domingo, 6 de noviembre de 2011

La Dehesa de la Villa en Otoño


Me incorporo sobre la cama y a tientas me dirijo hacia la ventana para subir la persiana ¡Llamarada de vida y luz que me deja deslumbrado y en silencio! Parpadeo, me froto los ojos, ajusto la mirada y me digo: “De aquí a poco pasará el otoño, si no para siempre, sí por una larga temporada”.  

Si tan hermoso es el paisaje urbano, qué no será en la Naturaleza. Y aunque me haya pillado por sorpresa (cómo lo iba a esperar con la pertinaz lluvia que seguía cayendo ayer por la noche, cuando me acosté) hoy decido hacer una escapada hacia “la Dehesa”; esto es, bien cerca, para no necesitar usar el coche.

Trote por superficie mullida, cuestas moderadas por un terreno que, de tan sediento como estaba, ha absorbido toda la lluvia recibida sin dejar apenas charcos. Hierba recién asomada, fruto inmediato de esta tierra agradecida. Hermoso verde que realza las estilizadas siluetas de los altos pinos que, en su abigarrada proximidad, pugnan por llegar a la luz de más arriba.

La Dehesa acoge mi carrera, el silencio resulta tenuemente desvanecido por el compás de mis zancadas. Suspendo momentáneamente el próximo tranco para contemplar el rincón áureo y ocre que rompe entre el perenne verde de los pinos. Acabo de completar el paso detenido y continúo campo arriba.

Al llegar a lo más alto, tomo aire, seco el sudor con el dorso de la mano, miro en lontananza, y tras el dorado fulgor de la mimosa: “Pongamos que lo que se ve al fondo sea Madrid”, me digo sorprendido.

Parpadeo, ajusto las gafas antes de abrir de nuevo los ojos, y ahora tan sólo veo el luminoso amarillo resaltado sobre un difuminado verdor. Si fue verdad o ilusión, no lo sé, pero yo he de continuar.

Encamino mi trote hacia el siguiente otero, saltando por encima de las robustas raíces con las que los pinos se arraigan a estas pendientes, tan verdes ahora, y tan necesitadas de agua en otras épocas.
Desde el montículo al que llego, en un entorno solitario, me detengo un momento para mirar en derredor y recuperar la respiración.

La imagen de la vegetación que acabo de dejar a mis espaldas se me presenta algo distorsionada ¿Es a resultas del esfuerzo, el pulso late fuerte, o es su mismo resplandor lo que la altera?

Bajo la vista, enfoco cuidadosamente el terreno cercano y quedo quieto contemplando una pareja de periquitos afanados en picotear semillas caídas.
Continuo con cautela, somos variados los “seres” que compartimos este ambiente y no quiero molestarles, sino ser uno más.

Es ahora una ardilla la que se afana con una piña entre sus manos.

Me percibe, me mira y se encarama al pino más próximo para seguir tranquilamente con su tarea ¡Hay que ver de qué manera ha subido hasta ahí arriba, sin soltar la piña en ningún momento!

Cierro por un instante los ojos, traigo a mi mente una imagen de conjunto de esta Dehesa que tan bien me ha acogido, y la fijo para, seguidamente emprender el camino de vuelta a casa.

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