viernes, 13 de julio de 2018

Pico de la Centenera desde la Puebla de la Sierra. Una zona remota y salvaje.


Pico de la Centenera. A su izq. el Collado de las Portilladas
El Pico de la Centenera es una montaña del Sistema Central situada en la vertiente sur de la Sierra de Ayllón, en la Sierra del Rincón.

El recorrido de hoy, con origen y llegada en la pequeña población de la Puebla de la Sierra, nos llevará a adentrarnos en la salvaje naturaleza del barranco del arroyo Valluengo, al pie de la ladera Oeste del Pico de la Tornera, donde la vegetación ha invadido cualquier traza de antigua senda, ascendiendo luego al Pico de la Centenera, menos agreste de lo que aparenta en la distancia para, tras recorrer el apacible mirador que conforma la Loma de la Concha, descender un nuevo tramo de abrupto terreno “pedrera abajo”, con ocasionales trozos de sendas difusas o inexistentes, hasta finalmente llegar al gratificante GR-88 por el que retornaremos al punto de partida; todo ello en forma de circular de 17.5km de longitud, salvando un desnivel en ascenso de 950m de D+, a lo largo de la cual no nos cruzamos con nadie.

En síntesis, el itinerario es el siguiente:

La Puebla de la Sierra / Área recreativa de la Tejera (1.100m) – Collado de las Portilladas (1.655m) – Pico de la Centenera (1.809m) – Loma Concha (1.662m) – Arroyo del Portillo (1.100m) – Área recreativa de la Tejera.


Son las 9h cuando iniciamos la marcha en el área recreativa de la Tejera, apenas a un kilómetro de la Puebla, atravesando el atractivo Parque de los Avellanos a orillas del río de la Puebla, desde el cual se ve la barriada de Casillas de la Ciquiruela, construcción típica en piedra y pizarra que se utiliza (..aba) para guardar las ovejas o las cabras, junto a cuyos apriscos subiremos.

Dolmen en el Parque de los Avellanos

Casillas de la Ciquiruela
Tras alcanzar su parte alta entroncamos con una amplia pista que tomaremos a la dcha. y seguiremos hacia el SE,  jalonada de ocasionales robles sobre alfombras de cantueso, lo que le confiere la singular impronta de la Sierra del Rincón en esta época.


Después de una pronunciada curva hacia el NE nos situamos en la parte alta del barranco de Valluengo, con el Pico de la Tornera, casi enfrente, y el de la Centenera a nuestra dcha, al Este. Hemos de andar atentos y fijándonos bien porque al poco, en un lugar despejado llamado el Cui de la Lagunilla (1.350m), hay una arqueta a nuestra dcha. que indica el inicio de una áspera senda que se enfila en diagonal hacia el fondo del barranco de Valluengo.

Pico de la Tornera desde el Cui de la Lagunilla

Collado de las Portilladas y, a su dcha. el Pico de la Centenera
A medida que descendemos por ella, flanqueados por olorosas jaras rezumando aceite, la vegetación va haciéndose más tupida.

Inicio de la senda de descenso al barranco de Valluengo


En los últimos trescientos metros hasta la confluencia con el arroyo de Valluengo,  cuyas aguas surcan la barranca en sentido N – S yendo a confluir con el del Portillo, aparece el roble, y la trocha se pierde totalmente entre zarzas y jaras, haciendo muy trabajoso el tramo.

Zona de "pasa por donde y cómo puedas" llegando al arroyo de Valluengo
Vadeado el estrecho cauce afrontamos la subida para alcanzar la pista que surca la ladera en altura (en los 1.450m de altitud) y que nos pondrá al pie del Collado de las Portilladas. Ciento cincuenta metros de desnivel penando entre las zarzas que cubren los espacios entre los pinos de repoblación. De nuevo un tramo duro y enredado del que salimos con varios picotazos, arañazos y algún que otro insecto oportunista sobre nosotros.

Muestra de la fauna y flora "habituales" del lugar
Una vez en la pista, ¡Uf, qué ganas teníamos ya!, resulta una delicia seguirla hasta encarar la subida al collado de las Portillas, con la travesía del barranco cada vez más lejos y el pico de la Centenera más al alcance. Una mirada desde la comodidad de la distancia hacia la senda que nos condujo al fondo del barranco.

En la ladera de enfrente, la senda de acceso al barranco de Valluengo que hemos seguido
Sin problema ascendemos al Collado y seguidamente hasta el Pico de la Centenera por una de las varias y sencillas brechas que vemos.

Atrás y abajo el Collado de las Portilladas, desde las proximidades de la cima del Pico Centenera

Alcanzando la cumbre del Centenera (punto geodésico en su cima)
Desde la cima, formada por las rocas afiladas características de la zona, el panorama resulta amplio.

Panorama de agrestes cordales desde la cima del Centenera y que confluyen en ella.
Sin apenas detenernos emprendemos la cómoda marcha por la Loma Concha, con un extenso panorama a izquierda y derecha. Parece mentira cómo cunde cuando nada obstaculiza el paso.

Atrás queda el Pico de Centenera

Pico de la Tornera desde la Loma Concha
Una de las varias cabras que encontramos por la zona decide seguirnos alegremente, hasta llegar a un punto en el que ya opta por quedarse.

Algunas de las cabras que encontramos en la Loma Concha

Ésta nos va siguiendo, hasta que decide dejar de hacerlo :-)


Llegados al final de la Loma Concha (1.662m), dejando a izquierdas los Picos de Mataespesa,  enfilamos directamente y monte a través hacia el todavía lejano arroyo del Portillo, abajo en el fondo, siguiendo un ligero lomo y cogiendo una senda apenas perceptible. Según podemos apreciar desde la distancia, primero tendremos que alcanzar y atravesar la pista principal de las laderas, y después deberemos continuar bajando de frente por la prolongación de la loma hasta llegar a las proximidades del arroyo del Portillo que intuimos abajo del todo. La segunda parte no parece tan clara desde aquí arriba, pero ya lo veremos.

Al poco de empezar a bajar la senda se pierde y continuamos por una pedrera de lajas de pizarra y arbustos que nos obligan a extremar las precauciones para evitar alguna torcedura. Tras alcanzar y cruzar la pista continuamos lomo abajo, introduciéndonos entre las jaras que invaden los esporádicos rastros. Algunos mojones ocasionales ayudan a orientarse.  De nuevo un tramo que requiere concentración y cuidado.

El entorno, sin rastros de paso usuales junto con las vistas de los profundos barrancos en los plegamientos de pizarra, resulta especialmente salvaje y fascinante a la vez.

Agrestes parajes de jaras, pizarras y barrancos que requieren transitarse con tiento


Éste descenso en dos tramos, en el que perdemos de una tirada 500m de desnivel, a pleno sol y bajo la tensión de no despistarse, lleva a agradecer y de qué manera entroncar con el inicio de un estrecho sendero ¡Bien definido al fin! con el que topamos a la altura de la Tinada de Horcajuelo (1.150m), y junto a un gran tronco seco: se trata del GR-88 debidamente marcado con pintura roja y blanca que, tras un breve descanso, tomamos dirección Norte, hacia la derecha, para ir descendiendo hasta el Arroyo del Portillo. La tensión desaparece.

A partir de este momento tan sólo queda recorrer los casi tres kilómetros que nos separan del punto final de la ruta que, tras cruzar el arroyo del Portillo y un azud próximo, se desarrolla en ligero ascenso y a través de un robledal que aporta la sombra y frescor que tanto hemos echado de menos desde que dejamos atrás la Loma Concha.

Azud del río

Casillas de la Ciquiruela. La Puebla ya está cerca.

Robles centenarios bajo cuya sombra nos aproximamos al fin de la ruta
Al llegar de vuelta al Parque de los Avellanos nos dedicamos un rato a dar buena cuenta de cuantas cerezas silvestres de San Juan podemos alcanzar con las manos; cerezas que saben a gloria tras la bella y exigente circular que hemos realizado por una zona de la Sierra del Rincón sorprendente y casi sin explotar, y que para llevarla a cabo cuanta más experiencia se tenga en recorrer parajes asilvestrados y poco trillados, mejor resulta.


Refrescante reencuentro con las cerezas de San Juan en el Parque de los Avellanos :-)

domingo, 8 de julio de 2018

La Sierra del Rincón desde la Hiruela. Naturaleza admirable, donde cada primavera los colores y los aromas inundan los sentidos.

Desde los dominios del cantueso, en la Sierra del Rincón, se divisa el Ocejón, al fondo
La Sierra del Rincón es un sistema montañoso que se encuentra entre las de Guadarrama y de Ayllón. Hay que destacar sus abundantes formaciones boscosas de roble melojo, sus pinares de pino silvestre, sus bosques de ribera muy bien conservados y el Hayedo de Montejo de la Sierra, el único hayedo de la Comunidad de Madrid, junto con diferentes formaciones de matorrales entre las que destacan el cantueso y el brezo.

Ocupa cinco municipios: La Hiruela, Horcajuelo de la Sierra, Montejo de la Sierra, Prádena del Rincón y Puebla de la Sierra, que se encuentran encajados en los fondos de los valles entre los abruptos relieves de la Sierra. La despoblación que sufrió durante muchos años hace de ella una de las "joyas" menos conocidas y más sorprendentes de estos sistemas montañosos.

El propósito del recorrido de hoy es visitar las partes altas, recorrer las extensas zonas tapizadas de cantueso y brezo en flor, e internarnos en los robledales centenarios, todo ello en una circular de 15.5km de longitud, salvando un desnivel en ascenso de 825m de D+, con origen y llegada en la pequeña población de la Hiruela.

En síntesis, el itinerario es el siguiente:

La Hiruela (1.300m) – Puerto de la Hiruela (1.480m) – Cerro Salinero (1.661m) – Collado del Salinero (1.575m) – Alto del Porrejón (1.824m) – Cuerda de la Astilla – Arroyo de las Huelgas (1.200m) – Arroyo de los Asperones (1.150m) – Collado Llovero (1.250m) – Collado del Espino – Vallejondo – La Hiruela.

Circular realizada
Son las 9h cuando iniciamos la marcha en la Hiruela en dirección al Puerto, claramente visible. Al principio la senda es buena y se sigue fácilmente en un entorno fresco y colorido, si bien al final se pierde y nos vemos obligados a buscar la mejor salida hacia la carretera a través de altas jaras y alguna que otra zarza.

Visible en lontananza el Puerto de la Hiruela
Las formaciones de pizarra en el Puerto le confieren un aspecto particularmente atractivo. 

Pizarras características en el Puerto de la Hiruela
Emprendemos loma arriba en dirección al Cerro Salinero. Los cantuesos embellecen notablemente el recorrido. Tenemos el aire de cara así que pasamos con prevención y cuidado pero sin problemas junto al primero de los dos colmenares que encontraremos hoy ¡No nos olieron las abejas!

Hacia el Cerro Salinero, en el centro de la imagen.
La ladera, cubierta en su mayor parte por un extenso tapiz de aromático cantueso, resulta fascinante. El camino no presenta duda alguna y la placidez del ambiente nos hace caminar en total armonía. 
Camino hacia el Collado del Salinero, tras el cual se ve el Alto del Porrejón (a la dcha.)
Alcanzamos el Collado del Salinero y emprendemos la subida al Alto del Porrejón. Aquí es el brezo el arbusto que predomina.

Collado del Salinero, al pie del Alto del Porrejón, que aparece detrás
Hacia la cima del Alto del Porrejón
Por ladera cubierta de brezo en flor
Paramos poco en la cima, más bien huimos de ella acuciados por la gran cantidad de insectos que, cual nube, se nos echa encima.

Cima del Alto del Porrejón. Lugar ocupado por los insectos
Suerte que una vez descendidos apenas diez metros ellos se quedan arriba y nosotros emprendemos el paseo Cuerda de la Astilla abajo, por el lomo de la misma, inmersos en los bienolientes efluvios del cantueso.
Lugar en plena Cuerda de la Astilla donde uno se quedaría largo rato
A los 1.500m de altitud una pista atraviesa la loma haciendo una curva abrupta. Nuestra ruta la cruza y continúa cuerda abajo hasta entroncar con el Arroyo de las Huelgas, a 1.200m de altitud.

La Cuerda de la Astilla ¡Cuidado con colmenar que hay al final de la misma!
Justo tras atravesar dicha pista hay un gran colmenar que se ve desde la distancia. Hemos de pasar junto a él sin más remedio. Así que ponderamos la situación:

a)         Las abejas defienden su colmena atacando si se sienten amenazadas. No pretendemos amenazarlas en absoluto  J

b)     Las abejas sólo permiten la entrada a la colmena a los miembros de su colonia, que reconocen por el olor corporal; los demás individuos no son bienvenidos y son repelidos con un feroz ataque. Tenemos el aire a favor, por lo tanto ahora sí nos olerán desde la distancia  L

c)     En el momento en que pican, las abejas obreras pierden su aguijón, que se desprende con parte del intestino, ocasionándoles la muerte. Este punto no aporta especial valor al análisis.

Por lo tanto decidimos:

1.       Cerrar todas las cremalleras de nuestra vestimenta para dejar la mínima parte del cuerpo expuesta.

2.       No abrir la boca bajo ninguna circunstancia.

3.       Calarnos el gorro, y

4.       Con decisión y entereza pasar a la máxima distancia posible de la colmena, la ladera permite unos cinco metros de separación, con el mayor disimulo y calma posibles, separados unos cuatro metros entre nosotros.

La realidad es que, cuando ya habíamos superado los dos tercios de la longitud de la colmena, el que iba primero (yo) fui atacado por unas cinco o seis que se centraron en la única parte descubierta, la cara. Los manotazos y el paso vivo para alejarme no evitaron que una de ellas me dejase su aguijón bien clavado en la nariz ¡Cómo duele! Afortunadamente cejaron en su ataque cuando ya había superado la línea de las colmenas; además sólo se fijaron en mí dejando al segundo tranquilo.

Con el ánimo ya recompuesto, hecha la valoración de daños, arrancado el aguijón y contrastada la suerte que habíamos tenido, continuamos descendiendo rápidamente hasta llegar al arroyo. El dolor del picotazo se mantuvo durante unos veinte minutos, hasta que se amortiguó notablemente.

Arroyo de las Huelgas
Cruzamos el Arroyo de las Huelgas y seguimos su curso aguas abajo durante un kilómetro y medio, encajonados entre las empinadas laderas cubiertas de jaras que conforman los parajes de los Camachos y los Quiñones, respectivamente. El calor se deja notar mientras nos movemos por las selváticas márgenes del arroyo, que vadeamos varias veces buscando la orilla más transitable.

No sin dificultades, por lo montaraz del recorrido y la falta de senda, alcanzamos el “morro” de los Quiñones y un arroyo que vierte en el de las Huelgas, y que seguimos ahora aguas arriba porque nos encamina de vuelta hacia la Hiruela.

Al principio la senda se ve clara y se adentra en un robledal cuya sombra agradecemos de veras como protección de la inmisericorde solanera.

La senda se adentra en le robledal, enfilándose hacia la Hiruela
Se agradece caminar bajo el amparo de la sombra
A medida que avanzamos por la trocha ésta se aproxima al cauce y, cuando resulta impracticable continuar aguas arriba, decidimos vadear el arroyo (a los 1.200m de altitud) para, tras varias idas y venidas y titubeos en la otra orilla, optar por “el todo tieso y ladera arriba” al encuentro de una pista que sabemos por el mapa que discurre a los 1.280m.

Esto nos brinda la oportunidad de deambular por el interior de un bosque de robles centenarios que difícilmente hubiéramos visto de haber habido una senda al uso.

Ejemplares de robles centenarios en lo profundo del bosque
Una vez en la pista seguimos su cómodo trazado, a la sombra de los árboles, perfectamente encaminados ya hacia la Hiruela.

A medida que nos aproximamos a la población empezamos a encontrar los signos precursores de la misma.

Señales inequívocas de que la Hiruela no está muy lejos
Carbonera primitiva
Tras llegar y cruzar la carretera que circunvala el pequeño pueblo, remontamos hacia la Hiruela por la Senda de los Oficios, terreno sombreado y apacible que nos permite completar una bella circular.

Accediendo a la Hiruela por la Senda de los Oficios
Flanqueada por primitivos bancos donde reposar
Recorrido sorprendente que atraviesa parajes bien diferenciados y todos ellos muy hermosos: extensas zonas perfumadas y tintadas por el cantueso, que crece allí donde la encina y el roble han sido desalojados por el hacha; empinadas laderas blanqueadas por los brezos en flor; primigenias márgenes de arroyos escondidos y densos robledales que albergan numerosos ejemplares centenarios.
El Pico del Lobo, el más alto del lugar