domingo, 20 de noviembre de 2011

El Parque del Oeste bajo la lluvia


Son las 2 de la madrugada, arropado bajo el edredón siento el repicar de la lluvia sobre los cristales. El sueño me atrapa a la par que difumina una imagen luminosa, prometedora, tras unas hojas de chopo.
Vuelvo a despertarme, escucho atentamente, sigo oyendo la lluvia; la pantalla iluminada del reloj muestra las 6:30 de la mañana. Caigo de nuevo en el sopor mientras el verde musgo y el amarillo y ocre de los árboles del fondo se desvanecen.
Al rato abro los ojos; el reloj marca las 9:30. Escucho atentamente: no percibo la lluvia, tampoco advierto los crujidos propios de los marcos de las ventanas cuando les da el sol. Concluyo que la borrasca ha concedido una tregua.
Quedan pocas jornadas para que los árboles rindan sus últimas hojas al peso del agua y al descenso de temperatura. He de acercarme al Parque para ver las imágenes intuidas durante la noche.
Transito por el pinar, siguiendo trochas y sendas, sorteando charcos y regueros,
encontrando algún que otro afanado animal, recibiendo las primeras gotas en el rostro. Cuánto rato para observar y pensar.
Flash de luz y color a la entrada del Parque, arrecia la lluvia.
Trote alegre por las sendas, entre colores y cursos de agua.
Las imágenes de la noche cobran forma y nitidez.
No me incomoda la lluvia, ni siento frio. Las gotas resbalan desde la visera de mi gorra, por delante de los ojos.
Percibo cada rumor y cada imagen. La quietud del agua junto a la hiedra, las hojas flotando en el remanso.

Me adentro en la vegetación, mis pisadas chapoteando sobre la encharcada trocha, envuelto de color. Nada pesa la soledad buscada en este entorno.

Subidas y bajadas se suceden mientras el aguacero se consolida, atrás queda la hermosa arboleda, cuyo tapiz de hojas apenas se inmuta a mi paso, borrando toda huella, permaneciendo el olor y la quietud del bosque.

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