumbre del Moncayo, a la derecha.
Llegar a la loma cimera y comenzar a sentir el azote del viento es todo uno. Es momento de ajustar bien el gorro para que no se vuele y emprender con decisión la carrera hasta la cima próxima, para cuanto antes alcanzar el abrigo que suponen los muretes de piedras que hay levantados allí, para guarecerse tras ellos. La cumbre del Moncayo (2.316m), aparte de las vistas hacia el Pirineo lejano, no tiene nada de relevante, es una superficie plana y amplia donde la rala vegetación pugna por asomar a la superficie. Choca el cúmulo abigarrado de lazos, gargantillas, pulseras y demás objetos similares que los visitantes han ido dejando en los extremos de la cruz metálica allí colocada.
Son las 10:30m cuando nos aposentamos tras las piedras y tomamos un escueto refrigerio compuesto por un puñado de almendras, que compartimos, un minibocata de chorizo, que Manuel ofrece, yo desestimo y acaba engullendo él, un plátano algo machacado, que como yo, y un par de tragos de agua, uno para cada uno, que también tomamos antes de salir disparados hacia el collado de Castilla, huyendo del viento. Hemos de completar el resto del circuito que nos hemos marcado para hoy.
Trescientos metros de pedrera no demasiado descompuesta y con traza aceptable nos llevan hasta el collado, al inicio de una senda descendente, hacia el Este, que va bordeando el pinar.
La seguimos hasta alcanzar la altitud de los 1.800m momento en el cual tomamos un ramal de la misma que sale hacia la derecha, adentrándose en el bosque en clara tendencia a circunvalar la hoya  del Cucharón por su parte inferior.
Echamos la vista atrás, hacia la cumbre del Moncayo, y entonces nos percatamos claramente de la gran deriva hacia el N que hemos hecho, y por lo tanto, del largo recorrido que tenemos por delante para retornar hasta la ermita de la Virgen, pero como dice Kilian Jornet: “more kilometers, more fun”.
Este largo tramo, faldeando al pie del macizo, en la línea divisoria del bosque con la piedra, constituye un regalo inesperado. La trocha discurre en ligera subida, el entorno es virgen y natural, el colorido de los arbustos, apuntando ya hacia las tonalidades otoñales, embellece el paisaje.
La contemplación de los restos de una antigua borda nos detiene un instante,
Serbales y acebos ya van teniendo a punto los frutos del otoño y del invierno.
Y así, encantados con el ambiente, casi sin darnos cuenta, encontramos finalmente la senda que desciende hasta la pista para vehículos que, unos centenares de metros más arriba, acaba en la zona de la ermita, lugar donde se alza una desproporcionada y sosa construcción compuesta por dos bloques contiguos, uno cerrado y en desuso, que más parece una antigua residencia, y el segundo, un lugar similar en el que se aloja un restaurante. Buscamos el entronque del sendero que baja directo por el bosque, cortando en varios momentos la zigzagueante pista para coches,   y en unos minutos más de carrera estamos de retorno en la Fuente de los Frailes a las 12:30h, junto al coche y al refugio de piedra que allí mismo aguanta estación tras estación, tras haber realizado un circuito cuya variedad y atractivo nos ha “pillado por sorpresa” a ambos, habiendo salvado un desnivel positivo de algo más de 1.000m de D+, y recorrido unos 16km que nos dejan las piernas tonificadas, los pulmones bien regenerados y el apetito a punto, porque lo que hemos comido no es gran cosa.