domingo, 18 de noviembre de 2018

Las Cascadas del Purgatorio y “sus adentros”, desde Rascafría. Un recorrido por parajes naturales con recuerdos medievales.

Puente del Perdón, en Rascafría, junto al monasterio del Paular

Itinerario salpicado de lugares cuyos peculiares nombres bien merecen una explicación antes de ponernos a realizarlo.

Comenzamos con el del propio punto de partida, Rascafría, que hace referencia a “carrasca fría”, encina no muy grande característica de la zona, habituada a soportar las bajas temperaturas invernales propias de estos parajes.

Sigue el Puente del Perdón, erigido en 1302 (plena Edad Media), para sortear el curso del río Lozoya.

Por esa época el valle de Lozoya pertenecía al Concejo de Segovia; debido a su espesa vegetación, además de su difícil acceso, era el terreno adecuado para grupos de malhechores que hacían de las suyas. Se crearon entonces los denominados caballeros de los Quiñones de la Ciudad de Segovia. Se trataba de grupos de jinetes armados que, acompañados de sus mujeres, avanzaban por estas tierras hostiles buscando asentamientos donde iniciar una nueva vida y, con ello, una nueva población. Investidos de poder militar y jurisdiccional, no se andaban con remilgos a la hora de impartir su justicia y mandaban a la horca a cualquiera que pusiera en peligro la estabilidad de los nuevos asentamientos.

Antes de partir la comitiva (reos y ajusticiadores) hacia la Casa de la Horca se les revisaba la sentencia, y a algunos se les perdonaba aunque no se les comunicaba la nueva decisión. Emprendían todos el camino y cuando llegaban al puente, a los que habían sido indultados se les liberaba, y podían irse cruzándolo. Si no había parada en el puente, el destino era otro.

Finalmente, el propio nombre de las Cascadas del Purgatorio, lugar donde los monjes del monasterio del Paular iban a meditar y a purgar sus pecados.

Qué frío se nota cuando, a las 8h de la mañana, salgo delil coche y emprendo la marcha. Día raso, -1,5ºC de temperatura y nadie todavía junto al monasterio del Paular. No estará tan solitario a la vuelta.

Atmósfera nítida y fría de la mañana
El otoño embellece, y de qué manera, un lugar ya de por sí con mucho encanto cuyos detalles procuro no perderme, mientras mantengo un trote suave que me ayuda a ir entrando en calor.


La pista (GR-10-1) es amplia y las indicaciones hacia “la Cascada del Purgatorio” marcan los desvíos a ir tomando.

Las reses comienzan temprano sus tareas. 



En un punto determinado, atendiendo al cartel indicador, tomo una senda que abandona la pista  y que va en busca del Arroyo del Aguilón.

Al poco de cruzar su cauce sigo una trocha clara que lo remonta aguas arriba internándose en el pinar. El  terreno se torna más abrupto. Me sumerjo en el murmullo de las aguas y los colores del otoño.



Poco a poco el rumor se transforma en ruido, indicando que la primera cascada del Purgatorio está cerca.

Enseguida llego y, desde un mirador de madera construido al efecto, dedico un tiempo a mirarla. Se encuentra en el entorno angosto del barranco por el que discurre el Arroyo del Aguilón.

Primera cascada del Purgatorio
Altos paredones flanquean el lugar. Hasta aquí el sendero bien marcado, a partir de este punto comienza lo que yo he llamado “los adentros”, paraje poco frecuentado y montaraz en el que se incluye la segunda cascada del Purgatorio y el remonte aguas arriba  del arroyo del Aguilón por el Hueco de los Ángeles y las Arrecidas, hasta llegar a su pequeño afluente, el de Navahondilla para, siguiéndolo, salir de nuevo al GR -10 – 1, desde donde iniciar el retorno hacia el punto de partida. 


Abandonando el mirador me dirijo por una pedrera hacia la base del corte rocoso por el que cae la primera cascada, apenas a una veintena de metros aguas arriba del arroyo, por la izquierda en el sentido de la marcha.

Pequeña y sencilla trepada por esta pared para pasar al otro lado
Si bien no veo indicación alguna sí estimo que la trepada de la pequeña pared que tengo enfrente parece sencilla (¡Ojo con roca húmeda o hielo!), así que supero el resalte (unos cinco o seis metros) y accedo tras él a una canal pedregosa (hacia la izquierda) cuya remontada no es compleja, si bien conviene ir con precaución. Al frente, en una zona agreste y rocosa del barranco, se da vista a la segunda cascada del Purgatorio, más alta y espectacular que la primera.

Segunda cascada del Purgatorio
La verticalidad de las paredes y el ruido del agua al precipitarse confieren al paraje un atractivo especial que me retiene durante un rato junto a un viejo arce colonizado por el muérdago, al tiempo que trato de encontrar alguna senda o trocha que me aproxime hacia la parte alta de la segunda cascada.

Arce (arriba) colonizado por el muérdago (abajo)

Lustroso muérdago con sus bonitas bayas
Tras varias idas y venidas por fin la encuentro y sigo adelante. Voy levantando mojones en los lugares conflictivos para ayudar a los que, como yo, vayan sin GPS.

Hacia la parte superior de la segunda cascada del Purgatorio
Alcanzo la parte superior de la cascada y continúo por el bosque, aguas arriba, por una trocha que me permite trotar.

El arroyo del Aguilón discurre hacia la cascada que está próxima
Unos metros por delante veo atravesado lo que me parece un tronco caído y carcomido.


Al aproximarme me doy cuenta de que no es un tronco, sino los restos de una vaca de la que tan sólo queda la piel y los huesos. Instintivamente retrocedo un par de pasos.

La imagen me induce al recogimiento.


La dejo atrás y sigo la marcha. El arroyo va formando pequeñas cascadas. Me siento parte del entorno.

El sol todavía no alcanza al lugar por el que voy marchando. Las hojas de arce caídas alfombran algunos tramos.


El paraje es agreste y primitivo.


En un punto determinado cruzo el arroyo y por fin accedo a la zona soleada 


En un sitio cálido y amplio, próximo al entronque con el pequeño arroyo de Navahondilla, hago un alto para descansar.


Reemprendo la marcha y enseguida llego al pequeño afluente que voy buscando, dejo el curso del Aguilón y en su lugar tomo aguas arriba del arroyo de Navahondilla. 

Arroyo de Navahondilla
Siguiendo su poco caudaloso curso hasta llegar al GR-10-1, dejo definitivamente atrás “los adentros” a la altitud de 1.528m.

Desde el GR, enfrente, el Macizo de Peñalara.
En lugar de continuar por la buena pista del GR tomo una senda herbosa a la izquierda que sale a los pocos metros y que, siguiéndola en sus distintas variantes de pista, camino, senda, trocha junto a murete, o eventualmente campo a través, me llevará hacia confluir con el PR – 25 que discurre junto al río Lozoya a los 1.250m de altitud.

Manteniendo clara la orientación Norte primero, Noroeste después, y aprovechando las sendas, el descenso cunde; el terreno se va haciendo cada vez más abierto y las referencias visuales me permiten ir manteniendo el rumbo correcto hasta llegar, finalmente, a entroncar con el PR – 25 en un lugar intermedio entre la Isla y el embalse de la Presa del Pradillo.




En un tramo de ida y vuelta me acerco hasta ver la Presa del Pradillo, hoy embellecida por el otoño.

Presa del Pradillo
Para completar la circular me quedan cinco kilómetros por re - correr en un entorno de robles cuyas hojas alfombran el sendero, atravesando ocasionales claros, dirigiendo la vista hacia las puntas nevadas del macizo de Peñalara.



Llego finalmente al Puente del Perdón, ahora sí muy concurrido, cuyo entorno reluce de otoño, poniendo fin a una circular exigente y reconfortante a la vez, con una longitud total de 16,5km salvando un desnivel total en ascenso de 570m de D+.



domingo, 11 de noviembre de 2018

El Pendón, cumbre secundaria, atalaya de primera. Desde Miraflores de la Sierra, en circular.

Cara Noroeste del Pendón visto desde Cabeza Arcón

Al este de Miraflores y al sur de Bustarviejo, parcialmente eclipsado por las más elevadas cimas vecinas de Guadarrama, se alza el Pendón cuya cumbre alcanza los 1.545m de altura, constituyendo un atractivo objetivo para cuando las primeras nieves y la ventisca desaconsejan otras ascensiones de mayor envergadura.

Montaña aislada cuya subida puede incluirse en un recorrido circular que, partiendo desde Miraflores de la Sierra, permite enlazar un rosario de cimas / atalayas desde donde ir contemplando el paisaje que las rodea; en este caso las cumbres (más o menos relevantes) por las que pasa este recorrido son las siguientes: Cerro de los Canteros, Pendón (relevante), Canchos de la Peña del Rayo, Cabeza Arcón (relevante), la Buitrera, Cancho del Reloj y Cabeza Cristina.

Las condiciones meteorológicas de hoy, con las cotas más altas blanqueadas por la primera nevada de la temporada, el viento de Norte soplando fuerte y con una temperatura no superando los 4ºC, me empujan a realizar este zigzagueante recorrido circular, con origen y llegada en la urbanización de Solycampo de Miraflores,  ascender por el Barranco de Navacerrada hasta el plano del Badén para, desde éste, emprender un ladeo al pie del Pendón hacia el Cerro de los Canteros (¡Vaya con las jaras!) y, una vez en la loma cimera, continuar hacia el Pendón, bajar al Collado de Tiro de la Barra, seguir hacia los Canchos de la Peña del Rayo contorneándolos por el Norte, subir a la Cabeza de Arcón y ya emprender el retorno hacia el Sur, pasando sucesivamente por los poco relevantes Buitrera, Cancho del Reloj y Cabeza Cristina antes de internarme en el pinar que separa estas lomas de la Cañada Real Segoviana (GR-10) que, paralela al Arroyo del Valle, comunica las poblaciones de Miraflores con Bustarviejo circunvalando por la base las cimas que he recorrido en altura. Un itinerario de casi 18km de longitud con un desnivel total en ascenso superior a los 900m de D+, en el que “las jaras” alcanzan un papel protagonista.



Son las 9h de la mañana cuando, bien abrigado, emprendo el trote descendente desde la urbanización Solycampo para llegar al cauce del Arroyo del Valle, cuyas aguas bajan mansas y que se cruza por un puente recién reparado en el que se lee la petición de “por favor motos no”, a la que me temo yo que se le presta poca atención.

Al otro lado del arroyo hay dos opciones, hacia el Norte, el GR-10, que es por donde volveré; hacia el Este, una amplia senda que discurre paralela al trazado de la vía del tren, que es la que tomo. 

Las cumbres de la Cuerda Larga, blanqueadas por la nevada de la víspera, están cubiertas de unas persistentes nubes, y el viento sopla fuerte del Norte. A pesar de ir al sol no me sobra prenda alguna de ropa.

Atrás queda Miraflores. La Pedriza, en la distancia


Tras unos dos kilómetros y medio desde la salida abandono la pista optando por una senda que se orienta claramente hacia el Norte, y que luego se transforma en sendero estrecho una vez entra en el Barranco de Navacerrada. El Cerro de los Canteros y el Pendón, así como su ladera Oeste cubierta de jaras, están a la vista.

El Cerro de los Canteros (dcha) y el Pendón (izq)
El camino gana altura suavemente, lo que permite ir contemplando el paisaje a medida que se asciende.

La nieve se hace presente y los colores del otoño se aprecian en los arbustos caducifolios. Las jaras, de momento, se limitan a perfumar el ambiente y a mojarme con los restos de nieve y agua que las cubren. El frío se intensifica a medida que asciendo, aunque afortunadamente aún voy resguardado del viento.


A la altitud de los 1.300m alcanzo la amplia campa de El Badén. Enclave bonito y solitario, doscientos cincuenta metros por debajo de la corona de cumbres que la rodean (y que recorreré en altura) teniendo justo enfrente, al Norte, el amplio collado de Tiro de la Barra fácilmente accesible desde aquí, tras el cual se encuentra la población de Bustarviejo.

El Badén
En aras de la circular que llevo in mente oriento la marcha hacia el Sur para, a media ladera a pie del Pendón, alcanzar el Cerro de los Canteros.

Entre donde me encuentro y el citado Cerro hay un kilómetro y medio de jaral, y no más de ciento cincuenta metros de desnivel, pero que me ocuparán algo más de una hora de trabajoso transitar entre selváticas jaras de más de metro y medio de altura, formando un denso manto verde en el que cualquier rastro de trocha jabalinera constituye una bendición.


La jara pringosa (Cistus ladanifer L.) es un arbusto espontáneo que, aparte de sus acciones antioxidante, antiinflamatoria, antimicrobiana, antifúngica, antidepresiva, antiespasmódica, y antihipertensiva (que se encuentran reseñadas en las enciclopedias médicas), tiene la particularidad de ser muy leñosa desde la base hasta arriba, con ramas poco flexibles, con lo que, cuando están muy juntas, presenta barreras a menudo infranqueables, semejantes a las que forman los bojes y los piornos.

De manera que, provisto de mucho tesón, paciencia, una cierta intuición y algo de sentido común (“conocimiento” se dice por mi tierra), me dedico con ahínco a ir y venir por el jaral, avanzando y retrocediendo, superando poco a poco el parapeto vegetal y saliendo en cuanto puedo a las rocas para trepar hasta el Cerro de los Canteros ¡Uf, qué incómodo tramo!

La continuación por el cordal hacia el Pendón se presenta clara y sin obstáculos relevantes. Senda no hay, pero las jaras son aquí de bajo porte y se encuentra el paso fácilmente. De hecho coincido con una pareja de jabalíes que se desplazan en el mismo sentido ¡Suerte que a unos diez metros de donde estoy y que “huyen del animal más grande”!

Al fondo el Pendón y su vértice geodésico
Un vértice geodésico y las paredes derruidas de una pequeña construcción conforman la cima del Pendón.

Cima del Pendón


A pesar de que luce el sol el ambiente es muy frío, sensación incrementada por el fuerte viento. Las zonas umbrías están cubiertas de nieve costrosa. He de moverme con cautela para no resbalar.

El Mondalindo (izq) y la Peña Negra (dcha), desde el Pendón
Tras contemplar el paisaje abandono la cima descendiendo directamente por el lomo Norte. Primero jaras pequeñas (es la tónica de la zona) para acabar encontrando una zona de bloques rocosos que en seco se destreparían bien, pero que con un par de dedos de nieve por encima hacen que dé marcha atrás, suba de nuevo hasta la cima y busque otra alternativa más segura, que encuentro perdiendo altura por la ladera Este hasta localizar unos mojones que se orientan luego hacia el collado del Tiro de Barra.

Descendiendo del Pendón
La vista atrás muestra la blanqueada zona rocosa que conforma la vertiente Norte del Pendón y que he rehusado bajar. El “conocimiento” o precaución son importantes siempre, y más cuando se va solo.


Desde el collado la senda a seguir es clara y se adentra en un pinar rodeando los Canchos de la Peña del Rayo dando vista a Bustarviejo.

Canchos de la Peña del Rayo
Bloques rocosos o canchos de formas curiosas jalonan la marcha.


A lo lejos se ve el Pendón.


Los pinos conservan restos de la nevada.


Al poco llego a la Cabeza de Arcón, amontonamiento rocoso que se eleva unos diez metros del suelo y azotado por el vendaval. Toco cima y me guarezco bajo ella mientras tomo algo de agua oteando la parte siguiente del itinerario, cordal abajo. Un claro sendero lo recorre. Se acabaron las jaras.

El descenso lo hago rápidamente. Pronto he dejado atrás la Buitrera y el Cancho del Reloj y alcanzo los Llanillos donde está la Fuente del Mostajo, más un barrizal / abrevadero que otra cosa. Lo paso de largo y, una vez en la Cabeza Cristina, sigo la pista descendente que se interna en un bosque de pinos.

La Buitrera, desde los Llanillos
Resulta cómodo el trote por el mullido suelo del pinar, a la par que pierdo altura rápidamente.


Tras salir del bosque, en el GR-10, lanzo un vistazo hacia la pedregosa loma que acabo de recorrer, con la Buitrera como cancho más relevante.


Por delante tres kilómetros de buena senda hasta llegar de nuevo al puente de madera que permite cruzar el Arroyo del Valle, casi al final de la circular de hoy, bastante inusual en su primera parte, cosa comprensible si atendemos al “salvaje jaral” que hay que trabajarse, pero que constituye un recorrido variado y muy agradecido, con unas vistas de primer orden sobre el entorno de Guadarrama.

Arroyo del Valle, en las proximidades de Miraflores de la Sierra