sábado, 21 de abril de 2018

En busca del Tejo y de las Chorreras ocultas de Guadarrama.


Notable ejemplar de tejo en el Puerto de Canencia
En la cara Norte de la Sierra de Guadarrama, cubierta de pinos fundamentalmente, hay parajes umbríos donde habita el Tejo, árbol solitario y muy longevo que no forma bosques. De grueso tronco y desgarbado aspecto, las ramas le crecen casi desde la base y terminan en unas hojas finas y puntiagudas, dando un fruto de color carmesí.


Hojas del tejo, sin bayas
Resulta sorprendente su habilidad para vivir durante miles de años así como ser capaz de resurgir de nuevo tras el más completo decaimiento. En el tejo del ahora han vivido cientos de tejos. Fred Hageneder, alpinista y amante de la botánica, lo explica de esta manera en su libro “El Tejo – Una Historia”: El interior del tronco del tejo está hueco. Desde los nódulos de las ramas, una raíz interna desciende por la oquedad hasta llegar al suelo, enraizarse y generar un tronco nuevo, mientras se seca y cae el que lo rodea.

Por otro lado, las empinadas laderas de la sierra, además de esconder tales ejemplares centenarios, están surcadas por numerosas chorreras o cascadas que ahora, a comienzos de primavera y tras un invierno muy abundante en nevadas tardías, atruenan los oídos con sus caídas de agua.

El conjunto de bosque húmedo con árboles enigmáticos como el tejo (que siendo una conífera produce bayas en vez de piñas), arroyos caudalosos y chorreras de aguas abundantes, supone un atractivo de primer orden que merece ser contemplado sosegada y respetuosamente.

Ejemplares de tejos junto al arroyo de Mojonavalle, en el Puerto de Canencia
 
 

Enlaces relacionados con el tejo:  

http://carmar-zancadasligeras.blogspot.com.es/2017/05/el-nacimiento-del-rio-guadalquivir-en.HTML

http://carmar-zancadasligeras.blogspot.com.es/2015/07/tejo-milenario-cabeza-de-hierro-mayor.html

Chorreras / Cascadas

Dos son las chorreras que visitaremos hoy, la de Mojonavalle, en la parte de Lozoya del Puerto de Canencia, y la del Chorro de Navafría, en la vertiente segoviana de la Sierra, al pie del Pico del Nevero. Entre ambas un corto desplazamiento en coche para ir de una a otra.

Chorrera de Mojonavalle:

Tiene una altura de 30 metros. Las aguas de esta cascada son las del arroyo del Sestil del Maíllo, afluente del río Lozoya. Las rocas por las que cae la chorrera le dan una forma bastante irregular y deshilachada.

Chorrera de Monjonavalle
Nos encaminamos hacia ella por sendas que inducen a recorrerse en silencio, aguas arriba del arroyo, escudriñando entre los altísimos pinos de Valsaín, erguidos e imponentes, aparentemente ajenos al frío y a la estación del año.

Los tejos centenarios, entre tanto, permanecen como agazapados en sus rincones, bien enraizados, acumulando siglos en sus ramas. No son vistosas sus hojas, ni su porte altanero, pero su apariencia sí transmite, y de qué manera, la solera que emana de sus troncos. Los tejos son amigos de lugares sombríos, o quizá son ellos mismos los que transmiten tal impresión.

 

Después los acebos, árboles algo deslavazados pero con hojas hermosas y rotundas, aportan su  pincelada a la umbría.

Hojas de acebo
La senda, en un cierto momento,  se orienta hacia una zona más soleada, lugar de robles y abedules que todavía están a la espera de que sus hojas resurjan tras el letargo invernal. El musgo tapiza de verde sus troncos.

 
No lejos de la Chorrera, y casi a su misma altura, hay un chozo que reproduce uno de los típicos refugios que usaban los pastores serranos de tiempos pasados.


El Chorro de Navafría:

El arroyo del Chorro nace en la vertiente norte de la sierra, a los pies del pico del Nevero, a unos 2.000 metros de altitud, y forma una espectacular cascada con más de 20m de altura, deslizándose sus aguas violentamente por la empinada rampa que forman las rocas.

Chorro de Navafría
La aproximación a la chorrera se hace por una ruta bien marcada, atravesando una zona muy arbolada, repleta del majestuoso pino de la Sierra de Guadarrama, también conocido como de Valsaín.

El musgo y las tumultuosas aguas completan un paisaje boscoso y húmedo, con suerte solitario, en el que cada vez se vuelve más atronador el rugido del agua, anticipando la presencia de la cascada.

 
Los rastros humanizados, semi deglutidos por la naturaleza, no disturban en absoluto el paraje.

 
Llegados junto a la cascada, donde la humedad es absoluta, conviene superar con atención y cuidado los resbaladizos escalones de piedra que permiten contemplar el gran salto en todo su recorrido.





sábado, 14 de abril de 2018

Dos rincones de la comarca de Gúdar – Javalambre: el Puente del Arco y la Cascada de la Hiedra, por rutas inusuales.


Arco Natural
La Sierra de Gúdar es una comarca tapizada principalmente de pinares,  que encierra rincones muy atractivos accesibles por rutas poco habituales y escasamente frecuentadas, a las que Eduardo, Rubén y yo somos tan aficionados.

El recorrido circular de hoy tiene su inicio y final en el Puerto de San Rafael a 1.560m de altitud, que se encuentra entre Mora de Rubielos y La Virgen de la Vega y  tiene los siguientes hitos principales:

Puerto de San Rafael (1.560m) – Pico de la Olmedilla (1.641m) – Barranco de los Arcos – Arco Natural (1.450m) – Fuente de Fuen Narices (1.340m) – Cascada de la Hiedra (1.270m) – Barranco del Lobo – Puerto de San Rafael. En resumen una circular de algo más de 13km de longitud, salvando un desnivel total en ascenso de 580m de D+.

Iniciamos la marcha en el Puerto de San Rafael (1.560m) yendo hacia  el Oeste por el camino de los Palancares, cogiendo altura suavemente a través de un terreno cubierto de pinar que se va aclarando a medida que ascendemos. Altos ejemplares coexisten con otros más achaparrados y aislados, “moldeados” éstos por los fuertes vientos que suelen azotar estas partes altas y desprotegidas.

 
El camino, que se orienta inicialmente de Este a Oeste,  al cabo de unos dos kilómetros tras el comienzo, a la altitud de los 1.670m, en el paraje de los Trompos, sigue la parte más alta de la loma y enfila claramente hacia el SO, por terreno kárstico, hasta alcanzar, tras otros dos kilómetros largos, el vértice geodésico del Pico de la Olmedilla (1.641m). Aquí se acaba abruptamente el trazado tendido y en suave ascenso que hemos llevado, ya que el terreno cae cortado a pico casi doscientos metros, ofreciendo una amplia vista sobre la plana donde se asienta la Masía de la Nava Baja y por la que discurre el Camino de Ontejas de Abajo.


Vista desde el Pico de la Olmedilla
Sin demorarnos mucho, pues queremos “entrar” cuanto antes en el bosque, damos la espalda al cortado y emprendemos rumbo Este descendiendo campo a través por la ladera, al principio suave, hasta encontrar la entrada del Barranco de los Arcos, amplio y que se sigue sin dificultad ya que el pinar es bastante esclarecido.

Descendiendo hacia el barranco de los Arcos
El barranco de los Arcos es amplio y se sigue sin dificultad
Descendiendo por el seco cauce llegamos a un elaborado abrevadero compuesto por largos troncos vaciados, que han sido dispuestos a modo de larga fila en zigzag, de manera que permite beber a  muchos animales a la vez. De momento los únicos bichos que encontramos son un buen número de procesionarias, unas vivas y otras ahogadas, que parecen haber colonizado el lugar.

Elaborado abrevadero colonizado por las procesionarias
 
Continuamos bajando el barranco, por el fondo del mismo, al tiempo que la mirada se nos va hacia los lados cubiertos de altos pinos.

De pronto, unos treinta metros por encima, observamos un movimiento: distinguimos a una pareja de cabras montés que se desplazan en sentido contrario. Tratamos inútilmente de enfocarlas con las cámaras, porque los árboles nos lo impiden. Sin pensarlo dos veces Eduardo y yo nos lanzamos ladera arriba, con la mayor celeridad y sigilo posibles, con el fin de ponernos a su altura y conseguir verlas de cerca. Nosotros casi gateando por la pendiente, tratando de alcanzar su estela, las cabras prosiguiendo impertérritas a su rítmico paso. Estamos tras ellas, vemos sus grupas, las miramos, nos ven, nos miran, y siguen a su marcha manteniendo, eso sí, una distancia de seguridad en torno a los quince metros. Van más ligeras de lo imaginado y nosotros, siguiéndolas, ya nos hemos alejado bastante de donde se ha quedado esperándonos Rubén, así que ellas continúan y nosotros retornamos contentos por el encuentro.

 
Distinguimos sus grupas
Cruzamos las miradas
Nos reagrupamos, seguimos cauce abajo y enseguida llegamos al Arco Natural a los 1.450m. Resulta sorprendente cómo los elementos esculpen la roca y dan lugar a tales formaciones.

Arco Natural
Paramos un rato para tomar un frugal tentempié a la par que contemplamos el Arco desde distintos ángulos. Se trata realmente de uno de los “rincones” que guarda esta Sierra.

Mientras observamos cómo se asolea una lagartija, indiferente a nuestra proximidad, nos ponemos de nuevo en marcha.


Enseguida llegamos a los caudalosos tres caños de la fuente de Fuen Narices y a la alberca que almacena el agua. Un lugar agradable donde refrescarse situado en un bello paraje boscoso de pinos.

 
Sus aguas forman un arroyo que se dirige hacia el Sur y que seguimos para llegar a la Cascada de la Hiedra, que se encuentra a medio kilómetro. Unos carteles indicadores marcan inequívocamente el camino. Resulta ésta la parte más concurrida de la jornada. Accedemos a su base por un tramo de peldaños a modo de escalera con una barandilla de madera.

Cascada de la Hiedra
Las sales transportadas por sus aguas (al ser terreno “calizo” el contenido en “cal” de las mismas es muy alto) las hacen poco recomendables para el riñón, pero resultan muy adecuadas para formar hermosos depósitos calcáreos.

 
Tras contemplar la Cascada retornamos de nuevo a la fuente de Fuen Narices desde la cual ascendemos unos metros por el barranco de los Arcos para, enseguida (apenas a los ciento cincuenta metros), tomar a la derecha la entrada al barranco del Lobo que seguiremos hacia el Norte durante unos tres kilómetros, hasta alcanzar el punto de partida en el Puerto de San Rafael.

Por el barranco del Lobo
 
En resumen una circular tranquila, sin dificultades técnicas, tan sólo precisa de correcta orientación (conviene llevar un buen mapa y/o seguir alguno de los itinerarios para GPS que se encuentran en wikiloc), que nos ha permitido recorrer unos parajes solitarios de la Sierra de Gúdar (únicamente en la Cascada de la Hiedra y sus alrededores nos encontramos con alguien), entre altos pinos, visitando varios de los bonitos rincones que se encuentran en ellos escondidos.

De dcha. a izq.: Eduardo, Rubén y Carlos

viernes, 6 de abril de 2018

El bosque urbano, un lugar para conectar con la naturaleza.


Supongo que la cancelación de mi vuelo de retorno, obligándome a permanecer en este hotel de las afueras casi dos días más de lo previsto, ha sido la causa de que  esta noche no haya dormido bien.

El hecho de que sea un día festivo no impide que me despierte tan temprano como es habitual. Encuentro el comedor prácticamente vacío cuando acudo a desayunar.

Sin nada concreto que hacer hasta la tarde, cuando llegue el momento de tomar un vuelo de última hora que sí volará, salgo a sentir el aire fresco y a desconectar. Fuera me encuentro mejor.

Contemplando la naturaleza siento su pálpito y me integro en ella. Es afortunado quien puede percibir sus sonidos y sus silencios sin perturbarlos.

Si bien lo que me ha llamado la atención desde la distancia son los altos árboles colonizados por las bolas de muérdago (“mistel” se dice por estas tierras alemanas), me detengo unos instantes a contemplar el estanque que hay junto al hotel.

Diversas variedades de ánades aprovechan los lánguidos rayos de un sol inusual por estas latitudes en los últimos días del invierno.

Una pareja de cisnes contribuye a iluminar el escenario mostrando el “anverso” y el “reverso” de su elegante figura.

Anverso y reverso. La cara oculta de la elegancia.
 
Continúo mi paseo aguas arriba de un pequeño arroyo del que se alimenta el estanque y que pasa junto a un antiguo molino, hoy ya en desuso.

Tras cruzar un puente me adentro en una amplia zona boscosa atravesada por el susodicho arroyo.

 
Primeramente transito entre robles, todavía esperando la aparición de las hojas, que aún tardarán; los enhiestos álamos completan el panorama.
 
 
 
Me encuentro, finalmente, en el territorio del muérdago (“viscum álbum”), a donde quería llegar. Siempre me he sentido interesado por él y aquí lo hay en abundancia.

Las bolas de muérdago resaltan sobre las desnudas ramas
El muérdago es una planta singular, “semi parásita”, que sí puede realizar la fotosíntesis (su color verde amarillento manifiesta una baja concentración de clorofila), pero que, al carecer de raíces, depende completamente de un huésped vegetal para la obtención del agua y las sales minerales que necesita para completar su ciclo metabólico.

 
Normalmente se sitúa sobre ramas de árboles de gran porte y de hoja caduca, como robles, álamos, arces o castaños, en los cuales inserta un chupón u órgano succionador que se ramifica entre la corteza y la madera, a través del cual se ancla y obtiene sus necesidades. En otras zonas también coloniza los pinos.

Aunque no lo aparente, con ese color apagado y poco llamativo y tan alejado de nuestro alcance, el muérdago ha sido ampliamente utilizado como planta medicinal. Ya los antiguos curanderos celtas conocían sus propiedades medicinales y lo empleaban en ritos de fecundidad.

Durante el paseo la mirada topa de vez en cuando con elementos propios de la metrópolis, que disturban un tanto. Al fin y al cabo se trata de un bosque urbano.

Pinceladas de metrópoli recuerdan que el bosque está en territorio "urbano"
 
Pero inmediatamente la vista continúa recorriendo las orillas del arroyo, cuyo curso de agua fluye ajeno al entorno que atraviesa. Los árboles todavía “quietos” aún están a la espera del estímulo de la primavera; el sotobosque, en cambio, ha comenzado a revivir.
 
 
 
El tiempo ha transcurrido; ya queda menos para acudir al vuelo que me llevará de retorno a casa, pero aún dispongo de un rato para continuar integrado, junto al banco y los desnudos robles, en este bosque que me ha proporcionado energía para continuar con mi camino.