domingo, 22 de septiembre de 2013

O Pazino. Privilegiado otero con nombre de actor de cine.

Rápida, gratificante y poco exigente incursión al territorio de las luces y las sombras en un destino próximo. Contrafuerte atractivo alzándose sobre Escarrilla, llamando la atención por su apariencia inaccesible.

Circuito que comienza a la sombra, remontando el barranco de Escarra por la estrecha y rocosa senda que surca el farallón de las Crambas, ganando altura entre espeso boj, donde no faltan los destellos de color, para salir finalmente a la luz de las zonas altas.


Estrecha es la senda que surca el farallón, remontando el barranco de Escarra
Áspera roca transformada en suaves praderas de altura poco antes de alcanzar el collado de Pazino (1.826m), desde donde llegar a la cumbre es cuestión de unas cuantas zancadas más. Aunque se pone fuerte la pendiente en su parte final se trata de un tramo corto.

Cima d'O Pazino desde el collado del mismo nombre
Espléndidas vistas en 360º desde una modesta cima (1.965m) que parece pugnar por retener al visitante. 

La Sierra de Partacua, y a sus pies el embalse de Escarra, en cuyo desagüe se inicia el barranco de Escarra
Rojas tonalidades las de las montañas sobre el barranco de Culibillas y el  Corral de las Mulas, cerca del Portalet

Espolón que se desprende de la cima d'O Pazino. A la izquierda, el embalse de Lanuza; a la derecha, Escarrilla
Rápida carrera en descenso hacia Sallent, con frecuentes altos para echar la vista atrás, hacia la atalaya cada vez más lejana. 

Cima d'O Pazino, vertiente de Sallent

Montañas próximas, enmarcadas por fresnos y serbales, cuyas cimas se hacen cada vez más altas a medida que el trote me acerca hacia Sallent.


Los Picos del Infierno y su característica Marmolera
El Pico Pallas
Sallent, cada vez más próximo
Ya en la carretera, a la altura del cementerio de dicha población, quedan casi cinco kilómetros de duro asfalto para completar este circuito, llegando de nuevo a la boca del túnel de Escarrilla. Suerte que son de franca bajada y que, de paso, el rítmico trote permite ir contemplando con detalle unos paisajes que habitualmente pasan desapercibidos cuando se recorren en coche.  
La Sierra de Sabocos, en lontananza, cierra el paisaje mientras recorro la carretera camino de Escarrilla.

domingo, 15 de septiembre de 2013

La integral de la Pedriza. Inmersión en el territorio de las siluetas.

Bola de Navajuelos
Un recorrido circular "por todo lo alto". Piedras enormes, aire limpio, paisajes y formas surrealistas, extraordinaria composición de rocas pulidas y redondeadas, intrincados recovecos, ocasionales explosiones de color. La más gimnástica y exigente de las excursiones de la Sierra de Guadarrama es también una de las más hermosas.

Recorrido ideal para realizar cuando las ganas y la forma física se encuentran en zona de máximos. Por su longitud, su desnivel y los rincones que se visitan, es la ruta reina de La Pedriza.

Manuel la propone, yo la acepto sin titubeo y a las 8h iniciamos la marcha en el Tranco; Por delante unos 18km siguiendo la Senda Termes, salvando un desnivel de 1.300m de D+.

Tranco - Yelmo - Collado de la Dehesilla - Jardín de Navajuelos - Pared de Santillana - Collado de la Ventana - Pedriza Posterior / Las Torres - Collado del Miradero - Las Milaneras - Jardín de la Campana - El Pajarito - Collado del Cabrón - Canto Cochino - El Tranco.

Comenzamos a buen ritmo la empinada subida hacia el Mirador del Tranco y la Gran Cañada. A la derecha, las primeras luces de la mañana, a la izquierda, las últimas sombras en retirada, de frente, la fuerte pendiente. Sucesión de moles graníticas cuyos contornos incitan a personales asociaciones mentales.


Al fondo se deja ver la Maliciosa
Al final, explosión de luz dando paso al desafiante paredón del Yelmo. 

Cara Sur del Yelmo
A medida que contorneamos su base, en dirección al Acebo, mis recuerdos divagan por las distintas ocasiones en las que escalé algunas de sus vías con los dos compañeros de cordada que tuve hace ya tiempo. Mi hermano el primero de ellos, y el segundo, Manuel S. cuya compañía se desvaneció hace años.

Allí donde la mirada se posa descubre formas que siempre estuvieron y que hasta ahora no habíamos enfocado. Arcos sustentados bajo los cuales la senda no pasa pero nosotros sí.

Damos vista al tramo siguiente, a la Pedriza posterior. Apilamientos rocosos entre los cuales ni se vislumbra la traza de la senda que los atraviesa.

Descendemos velozmente al collado de la Dehesilla para, sin pausa, encarar la exigente subida hacia el risco de Mataelvicial.

Mientras nosotros ascendemos a ras de tierra, entre robles, brezos y encinas, por encima, sobre el colosal granito, otra pareja, de diferente especie, también deambula.

Encantador rincón el del jardín de Navajuelos. Pétreo conjunto de formas y siluetas especialmente dalinianas y bellas que atravesamos con quietud y recogimiento, imbuidos del fresco entorno por el que nos movemos.

Jardín de Navajuelos
Entramos en el bosque que precede a la Pared de Santillana. Trepamos o reptamos cuando el guión así lo exige. Son las características de la Pedriza.

Llegamos al collado de la Ventana. Un breve alto para compartir un plátano y beber un trago de agua. A la vista, “al otro lado”, el collado del Miradero, por delante la inmersión en el límite de la Pedriza Posterior, hacia las Torres. 

Desde el collado de la Ventana, vista hacia el caos de la Pedriza Posterior
Caos granítico repleto de sube y bajas, asomándonos a los callejones y bosques de la Pedriza, hasta llegar al Comedor de Termes, lugar en el que ya se acaba el subir; la silueta del Dedo de Dios, amagada tras las Torres, pasa desapercibida si no la conoces.

El Dedo de Dios
Descenso rápido hasta el collado del Miradero. Nuevo refrigerio mientras la vista se posa en el collado de la Ventana, donde estábamos no ha mucho rato. Reponemos energía en forma de barritas y bebida isotónica antes de reemprender la marcha en dirección a las Milaneras. Las nubes se van consolidando y no es buen terreno el que viene para afrontarlo con roca mojada. Trote ágil y adelante.

Van abriéndose las nubes y, además, ya tenemos al alcance el collado de cambio de vertiente. El “Gran Patriarca” nos espera.

Tres Cestos o El Gran Patriarca
A partir de aquí hemos de ir atentos a no perder las marcas (amarillas y blancas) y los hitos. El bosque es espeso, las rocas son llamativas, incitadoras para treparlas, pero vale más seguir los mojones si queremos evitar embarques incómodos.

El fondo de la Pedriza se muestra en la lejanía; bordeamos contornos caprichosos, 

seguidos de algunos destrepes atléticos, innecesariamente asegurados con cadenas de “nuevo cuño” que distorsionan lo natural, dando paso al enmarañado bosque por cuyas empinadas pendientes descendemos cual “Tarzanes”, asiéndonos de las ramas mientras agradecemos no haberlo realizado en subida.

Las altas Torres van quedando atrás mientras descendemos por el bosque
Dejamos atrás el laberinto de rocas y robles accediendo a un pinar más esclarecido por el cual subimos unos 50m hasta entroncar con las marcas y senda que nos conduce hacia el jardín de la Campana. Cerrado lugar entre los riscos de la Campana, la Vela y el Pajarito, donde se acumulan troncos de grandes pinos, derribados y secos, junto con los enhiestos ejemplares, confiriéndole el aspecto de un cauce por el que hubiera discurrido una feroz riada, no siendo éste el caso, ya que por la zona no hay ni rastro de agua.

Enfilamos el estrecho canalón que se desprende pegado a la pared Este del Pajarito, 

Sobrio rostro indiferente al colorido serbal
en dirección al collado del Cabrón, en el que hacemos un alto para tomar la última ración de energía de la jornada. Hasta aquí todo ha sido trepar, destrepar, subir, bajar, reptar entre peñascos, descolgarnos por pendientes laderas boscosas; a partir de ahora toca descenso a la carrera hasta la Autopista, continuación hasta Canto Cochino, sortear después el denso tráfico humano que acompaña el curso del río Manzanares por su ribera izquierda, para llegar de nuevo al Tranco a las 14:30h.


Momentos para estirar adecuadamente, tomar un buen bocadillo e hidratarse (cada cual a su gusto) y marchar luego sonrientes de vuelta a casa, tras haber completado un circuito clásico de la Pedriza que no puede dejar de realizarse o repetirse cada cierto tiempo, preferiblemente con roca seca. Nunca defrauda, siempre exigente y ofreciendo lo mejor que el entorno atesora.
Bosques y riscos de la Pedriza Posterior

domingo, 8 de septiembre de 2013

Monte y bosque de San Rafael. La cueva de Cueva Valiente. Un retorno para continuar.

La cueva de Cueva Valiente
Luego de la magnitud del Pirineo regresamos a lo más cotidiano, es tiempo de reajuste y asentamiento. Dejamos atrás unas semanas y encaramos meses de ahondar en el abanico de posibilidades que ofrece la Sierra de Guadarrama.

Teníamos un hueco reservado para los rincones que ofrecen los montes de San Rafael. Reencuentro con un lugar donde la paz y el recogimiento están garantizados. Teníamos asimismo una búsqueda inacabada por encontrar la cueva de Cueva Valiente.

La noche ha sido fresca, pero también es natural por la fecha en la que estamos; una vez más todo está tranquilo, muy calmado; nos adentramos en el bosque observando los árboles y vegetación que lo constituyen, transitando serenamente por las sendas que lo cruzan, procurando atinar con la que buscamos, aunque poco nos preocupa errar y tomar otra. Todas son atractivas.

Deambulamos en dirección a la Peña de Cueva Valiente, sin descartar encontrar esta vez la cueva, para luego visitar los cerros de la Salamanca y Cabeza Líjar. Pero no nos agobian estos hitos, más bien pretendemos redescubrir las pasadas sensaciones de marchar por el bosque que cubre esta cara Norte de la Sierra de Malagón: silencioso y amortiguado caminar, frescura y sombra que ya darán paso luego al sol y los guijarros de las partes más altas. Los cerros y las puntas se irán acercando a nosotros a medida que nuestros pasos nos lleven hacia ellos.

Por más empinadas que resulten vamos tomando las trochas y barranqueras que apuntan a acceder a la Peña de Cueva Valiente por su ladera Norte, donde está ubicada la cueva. Pero alcanzamos la cima sin haberla encontrado.

Llegando a la cima de la peña de Cueva Valiente
Como sí sabemos que está a 1.800m de altitud optamos por hacer una batida en su búsqueda, descendiendo de nuevo hasta esa cota, ampliando el reconocimiento, mirando tras cada roca o peñasco. De nuevo sin éxito retornamos decepcionados al punto geodésico de la cumbre. Al llegar entablamos conversación con  Ana, solitaria caminante que acaba de llegar. Nos corrobora cuán difícil resulta de encontrar la cueva y se brinda amablemente a mostrarnos el camino, desviándose de su recorrido prefijado.

Agradecidos por el generoso ofrecimiento nos ponemos en marcha sin demora ¡Realmente, no hubiéramos atinado con el itinerario! 

Descenso muy pendiente ladera a través, encontrando exiguas y ocasionales trazas de trocha en el tupido pinar que, a la altitud de 1.800m, nos conduce ante una frondosa concentración de helechos por la que Ana se introduce decididamente, accediendo, tras unos pocos metros más, a la cueva Valiente ¡Por fin logramos dar con ella!

Tras los helechos se encuentra la entrada de la cueva
A punto de alcanzar la cueva
La cueva de Cueva Valiente
Vistas del Peñoncillo, desde la cueva
Dejamos la cueva atrás, para seguir con la marcha
Nuevamente retornamos a la cima de la Peña (¡y van tres visitas en el día de hoy!), Ana continúa con su ruta y nosotros con la nuestra, agradecidos por la amabilidad y deferencia recibidos.

Emprendemos la segunda parte de la actividad del día poniendo rumbo al Collado del Hornillo, transitando por un bosque claro con ejemplares de altos pinos en diversos estados de su existencia: Extintos, abatidos pero pugnando por sobrevivir, y lozanos.

Ya hace calor cuando alcanzamos los ruinosos restos del refugio que hay sobre el cerro de la Salamanca. Nos detenemos a la sombra de una de sus paredes, lo justo para beber un poco de agua, antes de reemprender la marcha hacia el cerro de Cabeza de Líjar siguiendo la loma que los une. Vamos flanqueados por un murete de piedras, divisorio de provincias. Nos detenemos en la Cabeza de Líjar, atalaya desde la que damos una mirada en 360º, y seguimos la marcha hacia el collado Lagasca. El tramo ahora se hace más entretenido, entre bloques de granito que, poco a poco, nos aproximan otra vez al bosque.



De nuevo en el pinar seguimos ocasionales marcas rojas sobre los árboles, que nos hacen transitar por pistas y sendas, devueltos al arbolado y a sus luces y sombras del mediodía. 



Alcanzando finalmente la luminosidad de San Rafael tras unos 16km de recorrido, habiendo salvado un desnivel de 1.100m de D+, donde gracias a la amabilidad de Ana pudimos localizar y visitar la cueva de Cueva Valiente.