domingo, 18 de octubre de 2015

Barrancos de Morana y del Horcajuelo: primitivos y montaraces.

Las cuatro Peñas de Herrera, desde Añón
Hoy toca recorrer el que quizá pueda considerarse como el más selvático de los barrancos que surcan el Parque Natural del Moncayo, el de Morana, completando el circuito con su vecino el del Horcajuelo. Se encuentran ambos en la vertiente Norte del macizo, entre las Torres de Herrera, al Este, y las cumbres del Moncayo, al Oeste.

Son las 10 de la mañana cuando Andrés, Eduardo y yo iniciamos la marcha habiendo dejado el coche junto a la caseta de la Cabra Moncaína (950m), lugar al que se accede desde Añón por cómoda pista.

La Muela del Horcajuelo llena el horizonte; a la derecha, Morana; a la izquierda, Horcajuelo.

La Muela del Horcajuelo
Comenzamos el itinerario caminando aguas arriba del río Huecha, que vadearemos en numerosas ocasiones, ya que la senda, clara o intuida, hay que buscarla en todo momento muy pegada al cauce; tan sólo en contadas ocasiones, y durante pocos metros, se separa del mismo.

Vamos viendo, escuchando, y de vez en cuando hasta catando el agua, porque tarde o temprano acabamos “pescando”.

La vegetación se va espesando, los acebos, plenos de bayas, colonizan el espacio; sus punzantes hojas son un aviso de lo que encontraremos más arriba.

En un punto determinado, al pie de una roca visible tras la vegetación, la traza principal enfila hacia la izquierda, al Horcajuelo (hay una estaca con la señal verde y blanca). Mientras un ramal mínimamente pisado arranca hacia la derecha, al Morana (no tiene éste indicación especial alguna, ni cartel, ni mojón, tan sólo la hierba se ve algo más pisada).

Iniciamos el recorrido del barranco de Morana que discurre encajonado entre la boscosa y empinada ladera Sur del Cabezo de Bellido y la menos abrupta de la Muela del Horcajuelo, al principio con orientación Este/Oeste para ir girando hacia el Sur en su parte final.Posteriormente comprobaremos agradablemente que la senda ha sido limpiada y abierta en su totalidad.

Rocas emergiendo hacia lo alto, colorido otoñal, y siempre el río Huecha a cuyo lado vamos ascendiendo.

Los vadeos son frecuentes. La posibilidad de "pescar" es muy elevada
La vegetación nos rodea por todas partes; pincha, se engancha, la apartamos. La vista fija en las marcas, claras algunas veces, sutiles las más. Avanzamos recordando al que las hizo, Jesús, con quien Eduardo ya recorrió este barranco no hace mucho, cuando todavía era necesario el machete para abrirse camino entre la espesura.

Sonreímos al reconocer las señales: cortes limpios en algunas ramas de los acebos facilitando el paso; algunas piedras disimuladamente colocadas marcando un punto de vadeo; y otras sutilezas que no escapan a nuestros activos ojos y que nos van mostrando el camino mientras los sentidos se van llenando de naturaleza. Nuestro agradecimiento a quien se ha cuidado de ello.

En caso de duda, siempre seguimos el curso de unas aguas cristalinas cuya contemplación, en forma de pozas o saltos, nos retiene a cada rato.



Seguimos la marcha y al poco alcanzamos el murete de una pequeña presa.

Cruzamos al otro lado y continuamos hacia arriba caminando por el mismo borde de una canalización por la que baja el agua. Toca hacer algún que otro equilibrio sobre el musgo que la recubre, único paso practicable ya que todo en derredor es vegetación cerrada.

Arco vegetal bajo el que pasamos
Seguidamente aparece de nuevo la trocha.

A estas alturas del recorrido formamos ya parte de este ambiente bravío, frondoso y denso que estamos atravesando.

Nos hemos habituado a los continuos enganchones y al frecuente vadeo del río, unas veces más sencillo que otras. Las matas de menta perfuman el ambiente; las de ortigas (parecidas, pero qué distintas) dejan su impronta en manos o pantorrillas descuidadas.

En las alturas, por encima de la vegetación, el sol calienta las rocas.



A ras de suelo, frente a nuestros ojos, tupida fronda, agua y hermosa naturaleza.


Y casi sin esperarlo, el barranco se abre; el pinar hace su aparición y caminamos sobre pedrera. El sendero se torna nítido. El Huecha fluye formando gradas.



Alcanzamos el extenso plano al pie del cuello de Horcajuelo, paso natural hacia el vecino barranco de Horcajuelos. 

Optamos por ascender al Alto de los Almudejos (1.703m) para otear desde él la cara oculta del Moncayo, por donde Eduardo y yo anduvimos hace unas pocas semanas (Valcongosto y Cuartún)

Extenso panorama desde el Alto de los Almudejos: el Morrón, las Peñas de Herrera, …., pero hemos de bajar y optamos por el monte a través. 

El Morrón
A la izq, las Peñas de Herrera I y II, a la dcha, el Morrón, abajo los Corrales de Horcajuelo
El descenso por el pinar que cubre la cara Este del Alto nos permite ver fugazmente las ancas de dos corzos en su huida.

Llegamos a los corrales e iniciamos el descenso del barranco de Horcajuelos.

Más abierto y despejado que el de Morana, con sendero evidente, permite una bajada rápida y sin obstáculos. Acebos, encinas y colores otoñales dan paso, de pronto, a la formación rocosa más característica de la ruta, la Torre de Morana. Lugar de escalada y a cuya base se accede tras fácil trepada, muy atentos a dónde se ponen las manos, no sea que molestemos a alguna víbora.


La Torre de Morana

Barranco de Horcajuelo desde la Torre de Morana
Caminamos entre rocas ferruginosas, cuyos erosionados contornos dan lugar a bellas formas, 

Dejamos atrás la Torre mientras vamos completando el circuito de hoy.

Alcanzamos el coche tras haber realizado un itinerario de unos 15km salvando un desnivel total de 900m de D+, recorriendo dos hermosos barrancos de los que, por lo menos uno (Morana), hasta hace poco estaba sólo accesible para los más iniciados y bravos caminantes. Si bien ahora no debe tampoco tomarse a la ligera, pues hay que echar mano de una desarrollada capacidad de orientación.

Cae la tarde, los barrancos reciben los últimos rayos del sol

martes, 13 de octubre de 2015

Hoyo de Manzanares: encinas y canteras de antaño.

Cantera de pórfido
Hoyo de Manzanares, a 35km de Madrid, es un término municipal integrado en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares. Al abrigo de la Sierra del Hoyo, protegido de los fríos y vientos norteños de la vecina Sierra de Guadarrama, cuenta con una vegetación antigua, bien conservada y asentada sobre el terreno granítico tan característico de Guadarrama.

Recorrer sus caminos y ascender a sus redondeados picos supone un deambular agradable y sin grandes exigencias por trochas emboscadas, flanqueadas por abundante vegetación. Lugar ideal para jornadas de duración media o para cuando el tiempo se muestra inestable y desaconseja otros objetivos de mayor envergadura.

El itinerario de hoy discurre por la pista que se extiende de Oeste a Este en la falda Sur de la Sierra del Hoyo, comienza en la Berzosa, llega hasta la cantera de pórfido y retorna por el monte del Egido. Unos 11km de longitud salvando un desnivel total de 275m de D+. 

Espolón del Picazo
Ha estado lloviendo por la noche y las nubes, de momento, son mayoría si bien permiten claros pasajeros. La gran permeabilidad del suelo ha evitado la formación de charcos y la carrera resulta cómoda.

Al poco de dejar atrás la Berzosa se encuentran grandes y viejos ejemplares de enebros y encinas que ofrecen sus alimenticias bayas en la antesala del invierno.

Ejemplar de enebro y sus bayas

Ejemplar de encina y sus bayas (bellotas)
La pista rodea por su base el espolón del Picazo, cuyas verticales paredes destacan entre el verde apagado de las encinas y el ocre otoñal de otras variedades.

El Picazo
Algo más adelante, en la zona alta del cordal a cuyo pie discurre la senda, se distingue la silueta de la Tortuga, la formación rocosa más singular de la Sierra del Hoyo. Hoy sólo la contemplaré desde la distancia.

La Tortuga
La pista se aleja de los límites de la población aproximándose a la falda del monte. Tras un cercado unos burros comen apaciblemente, ajenos a quien se detiene a mirarlos.

A derecha e izquierda, jaras, encinas y alcornoques conforman la seña de identidad vegetal de esta Sierra.

Alcornoques y jaras
Encinas y jaras
En lontananza, tanto en lo más urbano como en lo más natural, se distinguen elementos con relevancia propia. El trote mantenido permite ir paseando la mirada por el entorno, fijando las imágenes.


Y así, casi de sopetón, llego a la altura de la cantera de pórfido, que se presenta como una profunda raya en el terreno que, desde la pista, apenas se distingue del granito predominante de la zona. 

Cantera de pórfido
Conviene ir atento, porque si no, puede pasar desapercibida y vale la pena hacer un alto y, con cuidado, asomarse al interior desde el borde de sus verticales paredes, descubriendo esta singular cantera abandonada, ahora llena de agua, de la que se extraía pórfido, material utilizado en la pavimentación de las calles.



El pórfido es una roca compacta y dura, ordinariamente de color oscuro y con cristales de feldespato y cuarzo. La imaginación vuela mientras contemplo sus pétreas y brillantes paredes, retrocediendo a tiempos pasados, testigos de esfuerzos y afanes dedicados al aprovechamiento de los recursos naturales.

Canteras que ya no están en explotación pero que tuvieron su importancia en los últimos años del XIX y hasta la primera mitad del siglo XX. La naturaleza granítica de la Sierra de Guadarrama favoreció el desarrollo de la cantería en numerosos pueblos serranos, siendo el oficio de cantero una actividad tradicional, generalmente familiar, complementaria a la agro-ganadera o forestal. 

Pero hay que volver a la realidad, al ahora, antes de que las amenazadoras nubes comiencen a verter agua.

Retomo la carrera y me interno en el monte del Egido, no sin antes lanzar una última mirada a esa ladera en cuyo pie queda la cantera; granito, encinas y soledad compartiendo el mismo espacio.


Gira el camino y emboca hacia Hoyo de Manzanares; la pista de tierra se torna en asfalto; voy corriendo por calles desiertas contemplando cómo el otoño pone a punto las castañas. 

Castaño con sus frutos casi a punto
Comienza a llover débilmente cuando estoy llegando a la Berzosa. 

lunes, 21 de septiembre de 2015

En el Ojo de la Fuentona de Muriel nace el río Abión. Transparencias “impresionistas”.

Bajo la distraída mirada del buitre leonado, que escruta su hábitat mientras espera la formación de las térmicas que le faciliten el planeo, y dejando atrás la llana y alta meseta cubierta de sabinas albares en estado puro, nos adentramos en un recoleto barranco abierto entre paredes calcáreas.



Un lugar donde el agua mana para fluir cristalina y tranquila, cuya transparencia permite observar la vegetación “desde el fondo”, mostrándose en superficie en forma de nenúfares, botones de oro o berros.





Un sitio en el que, sin apenas percatarse, uno se ve inmerso en un sombreado entorno de sabinas, pinos y chopos que medran armoniosamente en la frescura y la humedad del recién aflorado curso de agua, cuyas fuentes hay que buscarlas muy bajo tierra entre las intrincadas galerías y sifones que surcan el kárstico sustrato. 


Ojo de la Fuentona