miércoles, 19 de julio de 2017

La Najarra desde Miraflores el Real: circular por la Senda Santé - Puerto Morcuera - Embalse de Miraflores.


La Najarra tiene una altura de 2.120 metros. Es la última cima del extremo Este de la Cuerda Larga y con ella finalizan en esa zona las cumbres superiores a los 2.000 metros de la Sierra de Guadarrama.

Su ladera Este, aparentemente suave desde la distancia, oculta en el interior de sus bosques un atractivo itinerario, primero por un robledal hasta los 1.450m de altitud, después una franja de pinar hasta los 1.800m de altitud recorrida por la Senda Santé que, si se consigue encontrar, permite culminar los 1.000m de desnivel en poco más de 5km de distancia, ¡Menuda pendiente!, por medio de una zona agreste, con piornos cubriendo la parte superior hasta el roquedo de la cumbre, muy diferente del resto de trillados itinerarios que parten de otros puntos.

Como el día se anuncia muy caluroso inicio la marcha en la Fuente del Cura (1.150m) de Miraflores el Real a las 7:45h, tomando la pista asfaltada hacia el Sur que se encamina hacia el Hueco de San Blas, siguiéndola hasta encontrar enseguida una barrera cerrando el acceso a una amplia senda que sale hacia la derecha (Oeste), con marcas blancas y verdes que sigo a partir de dicho punto.

El camino se adentra entre los robles. El ambiente a esta temprana hora resulta fresco y agradable ¡Veremos a la vuelta!

 
Al salir a una zona descubierta la Najarra aparece en lo alto, su rocoso lomo sobresaliendo de entre los pinos.

Avanzo unos metros más y llego a un segundo claro, amplio y grande, donde pastan las vacas (1.400m). Un solitario y gran roble, a la derecha; un murete de piedra coronado de alambre espinoso al frente; tras él la linde del pinar que comienza.

 
Una precaria puerta en la alambrera, con una marca blanca y verde, indica el lugar por donde cruzo la valla.

Si bien unos 50 metros más adelante intuyo una pista que se orienta de Sur a Norte, opto por no llegar a ella y, en su lugar, continuar pegado al murete en sentido hacia el Norte.

Al final del muro cruzo un regajo y accedo a una senda más clara que sigue hacia el Norte, ganando altura poco a poco, manteniendo abajo y a la vista el embalse de Miraflores.

En un punto determinado, a la altitud de 1.450m, un gran mojón señala el emboque de una trocha hacia el Oeste que, abandonando la senda, se interna entre los pinos por la empinada ladera. Se trata del inicio de la Senda Santé ¡Ahora empieza lo bueno! Por lo que antes de comenzar con la tarea como unas almendras saladas y me hidrato, porque la cosa promete.

En el inicio de la Senda Santé. Mirada hacia atrás, al embalse de Miraflores
Desde el comienzo la pendiente es de las de “bastones para qué os quiero”. La senda va trazando lazadas muy cortas por muy empinada ladera y va conduciendo hacia el paso más fácil entre las rocas graníticas de la parte superior.

Cuando un claro permite divisar la zona de Miraflores, las vistas son excelentes. La sudada, también. El embalse parece una foto fija cada vez más diminuta.

 
Finalmente la Senda sale a zona descubierta en los 1.800m y la Najarra se hace de nuevo visible. La pendiente se suaviza y se accede al terreno del piorno.

Al fondo, el pico de la Najarra
Ahí mismo está la cima de la Najarra, pienso, pero todavía hay que alcanzarla. Resulta fácil trepar a la cumbre, aunque en la proximidad su apariencia es algo fiera. Una formación rocosa me trae a la cabeza la imagen de una tortuga.

 
"Tortuga sobre la cima"
Seguidamente llego al vértice geodésico de la otra cima donde, a resguardo del viento, aprovecho para comer e hidratarme reponiendo la sal que he perdido durante la empinada subida por la Senda Santé,  antes de comenzar la parte corredera del circuito de hoy hacia el Puerto de la Morcuera.

Vistas desde la cima de la Najarra
Soledad y paz compartida con las mariposas que revolotean alrededor. Todavía no han comenzado a llegar las personas que ascienden desde el Puerto.

Durante la bajada hay que prestar mucha atención a los restos de alambre espinoso que, caído al suelo y camuflado entre los piornos, suponen una peligrosa trampa para las espinillas de quien pase por su lado.

Atención a las "trampas espinosas"
Cunde la carrera y enseguida alcanzo el Puerto de Morcuera.

Cruce de caminos en el Puerto de la Morcuera
Sin apenas detenerme en él continúo el descenso hacia el embalse de Miraflores. Voy acortando por cualquier sitio que se asemeje mínimamente a una senda. Los pinos siempre a la derecha y por encima, sin adentrarme entre ellos. El calor empieza a ser elevado y el termómetro ya marca 28ºC.

Descendiendo hacia Miraflores
De vez en cuando un pequeño regajo riega y pinta de verde el suelo, mientras multitud de mariposas revolotean alrededor de las florecillas.

 
Atravieso una zona de altos piornos sobre los que las arañas han “tendido sus redes”.

Poco después se distingue un gran claro y hacia él encamino la carrera ¡Qué calor!

Pegado a los pinos, hacia el claro voy
Llego a él, queda  atrás la Najarra.

Por delante el robledal que significa ¿Sombra?

Pues sí, pero no tanta. El follaje del roble no es muy tupido y el sol se cuela por entre las hojas. A pesar de la semi-sombra el calor va en aumento.

Sigo corriendo entre los árboles, pero cada vez más lentamente. La deshidratación va haciendo mella.

Me aproximo al embalse de Miraflores. Unas cuantas zancadas más y me tomo un respiro a la vista de sus aguas. Desde aquí, y por buena pista, llegar al coche es cuestión de recorrer apenas 1,5km y todo ello en descenso, pero que me cuesta más de lo esperado. Los 30ºC se dejan sentir.
 
Embalse de  Miraflores
Bonita y rápida marcha de casi 14km de longitud, salvando un desnivel en subida de poco más de 1.000m de D+ los primeros 5km, con un descenso rápido y variado, muy adecuado para abrir el apetito y volver pronto a casa.

lunes, 10 de julio de 2017

El valle de Las Batuecas desde el Monasterio de San José a la Cascada del Chorro.


Valle de las Batuecas
En el corazón del Parque Natural de la Sierra de Francia la singularidad y belleza del valle de las Batuecas ha dado lugar al dicho “estar en las Batuecas”, expresando la sensación de estar distraído, absorto y embelesado.

Angosto y solitario valle cuyo recorrido parece una consecuencia lógica tras haber visitado las Hurdes durante la jornada anterior.

Monasterio carmelita del siglo XVI a la entrada del valle, distintos abrigos albergando pinturas rupestres esquemáticas datadas en el neolítico (10.000 años AC) ubicados no lejos de la misma, cañones emboscados por donde el agua fluye entre bosques de alcornoques, constituyen el poderoso atractivo que nos lleva a recorrer este itinerario de ida y vuelta con una longitud total de 11km, salvando un desnivel en ascenso de algo más de 400m de D+.

Caminar, ver, observar, abstraerse, embelesarse con el paisaje.

Son poco más de las 8 de la mañana cuando comenzamos la marcha tras dejar el coche en el reducido aparcamiento que hay en el km 34.5 de la carretera que une la población de las Mestas (Extremadura) con la de la Alberca (Salamanca).

Comienzo de la marcha, todavía a la sombra
La primera parte del camino se hace sobre una pasarela pensada para sillas de ruedas, con paneles explicativos de la fauna y la flora, escuchando el fluir del río Batuecas, atravesando el comienzo del bosque por el que deambularemos las próximas horas.

Llegados junto al Monasterio aparecen las señales blancas y amarillas que seguiremos en adelante.

Al principio el sendero bordea el muro del recinto monacal permitiendo discretas y ocasionales vistas del interior.


Tras la fronda exterior se ven los cipreses del monasterio
De entre los árboles que encontramos nos llaman especialmente la atención los tejos, así como un gran eucaliptus cuya presencia se huele desde la distancia y los alcornoques de gran porte. El recogimiento del trayecto trasciende.

Tejo
Eucalipto
El sendero se sigue sin problema alguno.
 
Pronto llegamos al arranque de un tramo con escalones que, saliendo hacia la derecha y con pasamanos de soga blanca, conduce al abrigo de las Cabras Pintadas, ubicado unos 50 metros por encima del sendero.

Abrigo de las Cabras Pintadas, desde su base junto al río
Tras el necesario ajuste de la vista a las rojas pinturas comenzamos a ver las cabras, alguna escena de caza y los motivos simbólicos en forma de puntos y barras alusivos a estrellas.

Desde la aérea plataforma en la que se encuentra el abrigo las vistas son vastas y atractivas.


Poza del río Batuecas vista desde el abrigo
Retornamos por las mismas escaleras al sendero de la parte baja, junto a la poza que veíamos desde arriba, y continuamos hasta las siguientes pinturas rupestres, las que se encuentran sobre el Canchal del Zarzalón.

Para acceder al abrigo, de nuevo hay que abandonar la senda principal junto al río y ascender por una trocha que se encamina ladera arriba, entre los alcornoques, hasta alcanzar la parte vertical de las rocas.

Una vez superada la cuesta se sigue una cornisa que lleva directa al abrigo del Zarzalón, donde de nuevo la vista ha de adaptarse antes de empezar a identificar las pinturas sobre la piedra.

Abrigo del Zarzalón
Continuamos por una trocha descendente que nos conduce al sendero principal. Comenzamos ahora la última parte del itinerario, la que nos llevará hasta la cascada del Chorro.

La senda junto al río Batuecas cada vez es más emboscada. La vegetación resulta exuberante.

A tramos caminamos por el mismo lecho del río, para luego alejarnos un poco y volver a retornar a él.

 
Seguimos aguas arriba hasta que llegamos a la confluencia con el regajo del Chorro que desemboca por nuestra izquierda en el Batuecas cuyo caudal aguas arriba ha disminuido notablemente.


Toca cruzar el cauce casi seco  del río Batuecas
Cruzamos el exiguo cauce unos metros por encima de la desembocadura del regajo y nos encaminamos ladera arriba por el barranco del Chorro aprovechando una senda que se aprecia nítidamente en la otra orilla.

La subida, corta pero muy pronunciada, discurre por un alcornocal antiguo y bien arraigado que hace reflexionar sobre la dura existencia de las personas que, en épocas pasadas, subsistían a base de realizar tareas como la de ir a coger el corcho allá donde la naturaleza lo había puesto.

Salimos a terreno descubierto, por encima del arroyo del Chorro, junto a los muretes de un aprisco en desuso. Terreno áspero y seco que para nada advierte de la proximidad de la cascada que andamos buscando.

Nos detenemos unos instantes bajo la exigua sombra de un enebro. Necesitamos imperiosamente hidratarnos y comer algo. Enfrente, al otro lado del barranco, los paredones de las Torres captan la atención.

Continuamos la marcha por una difuminada trocha que, hacia el Oeste, se interna en el barranco.

De nuevo los alcornoques, luego la vegetación se va espesando, algunos troncos hospedan abundantes colonias de hongos. La humedad va en aumento.

Finalmente damos vista a la cascada del Chorro. Estamos a pocos metros de llegar.

Cascada del Chorro
El sendero desciende y termina a ras de la poza que recibe el agua de la cascada. Es un rincón que no tiene salida más que por donde hemos llegado. Fresco, recoleto y escondido, donde nos quedaríamos mucho rato.

En la cascada del Chorro
Pero hemos de retornar, que el calor se va aposentando y aún nos queda la vuelta, así que tras una nueva hidratación emprendemos el retorno, ya sin las incertidumbres del terreno desconocido, lo que nos permite ir admirando todavía más los paisajes por los que transitamos.

A tramos la exuberante vegetación sorprende y encanta a la vez.

Tras cruzar el Batuecas retornamos al cobijo de la sombra continua.

Marchamos por un tramo de amplia cornisa al pie de unas rocas cuando, de repente, un macho cabrío salta al camino desde una repisa superior con el consiguiente sobresalto, tanto para él como para nosotros.

Se detiene a pocos metros; nos miramos, estira los músculos del cuello, nos volvemos a mirar, se da media vuelta y desaparece lentamente.

 
 
 
A partir de este punto empezamos a cruzarnos con los menos madrugadores que se dirigen a ver las pinturas rupestres.

Llegamos de vuelta hasta los muros del convento.

Atravesamos el bonito puente sobre el arroyo de Barrigoduro que desemboca en el río Batuecas.

Flanqueados por el alto muro seguimos aguas abajo, completando el último kilómetro de un itinerario de ida y vuelta que, durante unas horas, nos ha permitido explorar y descubrir los bellos e intrincados rincones del valle de las Batuecas donde nuestros antepasados muy remotos dejaron su impronta.

 
 
“¡Cosa no vista jamás, ni imaginada en España!, pero tal es la montaña que hemos dejado atrás que, según tengo mirado, hace un castillo cerrado de peñas que al cielo llegan” (Lope de Vega).