domingo, 11 de diciembre de 2011

El Monte de El Pardo ¡Tan cerca de Madrid!


El Monte de El Pardo es una zona boscosa, mayormente encinar,  situada al norte del municipio de Madrid. Está considerado como el bosque mediterráneo más importante de la Comunidad de Madrid y uno de los mejor conservados de Europa.

Se extiende alrededor del curso medio del río Manzanares, a lo largo de 16.000 hectáreas, y se encuentra integrado en el Parque Regional de la Cuenca Alta del Manzanares. Está limitado al norte por la Sierra de Guadarrama, al sur por la ciudad de Madrid, y al este y oeste por autovías que parten de la capital.

Justo antes de atravesar la ciudad, el río Manzanares forma un valle constituido por elementos detríticos provenientes de la sierra. El suelo arenoso del Monte de El Pardo está muy expuesto a la erosión, lo cual, por otro lado, lo convierte en mullido terreno sobre el que trotar.


La mayor parte de su área (aproximadamente 15.100 hectáreas, el 94,4% de la superficie total) se encuentra cercada, mediante una valla que recorre su perímetro, a lo largo de 66 kilómetros. La visita a esta zona está totalmente prohibida. Sí es posible el acceso, a través de diferentes sendas y caminos, a las 900 hectáreas restantes (el 5,6%).
En esta mañana neblinosa de otoño, cuando en la Sierra está nevando débilmente, decido descubrir y recorrer estos parajes, tan bien conservados, por las trochas que están “abiertas al público”.

Para ello, dejo el coche a la entrada de Sotomontes, junto a la carretera que va hacia el Palacio de la Zarzuela, y comienzo el trote hasta llegar al desvío hacia La Quinta. Suave y mantenida subida a través de bosque mixto de pinos y encinas, por medio de la hermosa dehesa.

La trocha, una vez arriba, topa con el murete de la vía del ferrocarril y tuerce hacia la izquierda, bordeándolo en un continuo sube y baja. Son encinas y jaras las especies que predominan en este tramo. Voy atento a esquivar las ramas retorcidas que atraviesan el camino, buscando las tenues marcas verdes y blancas, desvaídas por la intemperie, que aparecen de vez en cuando en los troncos de los árboles.

Siguiendo el estrecho vericueto, ahora en descenso, alcanzo el borde de la carretera que va a Fuencarral, junto al “campo de tiro”, también vallado. Otra vez escolto al murete separador a lo largo de su perímetro. Aquí el terreno es muy arenoso, con abundantes huellas de caballos. Es mullido, pero hay que ir con cuidado, sorteando las profundas huellas dejadas por las escorrentías.

La mañana sigue sin aclarar, el ambiente gris realza el aspecto medieval del paisaje.

Transito en silencio por este entorno de alcornoques retorcidos, cubiertos de musgo y liquen, coronados por hojas coriáceas y espinosas. El esfuerzo y la humedad se condensan sobre mi frente.

Entre ejemplares menudos aparecen otros de gran porte y tamaño, testigos de otras épocas. Voy contento por ser uno más en este ambiente. Este monte guarda tesoros que, escondiéndolos, los pone a la vista de quienes se adentran en él.

Me encamino hacia un otero que he divisado desde un claro. Las marcas de las hozadas hechas por los jabalíes salpican el terreno de esta dehesa. Procuro esquivarlas en mis zancadas para evitar una torcedura nada recomendable en este lugar tan alejado de las zonas más transitadas. La ruta se va aclarando y pronto llego al punto más alto. Hay una carretera y un cartel que indica que por ella discurre “La Senda Real”. Se divisan las torres de Madrid en el horizonte. Me sorprende la capacidad de este monte para conservarse virgen, a escasos metros de una gran ciudad como esta.

Miro el reloj y veo que es hora de volver. Doy la espalda a “la civilización” y tomo una traza en claro descenso a través de este bosque original y pretérito, centrándome en el arenoso trazado entre los árboles.
Desde una loma algo más despejada lanzo una mirada en derredor, contemplando las jaras y las encinas que me rodean. Reanudo la marcha por la estrecha senda, atento a las raíces que la cruzan y al manto móvil de bellotas que la tapizan.

Llego al bosque donde predomina el pino, signo de que estoy a punto de completar el circuito y alcanzar el punto de partida, donde dejé el coche hace 2h 30m. Tan sólo quedan dos vehículos contando el mío. El paraje es solitario, la carretera está poco transitada a esta hora. Última mirada hacia el húmedo bosque, y propósito de incluir a la ribera del Manzanares en mi próximo recorrido.  

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