viernes, 11 de diciembre de 2015

Vuelta a los Mallos de Riglos: Foz de Escalete, Mirador de los Buitres y ferrata Cubilillo.

Los Mallos de Riglos, a su izquierda Peña Rueba, desde el Mirador de los Buitres
Circunvalar los Mallos de Riglos nos pareció a Eduardo, Rubén y a mí un circuito que cubría ampliamente nuestras expectativas. Por sugerencia de Eduardo, que ya había hecho varias incursiones por la zona, decidimos incluir en el recorrido el ascenso por la Foz de Escalete hasta el Mirador de los Buitres, y el retorno a Riglos desde el collado de la Peña de Don Justo utilizando la vía de descenso de la ferrata de Cubilillo, en el macizo D’os Fils. En conjunto, un itinerario muy variado, mayormente corredero, con su dosis de destrepe a pie de los paredones, en un entorno tupido de flexibles bojes de “bien asir”.

Pintaba incierto el tiempo cuando entre nieblas y nubes iniciamos la marcha en el pueblo de Riglos. En sentido de las agujas del reloj comenzamos el trote por sendero ligeramente descendente, bordeando la base de los espectaculares pilares de conglomerado, en dirección a la vía del tren.

Mallos y pueblo de Riglos 
Buena senda, señales amarillas y blancas, sendero que sigue el trazado de la línea del ferrocarril manteniendo siempre a la vista el río Gállego.

Vaho que empaña las gafas, incómodo trote sobre guijarros cuando toca marchar junto a las traviesas hasta encontrar las marcas para tomar otra vez el sendero, señales que nos pasamos de largo en un par de ocasiones, lo que nos obliga a recorrer unos cuantos centenares de metros adicionales de raíles hasta percatarnos del despiste, pero dándonos la ocasión, de paso, de cruzarnos con el “Canfranero”, antaño tan utilizado cuando teníamos que subir a las tierras altas.

Los mallos van quedando atrás, engullidos por la distancia y la niebla.

Cada vez estamos más cerca del pantano de la Peña, primer objetivo del día. El otoño todavía persiste en esta zona. Cuerpo, mente y sensaciones a tono con el entorno. Naturaleza y detalles que la vista capta.



Humedad, nubes, agua, serenidad y persistente marcha. Delante el pantano de la Peña, detrás los Mallos.

Presa del pantano de la Peña
Los Mallos en la niebla
Ya estamos bordeando el pantano cuyo perímetro parece no tener límite.


Llegamos a la entrada de la Foz de Escalete. Por buena pista cruzamos la brecha abierta en la roca y nos encaminamos hacia el Mirador de los Buitres.

Nos internamos en la Foz de Escalete
Dejamos atrás las vaporosas nubes que cubren el pantano y continuamos por la pista que cada vez aumenta más su pendiente, no en vano hemos de subir hasta el Mirador, a 1.000m de altitud.

La Foz de Escalete; tras la abertura, las nubes cubren el pantano de la Peña
Colorido bosque, atentos vigilantes en sus atalayas y afanadas arañas en sus telas acompañan nuestro ascenso por esta parte; cada vez más altos, cada vez más lejos de las nieblas mañaneras.



Finalmente damos vista al Mirador de los Buitres, a sus pies y en segundo plano, los Mallos de Riglos, al fondo, la Peña Rueba.

A la izq. sobre el acantilado, el Mirador de los Buitres, en el centro, al fondo, la Peña Rueba, a su dch., los Mallos de Riglos
A la izquierda los restos del castillo de Marcuello, hacia donde se dirige la pista para, posteriormente, girar a la derecha hasta llegar al Mirador.

Castillo de Marcuello
Tras dieciséis kilómetros recorridos desde que dejamos el pueblo de Riglos alcanzamos el Mirador, que se alza sobre el borde del macizo D’os Fils.

Algunos lo alcanzan con más facilidad que otros ;-)) (Acentor alpino, identificado por Luís y Javier; gracias ornitólogos amigos)

Pajarico en el Mirador de los Buitres
Mientras contemplamos el amplio panorama tomamos unas barritas energéticas y un plátano.

Panorámica desde el Mirador de los Buitres
Seguidamente iniciamos la bajada. Por delante seis kilómetros para completar nuestro circuito.

A pocos metros de la caseta del Mirador arranca una trocha en dirección al cortado, que entronca con la vía de descenso de la ferrata de Cubilillo en la Peña de Don Justo. A partir de aquí el sendero desciende fuertemente,

Iniciando el pendiente descenso ayudándonos de los  bojes de "bien asir"
Discurriendo por un terreno muy escarpado, con tramos de cable de vida, puente tibetano de cadena para superar una grieta y escalera, incluidos.

Secuencia del puente tibetano


El mallo del Tornillo resulta impactante en la proximidad. Nos viene a la mente que fue ascendido por primera vez en 1963, por Rabadá y Navarro, siendo ésta la última proeza que realizaron ambos escaladores antes de fallecer el 15 de agosto en su intento a la cara Norte del Eiger.

El Tornillo, al fondo, la Peña Rueba y los Mallos
Al rato el camino se vuelve menos escarpado para, finalmente, cruzar el barranco de la Mora.

Vamos llegando al barranco de la Mora
Y entroncar con la pista del GR-1, al pie del paredón de los Buitres (nunca escalado, que se conozca; antaño por la dificultad que entrañaba su enorme techo, después, por razones ecológicas y de preservación de los numerosos nidos), por donde volvemos de nuevo a Riglos.


Paredón de los Buitres
El sol del atardecer tiñe de rojo los Mallos, 

Algunas cordadas están completando los últimos largos de las vías clásicas, nosotros llegamos al coche tras haber realizado un bello y variado itinerario de 22 kilómetros, habiendo superado un desnivel en ascenso de 875m de D+, que nos ha abierto los ojos a unos escenarios tan próximos y tan desconocidos hasta el momento. 

Macizo D'os Fils. En la punta del acantilado, el Mirador de los Buitres

sábado, 28 de noviembre de 2015

El monte del Pardo y el soto del río Manzanares. En el perímetro de la borrasca.

Sierra de Guadarrama bajo la tormenta
La tormenta se cierne y ensombrece hoy las cumbres de la próxima Sierra de Guadarrama y las dejará, probablemente, cubiertas de nieve cuando se retire. En tales condiciones es mejor acercarse a la naturaleza en cotas más bajas, donde sólo alcanzan las fuertes ráfagas que vienen de las montañas. El monte del Pardo y el soto del río Manzanares son un buen lugar para ello.

Los vientos de finales de noviembre han acabado prácticamente con el color de los árboles caducifolios. Son ahora los perennes los encargados de mantener el verde aspecto de montes y dehesas.

Dejo el coche aparcado en Somontes, junto al río Manzanares, y comienzo la carrera hacia la Quinta. El sendero pica continua y suavemente hacia arriba mientras atravieso el pinar que cubre los primeros metros. Una solitaria encina entre los pinos llama mi atención.

La pendiente se acentúa; el sendero cubierto de resbaladiza arena granítica requiere cuidado en algunas zonas. Algún que otro pino descolla por encima de las encinas entre las que discurre la senda. Empiezo a notar las rachas, me ajusto el cortaviento.

Llegando a la Quinta, una otoñal parra pone su nota de color sobre el apagado verde del fondo.

El sendero topa con la tapia que circunvala la Quinta. Giro 90º a mi izquierda y continúo cuesta arriba manteniendo el muro a mi derecha. Noto cómo la inclinación de la cuesta ha aumentado en este tramo. Bajo la cremallera del cortaviento.

Finalmente alcanzo la parte alta. Son muchas las sendas que se pueden seguir a partir de aquí, unas viran hacia la izquierda encaminándose de vuelta al río, otras continúan de frente, por lo alto del monte, tomo una de estas. De nuevo me he de cerrar a tope el cortaviento. Las fuertes ráfagas de aire frío procedente de la Sierra hacen que vaya literalmente llorando. 

Lejos quedan los pinos; las carrascas y encinas han tomado el relevo.

Terreno duro y solitario al que los líquenes que cubren las ramas de los árboles confieren un aspecto muy invernal. Mantengo el ritmo acompasado, el lagrimeo se ha reducido.


Desde un altozano diviso una zona de dehesa más despejada, atractiva, hacia la que me dirijo, iniciando el descenso.

Finalmente alcanzo de nuevo el cauce del Manzanares. Dejando atrás el monte cruzo el río, y por su derecha orográfica (izquierda en el sentido de la marcha) continúo la carrera hacia la presa de Mingorrubio. Hay color y vida en el soto.



Ronda anátida
El muro de la presa supone el fin del recorrido aguas arriba. Lugar donde el río Manzanares “renace” de forma artificial y turbulenta para aquietarse poco después. A pesar de que el aire se nota mucho menos aquí, la humedad y el frío hacen que permanezca quieto el tiempo justo de tomar unos frutos secos antes de iniciar el retorno.

De vuelta en el Pardo, sin cruzar el puente de los Benedictinos, continúo por la derecha del río. 


De aquí hasta el arroyo de la Trofa la senda, a ratos mera trocha, discurre por una franja frondosa y primitiva entre el Manzanares y la alambrera que la separa de la zona no pública del Monte del Pardo.

Terreno húmedo, alfombra de hojas caídas, olor de ribera, bellotas bajo las encinas, entorno poco frecuentado en el que hay que correr con precaución para no resbalar y acabar rodando hasta el agua del próximo cauce; a la izquierda de la alambrera, ramaje y espesura; a la derecha, zona más esclarecida.


Fistulinas parásitas que, con el trascurso del tiempo, se han convertido en parte del árbol que las aloja.


El puente del ferrocarril anuncia la proximidad del arroyo de la Trofa, afluente por la derecha del río Manzanares. Se trata de la segunda corriente fluvial más importante del Monte de El Pardo, después del río Manzanares. De ahí su importancia ecológica, ya que actúa como corredor biológico que conecta la Sierra del Hoyo y el citado monte. De él se benefician numerosas especies de mamíferos, aves y, sobre todo, reptiles y anfibios, protegidos en la Comunidad de Madrid.

Alcanzo a dos personas, María y Clara, que también van recorriendo ésta poco transitada margen. Comentamos lo primitiva que resulta.

En estas estamos cuando, de un salto, nos tenemos que apartar de la trocha que vamos siguiendo para quitarnos del recorrido que, impertérrita y muy decidida, viene siguiendo una nutria ¿Pero, no se trata de animales huidizos?¿Habrá llegado utilizando el corredor del Trofa? Como dijo F. R. de la Fuente: el mejor ejemplo para demostrar la pureza de un río es basarse en la presencia de nutrias, amantes de las aguas cristalinas con fondos pedregosos.

El arroyo baja con poca agua; continuando unos metros por su cauce alcanzamos la orilla del Manzanares. Al otro lado, justo enfrente, está el aparcamiento de Somontes, donde están los coches.

Arroyo de la Trofa desembocando en el río Manzanares
De un brinco cruzamos el Trofa, unos metros más hasta alcanzar la parte más estrecha del Manzanares. El vadeo parece factible, cuestión de descalzarse y cruzar. Manos a la obra, fuera zapatillas y calcetines. El agua cubre hasta media pantorrilla y está fría, fría. Vamos, que el último metro duele.


Río Manzanares desde el aparcamiento de Somontes
En síntesis, un re-corrido de 17km de longitud total con un desnivel acumulado en ascenso de unos 200m de D+, por monte, dehesa y soto, pluralidad de hábitats que comportan en su conjunto un circuito otoñal ya en las mismísimas puertas del invierno.

Aparcamiento de Somontes